Dos años de Santos: la política, o el maleficio de Uribe

Publicado: agosto 8, 2012 en Política
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“Uribe antiuiribismo”

El pueblo eligió dos veces a Uribe para que derrotara a las FARC y lo logró, o eso fue lo que él hizo creer. Santos, por su parte, obtuvo la más copiosa votación imaginable para un propósito más complejo: continuar con el uribismo y al mismo tiempo des–uribizar al país.

Eso explica los más de 9 millones de votos: uribismo y des–uribización se amalgamaban fluidamente en la misma marea electoral. Se entiende entonces por qué Santos juraba su lealtad incondicional al expresidente, mientras se convencía de que podía escribir su propia historia: se declaraba continuista a rajatabla, mientras dejaba aflorar cierta ansiedad que daba paso a los primeros gestos de des–uribización.

Primer año: una maroma exitosa

Convencido de que tanto la votación como el nuevo gobierno le pertenecían, el expresidente hubiera debido desconfiar desde el primer instante de aquella fidelidad pomposa, cuando en el acto de posesión Santos lo relegó a una silla desangelada para que acompañara la ceremonia de exaltación, como si fuera el fetiche de un poder ausente sin más vida que el reflejo del nuevo poder presente: mudo, lo pusieron a oír lo que no quería escuchar y lo trataron de engañar con la historia escolar de que era el segundo libertador.

Más tarde le llegarían los ecos de que el nuevo presidente escogía como ministros a Germán Vargas Lleras, a María Angela Holguín y a Juan Camilo Restrepo, figuras emblemáticas de un no disimulado resentimiento de Uribe. En ese momento debió pensar que su protegido de la víspera lo despachaba a un buen retiro forzado, sin que él mismo pudiera —como el patriarca otoñal— deshacerse de un segundón privilegiado empeñado en la vana tarea de remplazarlo.

Por otra parte, Santos no tardó en recomponer las deterioradas relaciones con Venezuela y con la Corte Suprema de Justicia; asumió además —como si se tratara de una misión histórica— la aprobación de una ley de víctimas y de restitución de tierras. Estos gestos ubicaron a Santos en una línea de sensatez: la apuesta a descargar la espesa atmósfera creada por el uribismo mediante el ataque anticipado y la descalificación personal.

Buscando su propio destino, Santos se reinventaba como el anti-Uribe, sin dejar de envolver con las volutas del incienso, la figura del ídolo, ya de viaje hacia el pasado.

Y justo en ese momento, las Fuerzas Armadas le ofrecieron un regalo inmejorable para sus primeros meses —que hasta le hizo soltar una lágrima de emoción en compañía de su esposa, según lo confesó—: detectaron el campamento del Mono Jojoy, a quien dieron de baja mediante una masiva descarga de bombas. De ahí en adelante, nadie podría poner en duda su condición revalidada de legítimo heredero del expresidente Uribe.

Para completar su buena suerte, los indicadores registraban un ritmo rápido de crecimiento económico y una inversión minera que marchaba a tambor batiente. Todo indicaba que la Seguridad,la Inversión y la Cohesión —la pequeña nidada de los “tres huevos” que Uribe defendía como su legado— se mantenían firmes en manos de Juan Manuel Santos.

En fin, durante su primer año, Santos logró la proeza de ser él mismo y ser Uribe al mismo tiempo. Y si bien no convencía al uribismo puro y duro, sí lo hacía con una opinión pública, que –según las encuestas– le reconocía niveles de favorabilidad entre el 70 y el 80 por ciento.

El primer año del gobierno tuvo como resultado hacer creíble el proyecto de unir uribismo y anti–uribismo, de fundir el uno y el otro en el único molde de una figura de dos caras, enigmática y versátil, como el dios Jano.

Segundo año: resucita el fantasma

Pero por otra parte, el fracaso relativo de su segundo año ha quedado signado por una cruz invertida: el signo del maleficio uribista. Resultó inatajable la separación de dos anatomías que pretendiendo ser siamesas, realmente no poseen los mismos genes.

Hay que reconocerlo. No era fácil la maroma de Santos: ser él mismo y Uribe a la vez. No podía durar mucho tiempo. Para forjar su propio proyecto, Santos estaba obligado a desconfigurar el de Uribe, estrechamente articulado a la Seguridad.

