Terrorismo y poder tras la muerte de Bin Laden

Publicado: mayo 20, 2011 en Análisis

El terrorismo surge cuando la debilidad es la única arma del débil contra el fuerte y su ejercicio consiste en atacar el flanco débil del fuerte. Si a este mecanismo se le cubre con un manto religioso o político, el terrorista encuentra su justificación en el combate mismo y la violencia se va sacralizando. Un círculo vicioso donde todos pierden, según el conocido analista político.


Golpes espantosos y espectaculares

Toda guerra es un intercambio más o menos salvaje de golpes. Dicho intercambio envuelve el propósito de aniquilar al enemigo o por lo menos de neutralizarlo. Su muerte, aunque no es el único objetivo, es finalmente el sello que plasma ese ánimo de aniquilamiento y lo materializa de la manera más acabada. No toda muerte entraña, desde luego, el aniquilamiento del otro, pero sí lo encierra simbólicamente, puesto que ella arrastra consigo la posibilidad de su derrota.

La muerte de Osama Bin Laden en Pakistán, a manos de un comando de asalto de las fuerzas de élite de Estados Unidos es una de esas muertes cargadas de simbolismo, que además de expresar literalmente la liquidación de uno de los contendores, significa, si no su vencimiento definitivo, sí un retroceso que pone en aprietos la recuperación de Al Qaeda.

Bin Laden, además de haber sido un santón guerrero, hombre implacable con ínfulas de asceta de montaña, una especie de profeta armado, era un jefe terrorista, después de todo. Tal vez el más perversamente refinado, el más religiosamente grandilocuente de los terroristas.

Tenía la pretensión, cósmica y maléfica, de convertir al mundo en la escena única de sus actos de terror, espantosos y a la vez espectaculares. Espantosos porque destruían villanamente al inocente. Espectaculares porque extendían un tinglado impresionante para lesionar al poderoso.

Este último -el poderoso- desató una guerra igualmente global contra el cabecilla de fanáticos que osó desafiarlo; el que propinó el daño material que nunca nadie había provocado en su propio territorio continental, en el epicentro de su poder mundial.

Cruzadas contra el terrorismo

Fue la guerra de Bush contra el terrorismo, desatada por Estados Unidos después de ser atacados por Al Qaeda. Una guerra –caliente y preventiva– que vino después de que Estados Unidos hubiese desarrollado su guerra contra el comunismo, esta última fría y meramente reactiva, desde el punto de vista de la táctica militar, que no podía ser preventiva ante la capacidad de respuesta nuclear del adversario.

La lucha contra el terrorismo también ha sido una guerra global con unos equilibrios extraños, inéditos: había que desplegar la energía bélica contra un blanco que no era propiamente un enemigo interno, pero que siendo externo, tampoco era un Estado, lo que era previsible dentro del complejo sistema internacional moderno.

Si se tratase de enfrentar un Estado, podrían haber adelantado una guerra convencional. Si el caso fuere el de enfrentar a un grupo interno, podría haberse asumido como una operación policial dentro de las fronteras, asunto propio de la seguridad interior.

Obligado a cobrar venganza y a blindarse contra las verosímiles amenazas que pusiesen en cuestión su seguridad o la de sus ciudadanos, el gobierno de Estados Unidos se veía empujado a eliminar un enemigo ubicuo que podía lanzar ataques por sorpresa, agazapado, sin ofrecer un campo de batalla abierto.

A impulsos de su inercia estatal, de sus inclinaciones naturales de potencia, Estados Unidos buscó entrar en dos guerras, que sirvieran para confirmar esta última condición ya algo discutible; ambas guerras, eso sí, con alguna conexión así fuera indirecta con su cruzada frente al terrorismo global.

