El Partido Verde: ganar es perder un poco

Publicado: julio 11, 2011 en Política
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Domingo, 12 de Junio de 2011

Reflexión desde el pensamiento estratégico aplicado al dilema que desgarró al Partido Verde: ¿para ganar a Bogotá habrá que sacrificar sus propias marcas de identidad, que lograron entusiasmar a tres millones y medio de votantes? ¿Todavía aspiran a hacer parte de una fuerza alternativa en Colombia?


El dilema  

A los dirigentes del Partido Verde les sucedió lo contrario que a Francisco Maturana con la Selección Colombia: cuando intentaba racionalizar los fracasos del equipo de futbol, con su juego intrascendente aunque vistoso, el entrenador soltaba su resignada sentencia de filósofo moral: “perder es ganar un poco.

Al Partido Verde, que aún no es un partidoen sentido estricto, le puede estar pasando lo contrario: que ganando, pierdan poco o mucho, aún no se sabe:  

  • Ganar, lo pueden hacer, conquistando la Alcaldía de Bogotá, mediante un triunfo electoral; incluso un triunfo eventualmente amplio.  
  • Perder, en cambio, lo pueden padecer al echar por la borda la fe puesta en un proyecto alternativo al poder tradicional de las élites, que se suceden a sí mismas como si se alternaran en un juego abierto, cuando en realidad se perpetúan en la composición y recomposición de una sólida coalición.

No insinúo que el Partido Verde esté apostando sus restos en un juego de suma cero, al todo o nada, en una sola decisión que sellara su suerte para siempre. El dilema que acosaba a los Verdes era más desapacible, quizá más gris, y en todo caso más complicado y a la postre también más decisivo.

Si alguien se viera ante el predicamento de escoger entre ganar o perder, seguramente no tendría que vestirse de Pambelé –el campeón para quien ser rico es mejor que ser pobre– ni de político profesional –el que siempre prefiere ganar las elecciones que perderlas.

Pero… y si ganar escondiera el riesgo de una pérdida, si la ganancia inmediata entrañara el peligro de una derrota mayor y más profunda en el futuro

Ganar la Alcaldía, perder el alma

La mayoría de los directivos del Partido no tuvieron dudas: hay que ganar la Alcaldía. Como para ganar hay que sumar votos, no es malo sino bueno contar con el apoyo de los uribistas; hay que aliarse con ellos y con mayor razón si el mismo Uribe quiere apoyar a Peñalosa como Alcalde.

Pero ese apoyo podría ser el abrazo del oso, el del amigo que asfixia al que es objeto del saludo –en este caso, el Partido Verde– y no necesariamente Peñalosa, quien podría gobernar a Bogotá sin admitir acosos burocráticos de cualquier origen.

El dilema brota, entonces, del hecho mismo de querer asegurarse la Alcaldía y arriesgar a que se pierda el proyecto político, que se extinga su alma. La dolorosa salida de Antanas Mockus era un imperativo categórico.

Un pacto con la gente

El alma de un proyecto político depende de las percepciones y las esperanzas –a veces inasibles pero ciertas, a veces caprichosas o incomprensibles– que la propuesta de un partido o de sus jefes despierta entre un segmento de la población.

Todo partido, maduro o en ciernes, es una parte dentro de un todo social, como sugiere la etimología. El partido existe para ejercer la representación de esa parte de la sociedad, cuyas expectativas y percepciones son el fundamento de un pacto de confianza, de una conexión interna e íntima. De esta representación surge la delegación, el nudo que une a representantes y representados.

Pero esa representación se da también en el mundo de lo imaginario, el de los símbolos y las emociones, un mundo al cual un grupo de personas se siente convocado por lo que imagina que son las ideas –aún mejor, los ideales– del partido que apoya.

Principios más que programas

Para inflamar ese imaginario, cada partido con sentido ideológico se siente obligado a fijar marcas de identidad. En el caso del Partido Verde, estas marcas son sus principios elementales –como el no todo vale” y el “recursos públicos, recursos sagrados”- señales de que es posible abrir un campo nuevo y prometedor de acción política, un campo donde exista coherencia entre la ética de lo público y el ejercicio eficaz del gobierno o de la oposición.

Sobre las marcas de identidad de un partido se construye el pacto de confianza que rubrican sus simpatizantes mediante votos conscientes. Son a la vez los criterios de orientación que utiliza el partido para diferenciarse en la disputa por el control del gobierno en una democracia relativamente abierta.

Durante las pocas semanas de 2010 que duró la “Ola Verde”, hubo mayor intensidad en la fijación simbólica de marcas de identidad, en tanto partido de la ética de lo público, que en sus elaboraciones programáticas, más bien precarias y confusas.

Aunque la debilidad de la presentación formal alejó a muchos electores, más de tres millones y medio de votos por Antanas Mockus en la segunda vuelta presidencial confirmaron la apertura de un amplio campo de acción y de representación, referenciado por esas marcas de identidad germinales.

Pero esas marcas, hay que decirlo con claridad, quedaban aseguradas por la presencia de los otros tres ex-alcaldes, que le aportaban credibilidad a la propuesta, no importa si ésta resultaba un poco etérea.

De esa manera, el partido de los Verdes quedaba virtuosamente prisionero de sus propias marcas de identidad, que fijó con tanta intensidad cuando irrumpió clamorosamente en la escena pública.

París por una misa

El problema radica en saber si la alianza de los Verdes con el uribismo en Bogotá borra sus marcas de identidad; y si hace ver a los dirigentes del nuevo partido como inconsistentes, al escoger sin muchos miramientos al nuevo aliado.

No se trata de disyuntivas falsas entre si se es partidario de la rigidez o de la flexibilidad en la acción política. O de si se prefieren las alianzas a los principios. En realidad, las alianzas por sí mismas no suponen la renuncia frente a los principios. Más aún: flexibilidad y rigidez suelen combinarse en la acción de cualquier partido, según las circunstancias.

El dilema del partido Verde consistía en decidir si prefería afianzar sus marcas de identidad o si le apostaba al triunfo electoral, cuando esas marcas podrían ser precisamente el capital cultural necesario para consolidar una alternativa política duradera.

Una alianza con un partido que es exactamente el polo opuesto, no es necesariamente una renuncia a los principios, pero sí configura un atentado contra las marcas de identidad que constituyen el capital simbólico del partido.

Al escoger la alianza con el uribismo para asegurar la Alcaldía de Bogotá, el Partido Verde no solo deposita su fe en el pragmatismo que suma votos –lo cual no es malo– sino que expresa con elocuencia sus incertidumbres, la casi total falta de convicción en su futuro como proyecto político. Lo cual es desastroso para cualquier movimiento.

Al final, quizá tengamos otra buena Alcaldía con Peñalosa y un entierro de pobre para el proyecto de una fuerza alternativa en Colombia.

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