Cuando Santos impuso la Prosperidad Democrática como su lema, en realidad estaba reorganizando la agenda nacional: un programa donde la Seguridad es apenas uno de sus capítulos.

Esta decisión desestructuró lo que en Uribe pretendió ser una “cruzada” nacional–conservadora, en lugar de un simple programa de realizaciones: una misión definida en clave de orden, con los acentos ideológicos de un mesianismo propio de la lucha contra el terrorismo.

Uribe descubrió por el camino que podía transformar el miedo y la indignación legítimos de la gente en contra de las FARC en una cultura autoritaria llena de prejuicios, contraria a cualquier solución al conflicto que no sea la guerra.

El programa de Santos busca desarmar la receta uribista desde arriba, desde las propias élites. Queriendo ser listo, Santos tomó literalmente las palabras del expresidente: tras los triunfos inobjetables de la Seguridad Democrática, el país ya podía transitar hacia la fase siguiente, la Prosperidad.

Pero a los ojos de Uribe, el miedo y los prejuicios no se deben erradicar: constituyen un recurso invaluable, una mina de oro, en peligro de perderse en manos de este nuevo presidente. Muy seguramente, las fantasías de Uribe suponen la reproducción indefinida de este recurso, así se haya acabado con el enemigo.

La cuota de la guerrilla

Pero la terca realidad salta a la vista: el expresidente no derrotó a las FARC, aunque las haya debilitado en el curso de su doble mandato. Desde marzo de 2008, en tiempos de Uribe —precisamente cuando el gobierno pretendía haberlas acorralado— las FARC pudieron reagruparse en su Bloque Occidental y recuperaron la capacidad de hostigamiento en el Cauca.

Hoy la resurrección de las FARC —con sus ataques precisamente en el Cauca— constituye el nuevo escenario, que terminó por erosionar la posición sólida del gobierno como centro de decisiones y como núcleo de la representación política.

Un escenario que decretó el fracaso relativo del Estado en el conflicto interno, paradójicamente tras sus victorias indiscutibles. Un fracaso que por supuesto salpicaba a Uribe, pero que se traducía en un balance negativo para Santos, no solo por ser el presidente en funciones, sino porque al desenganchar razonablemente la gestión en seguridad de un discurso intensamente ideológico y autoritario, abría una brecha por donde cualquier revés frente a la guerrilla —es decir, toda reactivación de las FARC— sería inevitablemente asociado con su debilidad o con su negligencia, por no estar a toda hora representando el papel de paladín de una lucha sin cuartel.

Oposición perversa

El expresidente Uribe se ha entregado sin descanso a reforzar tal asociación de ideas: una oposición perversa, que convierte las debilidades del Estado frente a la guerrilla en una bandera eficaz contra Santos.

Y, como en política —al igual que en otros campos de la vida— la razón debe librar una batalla desventajosa contra el prejuicio —esa forma de racionalidad degradada— al presidente Santos le ha resultado imposible contrarrestar los efectos de aluvión por donde se desliza su credibilidad, como garante de la seguridad.

Uribe, su ahora opositor enconado y desembozado, se ha reconectado con una parte de la opinión pública que lo considera como el “único salvador”. Por su parte, Santos no ha encontrado una alternativa al libreto que le dejó escrito el propio Uribe, pues lo sigue repitiendo sin imaginación ni entusiasmo, ya desprovisto de la armazón ideológica y discursiva.

Acorralado entre el continuismo de una Seguridad Democrática que hace un buen rato alcanzó su techo de productividad bélica y los prejuicios de quienes no ven otra salida, al culminar sus dos primeros años el presidente Santos ha visto elevarse considerablemente el riesgo del fracaso: la gente ya lo está dando por hecho, a pesar de que la realidad todavía deja un amplio margen de acción al gobierno.

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comentarios
  1. Guillermo G. dice:

    No hay duda que los mecanismos de manipulacion de la opinion publica que usan los gringos para tumbar o imponer gobiernos en todas partes del mundo, también ha dado exelentes resultados en Colombia, definitivamente al pueblo colombiano le lavaron el cerebro, le enseñaron a pensar y a decir lo que ellos quieren que piense y diga y mientras la gente no pueda ver la realidad de las cosas como son, sin identificarse con lideres ó ideologias, mientras el pueblo no pueda ver la verdad y reconocer quien es el verdadero enemigo, no habrá esperanza de un verdadero cambio.

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