Los efectos del orangután

Publicado: julio 9, 2012 en Política
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Con los episodios de la denominada Reforma a la Justicia, de cuyos estropicios aún no se reponen las élites políticas – la del Gobierno y la del Congreso -, estas pasaron en un santiamén de la vergüenza al bochorno y de éste al patetismo.

Vergonzoso fue el hecho del mico legislativo (auténtico orangután, según algunos) con el que las mayorías parlamentarias quisieron abrir las troneras de la impunidad a los 1.500 procesados por parapolítica, corrupción o tráfico de influencias. Bochornoso lo fue el de apelar al leguleyismo constitucional para deshacer el entuerto; momento de clímax éste, en el que el Congreso (con muy contadas excepciones) parecía sellar un acuerdo con el Ejecutivo, solo para un instante después llegar a una conclusión nada feliz.

No la de la pareja que se hizo promesas, se unió, se traicionó y se reconcilió; sino la del arreglo desastrado que se convierte en un final patético; el final, mientras cae el telón, de una bronca fenomenal entre los casados con la silbatina de saboteo que utilizaron los representantes a la Cámara para recibir al Ministro del Interior, quien no pudo subir al estrado de oradores, antes de que las sesiones extraordinarias convocadas para echar atrás la reforma y sus micos, se disolviera en el desorden de una noche de resquemores.

Dos o tres días después, fue el Presidente en persona quien sufrió el abucheo de algunos de los visitantes al Campus Party, una feria de tecnologías comunicacionales.

La doble escisión que ronda

Una escisión política parecía consumarse. Y por partida doble. La del presidente Santos, primero, con la clase política, y luego con la opinión. Justamente, dos de las bases en las que se apoya el liderazgo y la representación del jefe de gobierno.

La escisión, o si no la escisión, al menos el distanciamiento con la opinión, quedaba patentada con el resultado de las encuestas que se dieron a conocer al final de junio. La favorabilidad de Santos, de acuerdo con la firma Gallup, experimentó un descenso abrupto y sensible de 16 puntos porcentuales en los últimos dos meses hasta colocarse en el 48%, lo que a mitad de su recorrido lo coloca muy por debajo de cualquier momento de los ocho años de Gobierno de su antecesor pero también opositor y para su desgracia referente inevitable de comparación.

Con la “clase política”, muy desacreditada a su turno como lo muestran sus cotas de favorabilidad – menos del 30% -, la fractura nacía del trámite legislativo que se le dio finalmente a la reforma constitucional sobre la justicia. Un trámite lleno de irregularidades que puso en evidencia las artes de mala ley adoptadas por las mayorías parlamentarias para legislar en beneficio propio, sin que el gobierno pudiese impedir que su figura quedase asociada a estas “tecnologías poco limpias” (una especie de anti-ecología institucional), pues el propio Ministro de Justicia había llamado a votarlas positivamente.

De modo que cuando el Presidente y percatado de las consecuencias de desastre que el asunto entre manos podría acarrearles a todos, con una protesta ciudadana en marcha; tuvo que conducir sus mayorías a enterrar la contrarreforma que ellas mismas acababan de aprobar y a que lo hicieran por fuera de los términos de ley. Un estrujón doble. En menos de una semana se desdecían y lo hacían con el riesgo de situarse por fuera de la Constitución y de la ley. Duro trance hasta para el hígado del más curtido de los parlamentarios, que no debe tener hígado para nada, según se supone popularmente. Con razón, muchos de ellos explotaron y desataron su furia con gritos y pupitrazos, después de obedecer recatados las indicaciones del gobierno para echar marcha atrás.

En un mismo proceso de desatinos éticos y de correctivos inconstitucionales, de avances vergonzosamente inmorales pero legales y de retrocesos convencionalmente morales pero inconstitucionales, las mayorías parlamentarias quedaron como defraudadoras o al menos negligentes por aprobar lo antiético; y riesgosamente ilegales por proceder de un modo aparentemente inconstitucional. Y, como si fuera poco, faltas de autonomía por acatar el mensaje del gobierno en aquello que era contrario a lo que ellas mismas habían aprobado. Por poco, una humillación: sin autonomía, sin legalidad y sin moralidad. Casi nada.