En esa estrategia inercial se enmarcan las guerras empantanadas de ocupación en Irak y Afganistán, esta segunda más cercana al objetivo de acabar con Al Qaeda, es cierto, mediante una acción preventiva, aunque desmesurada y no muy útil; mientras que la de Irak no ha guardado ninguna relación con el propósito medular de inhabilitar a los focos terroristas del integrismo musulmán.

Por otra parte, Estados Unidos también tenía que ejecutar, como mínimo, algunas acciones concretas para dar caza a los grupos terroristas que recibían albergue y protección, sobre todo, en Afganistán.

Timonazo de Obama

La última fase de esta cruzada imperial contra el terrorismo incluyó el giro doctrinario de la administración Obama en el sentido de entender la guerra de Estados Unidos ya no como un combate indiscriminado contra el fundamentalismo islámico. Fundamentalismo que incluye vertientes susceptibles de ser atraídas a un entendimiento político, según lo admitiera el general Petraus, comandante de las fuerzas norteamericanas en la región.

Razón por la cual se impuso la táctica de concentrar las energías militares en perseguir a Al Qaeda, tal como lo expuso Obama en su nueva orientación estratégica. Esto no impidió que él mismo acogiera la petición de sus generales en el sentido de autorizar el envío de 30.000 soldados adicionales a las pedregosas montañas de Afganistán.

Sea lo que fuere, el caso es que en el marco de esta nueva doctrina, las fuerzas armadas de Estados Unidos y su gobierno acaban de cobrar la principal pieza, tras una prolongada cacería. Han dado de baja en su escondite, seguramente por la vía expedita de la ejecución sumaria, al anti-cruzado por excelencia, al partidario en primera línea de una Yihad, venida de las grutas medievales del Islam.

Un puritano “moderno” contra la corrupción del conservadurismo mundano de quienes detentan el poder en el universo musulmán. Y a la vez, un hiper-conservador pre-moderno, un monje obcecado amigo del restauracionismo de la pureza original del Islam; del regreso a la historia, con un Califato que impusiese la pre-eminencia religiosa en la sociedad jerarquizada y sumisa; aunque, eso sí, integrada bajo el vínculo fundamental que debiera guardar cada musulmán con Alá, el Dios único, el indiviso, el totalizante.

Por fin, después de tantos extravíos, de tantos desafueros éticos y militares como los de Abu Ghrai y Guantánamo y como los ametrallamientos de civiles, Estados Unidos -la superpotencia “democrática”- ha dado caza al responsable ideológico del atentado terrorista más delirante que haya podido concebirse y ejecutarse.

Los flancos débiles entre los enemigos

Ese juego bélico que ha enfrentado a los grupos armados islámicos con los Estados Unidos ha sido una guerra de vulnerabilidades mutuas, pero asimétricas:

  • Que sean mutuas, quiere decir que ambas partes en conflicto las poseen; que una y otra exhiben debilidades, lados por donde pueden ser heridas.
  • Que sean asimétricas, por el contrario, significa que sus fuerzas son desproporcionadamente desiguales; tanto que en principio el que posee la desventaja descomunal solo tendría como su horizonte más inmediato la impotencia, la misma que pudiese prolongarse en pasividad; salvo que la trastoque en su opuesto total; esto es, salvo que la convierta en un desafío imposible, el que podría tomar forma solo por la vía del terrorismo.

“Puesto que soy impotente -se dice el más débil-, me la juego toda para conseguir el hecho fugaz de la potencia, aunque todo lo deje en el intento”. Para lograrlo, el que a ello se decide debe ejecutar antes una operación que le permita fabricarse como mito. Y además, claro, proveerse de un aparato de combate mayor a la de su propio tamaño.

En el caso de los islamistas, lo sagrado proporciona el elemento misional de legitimación que lo justifica todo, elemento que está por encima del mismo agente que ejecuta la acción. El proceder -táctico- no puede ser otro que el de la acción violenta que, aprovechando el flanco débil del poderoso, consiga llenarlo de pavor, poniendo así en evidencia su debilidad.

