Atentado, terrorismos y contrasentido

Publicado: mayo 18, 2012 en Política

El atentado contra el ex-ministro Fernando Londoño Hoyos – condenable por donde se le mire, pues estuvo dirigido contra un civil por fuera de combate y arrastraba al sacrificio a terceros inocentes, de hecho los únicos que pusieron muertos – es un acto de barbarie que sitúa en un plano de extrema violencia los choques habituales en los que se trenzan los actores de un conflicto, que a menudo suele jugarse a tres bandas. Los coloca, para decirlo de otro modo, en la lógica del terrorismo. Que es brutal, sorprendente, selectiva y plena de las incertidumbres que se vinculan con el miedo.

La lógica del terror

Es la lógica de la bomba y del francotirador, la del asesinato y la del atentado personal. Es una operación que incorpora los mecanismos psicológicos y materiales con los que actúa el criminal, pero dentro de la dimensión más amplia de una causa colectiva; de modo que en vez de ennoblecer al crimen, criminaliza la causa noble. En ella interviene un abanico de acciones que se dirigen contra un lugar físico o contra una figura emblemática, encarnación de un poder o de un discurso o de un imaginario colectivo; en todo caso, personificación del “enemigo”.

El autor del bombazo, o el francotirador, es la pieza externa de un aparato secreto que quiere liquidar de una vez a esa personificación, pero no al enemigo mismo, si se tiene en cuenta que este último no es apenas el personaje singular al que se quiere hacer desaparecer, sino una entidad compleja y colectiva; tal como lo es por ejemplo un Estado, una clase social o una élite dirigente. Capaz por cierto de reconstruir de manera más bella y más funcional la edificación destruida o de reemplazar a la personalidad eliminada, con un sujeto, dotado quizá de recursos más eficaces en el discurso o en el mando o en la gestión.

La cruel agresión del 15 de mayo contra Londoño Hoyos es una típica acción terrorista, ejecutada bajo la modalidad del atentado personal; modalidad ésta en la que el grupo que se compromete con el operativo criminal, en vez de derrotar al “enemigo”, se contenta con golpearlo simbólicamente por interpuesta persona; solo que para hacerlo mata o intenta matar ya no simbólica sino físicamente a una persona real, a un individuo de carne y hueso; vía esta por la que el ejecutante se convierte en un criminal; político si lo hace bajo la inspiración de una causa que persigue el cambio de régimen, o común, si lo hace bajo la motivación de un simple negocio.

Más violencias que terrorismos

En el transcurso del conflicto interno en Colombia, ha habido múltiples violencias; en él, el número de homicidios y asesinatos alcanza dimensiones oceánicas. Los solos paramilitares pudieron cobrarse la cifra de unas doscientas mil víctimas entre 1990 y 2010.

El intento de asesinato contra el polémico hombre del uribismo conservador, vehemente anti-santista por otra parte, se inscribe sin embargo en una forma particular de combate en el violento conflicto colombiano.

En este último, contra lo que piensa el común de las gentes y el promedio de los opinadores públicos, hay mucha violencia pero no tanto terrorismo.

En realidad, éste se aplicó sistemáticamente solo por parte de los carteles de la droga, particularmente de la mano de Pablo Escobar; quien lo puso en práctica como forma fundamental de lucha para ilusoriamente vencer al Estado, doblegando moralmente a la sociedad.

Las guerrillas, más apegadas al formato de guerra popular prolongada, con el mundo rural como escenario, lo han asimilado dentro de sus métodos, de un modo quizás secundario y no tan sistemático – no por ello menos salvaje cuandoquiera que lo hayan puesto en ejecución,  como lo atestiguan los casos de Machuca o del Club El Nogal.

Un tercer agente está constituido por las llamadas, un poco siniestramente un poco eufemísticamente, “fuerzas oscuras”, depósito común en el que se mezclan presumiblemente elementos del submundo criminal y agentes del Estado; cuyas actuaciones explicarían la realización de algunos atentados o asesinatos precisamente inexplicables; llevados a cabo de cuando en cuando.

La guerrilla y la posible precipitación en el terrorismo

De las anteriores fuentes, podría ser en efecto la guerrilla la que estuviera en el origen del atentado contra Londoño Hoyos, lo que sería presumible dado el perfil ideológico del ex-ministro, colocado en el extremo opuesto a las FARC; aunque este tipo de hechos no es una pieza que encaje del todo en las tradiciones de la izquierda armada rural. En tal caso, estaríamos ante la adopción por ésta de un mecanismo sangriento y equivocado, que en vez de provocar terror e inseguridad entre las élites, transmite desasosiego y temor en la población del común. Y que en vez de debilitar a las fuerzas más recalcitrantes, opositoras a eventuales acuerdos de paz; las envalentona, al tiempo que debilita a las organizaciones populares que trabajan en las zonas en donde hace presencia el conflicto armado; expuestas como están siempre a los golpes aleves provenientes de las bandas y de oscuros agentes que con ellas establecen alianzas.

El terrorismo político, bajo la ya evocada modalidad del atentado personal, es no solo un contrasentido ético desde el punto de vista de una perspectiva “revolucionaria”, por la atrocidad de los delitos que comporta; sino además una aberrante infuncionalidad para cualquier causa que se pretenda poseedora de fines nobles, pues eriza de obstáculos la marcha de organizaciones sociales, además de convertir en héroe o mártir a quien por el contrario solo hay que vencer en la lucha pacífica de las ideas.

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