Como por otra parte el gobierno había acompañado no poco de la operación en que se pusieron en marcha esas tecnologías contaminantes, había ofrecido de alguna manera el margen para cargar también con parte de la responsabilidad. Razón por la cual, más de un congresista terminaba descargando externamente en aquél su propia culpabilidad interna. “El gobierno lo sabía todo!”, parecía ser la expresión reveladora, en esa danza de reproches mutuos que surge en medio de las complicidades delatadas.

La desazón parlamentaria que aquella expresión escondía, desembocaba en un principio de desencuentro. El que se daba entre muchos congresistas, sobre todo los que más quedaron expuestos a la picota pública, y el gobierno. Un desencuentro entre dos instituciones estatales – legislativo y ejecutivo – al interior de una misma expresión política: la coalición de gobierno; algo que puede traer una alteración en el curso futuro de la agenda legislativa.

¿En entredicho la reelección de Santos?

Pero que, más allá de esta circunstancia, podría modificar así mismo los términos de la carrera en pos de la presidencia en el 2014, habida cuenta de que están abiertas las posibilidades constitucionales para una reelección.

Reelección que en el caso de Juan Manuel Santos, cuando parecía completamente allanada, podría ahora tropezar con escollos inesperados. Que resultarían de ver cómo se le escapa la  opinión, mientras permite que se le indiscipline su coalición de partidos, empresas electorales y caciques políticos, bastión éste indispensable hasta ahora para la conquista del Gobierno.

Incluso, estas dos debilidades no serían tan abrumadoras si al mismo tiempo no acechara la sombra amenazante de Uribe Vélez, su enconado opositor. Pues las cotas de favorabilidad de éste permanecen – esas sí – altas; en un 65%, a pesar de sus desafueros verbales y sus deslices demagógicos; o, quizá, gracias a ellos, en un país que cuenta con amplios segmentos de votantes, en los que cala con facilidad el simplismo exclamativo de la lucha contra el “enemigo”; imagen esta – la de la lucha – con la que aparece ligado el expresidente; y de la que él mismo quiere persistentemente disociar al Presidente Santos, como si éste no fuera consecuente con ella.

La sombra de Uribe

Por esas razones, al que menos le interesaría que se presentaran deserciones o tendencias centrífugas en la coalición de mayorías parlamentarias, sería un Santos, ocupado al mismo tiempo en lidiar, de cara a la reelección, con un Uribe Vélez cabalgando sobre el desgaste de Santos, mientras agita su “rollo” de la seguridad y del “Frente contra el terrorismo”.

Por ventura para Santos, el ex presidente no puede ser elegido por más que clame en favor de una Constituyente en la que sus amigos cifran las esperanzas para un regreso suyo al poder.

Sin Uribe Vélez como candidato presidencial, las facciones de la mayoría parlamentaria controlarán sus propios arrebatos de indisciplina y de descontento, no pudiendo ser atraídas por un polo alternativo como el del ex presidente; por lo que Santos respirará tranquilo mientras trata de recomponer la “confianza” con sus parlamentarios. Lo que se hace a través de las concesiones habituales en estos casos. Aunque también es cierto que las bancadas verán disminuida su capacidad de chantaje en razón del descrédito que acosa el Congreso, necesitado más bien de gestos y productos que restauren un tanto la fachada.

Santos y las élites parlamentarias se necesitan mutuamente a fin de garantizar la gobernabilidad, útil para ambas partes; lo mismo que para abrirle camino a la reelección.

Son circunstancias, en las cuales el Presidente podría desbrozar el camino para reeditar un triunfo; eso sí, sin apoteosis electoral. Lo que en cambio no es muy seguro es que muchos parlamentarios aseguren el suyo frente al desafío que representa una fuerza de derecha recalcitrante (por más que la disfrace con ecos moralistas de “puro centro”) que, encabezada por el ex presidente, se mueva en la dirección de capitalizar el desgaste del gobierno y del Congreso, arrebatándole a Santos y a su coalición, además de la derecha, parte del centro dentro del espectro electoral.

Semanario Virtual Caja de Herramientas. Edición N° 00310 – Semana del 6 al 12 de Julio de 2012

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