La ecuación del terrorismo

Causar miedo con la violencia y poner de manifiesto la debilidad del campo adversario, son los elementos que sumados configuran la ecuación fundamental de la acción terrorista.

Provocar inseguridad en el imaginario del que se piensa a sí mismo seguro; esa es el arma del débil que quiere a su turno imaginarse fuerte.

Solo que tal fuerza se consume en la propia acción que conduce al pavor en el campo enemigo. Allí se agota a menudo. Ya no importa el fin. Este se consume y se consuma en la conflagración de la acción terrorista. Lo que interesa es la acción en sí misma, que pone de presente la debilidad del enemigo, mientras que el fin de otra sociedad o de otro estado de cosas se transfiere a su realización celestial, ese reino en el que el severo Alá castigará a los infieles y pecadores.

En la destrucción del World Trade Center de Manhattan, con sus dos torres orgullosas, erizadas hacia el infinito, se consumaba el proyecto, a la vez teatralmente mítico y prosaicamente criminal de Osama Bin Laden. En adelante, solo le esperaría el paraíso de sus creencias (o el infierno que le auguraban sus víctimas y sus enemigos).

A ese paraíso (o a ese infierno) lo acaba de despachar el señor Obama con un simple ademán, con una decisión burocrática de guerra, a cuya ejecución asistió por vía satelital. Consumía mientras tanto algunos trocillos de chicharrón con papas fritas en compañía de funcionarios de seguridad y parte de su gabinete.

Osama no podía pasarlo por alto. Era imposible. No podía dejar de recordar que Estados Unidos no lo podrían olvidar jamás. Ningún imperio lo hace. La memoria contra sus enemigos es una de las garantías para ostentar su condición de imperio, para que sea creíble. Obama lo acaba de decir: “Había que enviar el mensaje de que si decimos que hay que castigar a alguien, no lo olvidamos”.

Las guerras perdidas del terrorismo islámico

Osama Bin Laden estaba condenado. Lo estaba desde cuando ordenó los atentados terroristas; quizá desde antes; desde cuando se radicalizó contra Occidente y contra las propias élites monárquicas de Arabia Saudita – su país – a las que no rebajaba de apóstatas y de impuras.

Su cacería era solo cuestión de tiempo. Su misión ya estaba cumplida. Como la de los propios pilotos suicidas a los que reclutó para que cometieran el acto pavoroso de chocar contra las torres de Manhattan. La muerte de éstos en el momento de su acción no hacía sino anticipar la aniquilación final del jefe que los comprometió religiosamente en el empeño insensato.

El destino del terrorista se realiza en el propio ataque a su enemigo, en la degradación que le propina matando víctimas inocentes a las que aquél no puede proteger, en esa especie de humillación jubilosa, no en la efectiva derrota de aquel al que combate.

Un guerrero santón, del tipo Osama, tiene la guerra perdida de antemano y lo sabe; de ahí que reúna todos los recursos simbólicos a su alcance y los condense en el combate; de ahí que eleve su brutalidad al máximo, para llenar de sentido la potencia de su acción, la del terror de masas, que es el factor particularmente negativo que caracteriza al terrorismo.

Un gobernante, como Obama, al mando de un super-poder organizado, tiene por el contrario ganada la guerra antes de que comience. Le importa el fin, que es el statu quo del poder que representa: en este caso el de la democracia imperial. El combate, en esta circunstancia, es el trámite bélico y funcional para preservar un sistema vigente. Un trámite, bélico y letal, pero trámite al fin y al cabo.

El ejercicio burocrático también pretende un mensaje simbólico

Naturalmente que este trámite burocrático también tiene pretensiones de fuerza simbólica, de sentido comunicacional: envuelve un mensaje. Un mensaje doblemente negativo, puesto que se orienta en la dirección de destruir la energía de representación que pueda contener la construcción mítica del que lo desafió mortíferamente.

Al golpearlo, el poder que tiene consigo la mayor fuerza no solo quiere inhabilitar materialmente a quien lo combate; pretende sobre todo provocar un efecto de demostración, comprobando con sus golpes que en primer lugar al desafiante débil le sale extremadamente costosa su osadía; y que en segundo lugar, el castigo le llegará siempre, inexorablemente, por lo que su atrevimiento no quedará en la impunidad.

Uno y otro mensaje van en la misma dirección, la de desconfigurar la eficacia del terrorista, un agente que basa la justificación de su acción no solo en el núcleo simbólico de su identidad, sino en el éxito material de sus golpes; por conspirar apoyado en la sorpresa, dado que no está en condiciones de presentar combate franco o de movilizar a una masa que se deje representar por él.

Este último -el agente terrorista- realiza por el contrario una operación política que mistifica el medio, no porque no lo haga con el fin también, sino porque este último se realiza ya en el medio: encuentra en el combate su lugar de justificación.

O, para decirlo más claramente, en el puro ejercicio de la violencia; que al consumar la Yihad, la Guerra Santa, ella misma en vez de ser un simple ejercicio instrumental -un obligado paso funcional- es convertida en una elevación sagrada, un acto sacrificial, en el cual bien vale precipitarse incluso al suicidio, con tal de quemar vidas de infieles.

La sacralización de la violencia

Sacralizando la violencia -convirtiendo en holocausto la muerte del otro- el terrorista religioso agota el fin último de la causa por la que lucha, el proyecto de su guerra, en el solo ejercicio insano pero santificado de su violencia. Para su adversario -el imperio todo esto es apenas un episodio funcional con el que asegura la vigencia de su poderío.

Este último desarticula cíclicamente al grupo conspirativo, a la red terrorista; desbarata sus estructuras solo para que resurjan terroristas en cualquier otro lugar, justamente porque sin aspirar seriamente a ganar una guerra imposible, pueden en cambio jugarse efectivamente su destino en el mero combate, en el puro ejercicio santificado de la violencia, cuyo producto es el miedo y el daño en el campo del enemigo.

Los fines funcionales del terrorista

Todo terrorista, todo agente conspirativo que le rinda culto a la violencia, aspira a romper este ciclo negativo de destruir y ser destruido a su turno, mediante una perspectiva funcional de su discurso, una derivación instrumental de su construcción mítica, a saber: la esperanza de que su ejemplo cunda, de que su violencia tenga un efecto de inducción en la voluntad de otros.

Al Qaeda seguramente esperó que sus actos de horror prendieran en la masa de creyentes. Pero no fue así. No podía serlo. En cambio, la ofensiva militar del enemigo ha debilitado su capacidad operativa y ahora le ha propinado un golpe simbólico al ejecutar a su cabecilla más emblemático.

La primavera árabe contra el Yihaidismo

Y, lo que es peor para esta red terrorista, el golpe la sacude cuando se ha puesto de manifiesto un desencuentro entre las aspiraciones de guerra santa por parte de Al Qaeda y el formidable ascenso de la movilización popular del mundo árabe musulmán, movilización aupada por los deseos de una sociedad civil, que ya solo anhela ver en pie regímenes democráticos en sus países.

El contraste ha sido nítido: estancamiento de los grupos integristas (lo que no impedirá la inevitable ola de retaliaciones) y la explosión de las luchas democráticas de las masas. Estos son los términos para la acción colectiva en el mundo árabe: el yihaidismo o la protesta popular. El crecimiento de esta última disminuirá las posibilidades del primero, caldo de cultivo como se sabe de todos los terrorismos religiosos.

La frustración de la “primavera árabe” abriría por el contrario una zona incierta para el renacer de ese yihaidismo medieval, socialmente conservador, pero políticamente radicalizado en el ejercicio de la violencia.

* El perfil del autor lo encuentra en este link.

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