Voluntad y correlación de fuerzas en las negociaciones de paz

Publicado: septiembre 10, 2012 en Uncategorized

Ricardo García Duarte

¡Prometimos vencer y eso haremos! martilló Timochenko, el jefe de las FARC. Anunciaba con sus aires de guerrillero envejecido y montaraz la negociación con el gobierno, la cuarta en los últimos 30 años; negociación con la que siempre se pretendió poner     fin, sin efectivamente quererlo, a una guerra de 48 años. Los ecos de esta proclama recogían un inocultable matiz bélico. Arengar sentenciosamente con la idea de victoria, vestido de camuflado y desde el monte, no podría aportar sino escepticismo con respecto a la voluntad de paz por parte de un grupo guerrillero que siempre planteó, mientras crecía, la necesidad de conversar con el Estado, aunque nunca pensara en abandonar la lucha armada.

El escenario reconfigurado de la lucha: las negociaciones

Otra expresión pronunciada por el híspido subversivo de barba encanecida hablaba de su voluntad para no pararse de la mesa hasta izar las banderas que había defendido. Se trataba de un compromiso –casi otra promesa- por el que se acepta un nuevo marco para esa lucha; precisamente el de la negociación; un escenario en el que obviamente no hay por qué renunciar a las metas que inspiraron una rebelión violenta, pero en el que, ojo, la ley que se impone es la de la transacción, la de las concesiones mutuas; por lo que allí la victoria tendrá que ser compartida con los enemigos de la víspera.

Por su parte, el presidente Santos ha anunciado que la etapa que se inicia en Oslo, la de la discusión sobre la agenda, será un ejercicio relativamente breve y sin interrupciones. Lo cual equivale más o menos a lo mismo; a que las partes se amarren a las sillas, sin correr tras los cantos de sirena de la guerra, hasta no terminar con la firma de los acuerdos que las dejen satisfechas.

Ya se sabe que el compromiso mutuo en una negociación para no pararse de la mesa pertenece a una metodología, cuya base es la confianza puesta en el hecho de que el conflicto en cuestión ofrece salidas, por más cerrados que sean los impases; y que en todo caso resultan menos onerosas que la prolongación de la guerra.

La adopción de ese procedimiento estaría indicando la existencia de una voluntad avanzada en la dirección de la paz, construida probablemente en la etapa de los contactos exploratorios, la cual estaría ratificada por el hecho de que el acuerdo que clausuró tal etapa ha incluido el cierre del enfrentamiento armado, como propósito central de los encuentros.

El fantasma del fracaso

Las reservas frente a tal compromiso, sus condicionamientos, no estuvieron sin embargo del todo ausentes en los pronunciamientos. Tanto de parte del Presidente Santos como de Timochenko, el comandante guerrillero. Este último no dijo: nos comprometemos a hacerlo; dijo apenas al modo de un deseo condicionado: “pensamos en no levantarnos de la mesa”. Mientras tanto el jefe de gobierno advirtió que si no había progreso en las conversaciones, éstas simplemente se darían por terminadas, sin muchas dilaciones.

En consecuencia, el margen para el fracaso –para la reversión de los encuentros- es una verdad instalada en la conciencia de las partes que se van a encontrar para negociar. Es un fantasma que danza en su horizonte inmediato. Se exorcizará solo si el gobierno y el grupo ilegal saben construir con rapidez un intercambio de concesiones recíprocas, de modo que le puedan abrir el espacio a una “escalada al revés”; es decir, a una lógica de ascenso en la cooperación mutua; que es más o menos, simétricamente hablando, lo contrario de la escalada efectiva en el terreno de las balas; escalada esta última que de esa forma y en esa medida tendría que empezar a disminuir.

Auto-percepciones de poder y la negociación

Dependerá eso sí de la decisión de Santos y de Timochenko; terreno este último el de la voluntad política que casi siempre cuenta con un margen de libertad para fortalecer el ánimo de confianza y la lógica de cooperación. Aunque en última instancia se tratará de situaciones sujetas a dos factores de la guerra, y no a simples invocaciones de orden moral o ideológico del tipo “yo soy el bueno y el otro es el malo” o “yo defiendo la verdad y el otro no”; que solo sirven por lo pronto para las pretensiones de legitimación de cada actor social. Uno de tales factores es de orden objetivo; el otro es de carácter subjetivo.

– El factor objetivo está constituido por la correlación de fuerzas, que vincula y distancia al mismo tiempo a las partes; es decir, su equilibrio de poder, en el sentido de que este último le impida a cada una de ellas alzarse con la victoria total por medio de las armas.

– El segundo factor es de orden subjetivo y corresponde a la manera y al grado como cada una de las partes aprecie esa misma correlación de fuerzas. Es fundamental la valoración que cada actor haga de su propia fuerza y de la del enemigo. Un grupo combatiente, por ejemplo, puede disponer de poca fuerza, objetivamente hablando, y sin embargo, percibirse a sí mismo con posibilidades de crecer más de lo que efectivamente puede.

En el pasado el conflicto siempre se desenvolvió en medio de un desequilibrio estructural de poderes en favor del Estado, pero la guerrilla simultáneamente percibía un horizonte de crecimiento para su fuerza; lo que la conducía a arriesgar costos políticos y sociales, a cambio de beneficios económicos y militares. Unos beneficios que la llevaban a presentir la posibilidad de transformar sus avances tácticos y territoriales en nuevas ventajas estratégicas, como la consolidación de lo que Mao Tse Tung llamara en China una guerra de posiciones y una guerra de movimientos.

Hoy ha quedado borrada la posibilidad de alcanzar esas ventajas estratégicas, aunque a la vez las FARC hayan mostrado capacidad de recuperación en materia de reclutamiento y en el poder de hostigamiento bajo la táctica de guerra de guerrillas.

En esas condiciones, lo que sobrevino fue un doble desgaste en el conflicto armado. El del Estado, por un lado; y el de la guerrilla, por el otro. Un doble desgaste que se tradujo no en que cada uno de los actores de la guerra haya perdido en términos absolutos capacidad de propinar golpes al otro; sino en lo que podría denominarse un estado de productividad bélica decreciente. Se continúan dando golpes, mediante una enorme inversión humana y material, pero sin romper un punto de equilibrio clave, sin sobrepasar un umbral; ese a partir del cual se acelera la derrota militar del enemigo.

Desde el punto de vista del Estado, éste no puede traducir su ventaja estratégica evidente en el efecto de desbandada en las FARC. Desde el punto de vista de estas últimas, no hay ya la posibilidad de convertir su recuperación en el orden táctico en una nueva capacidad de iniciativa en el orden estratégico.

Si hay una conciencia compartida sobre esta doble productividad decreciente (y el tono de los encuentros exploratorios pareciera indicarlo así) podría operarse en la mesa de negociaciones un intercambio de concesiones en el que una política amplia e incluyente en materia de tierras, más las garantías plenas para el nacimiento de un nuevo partido político, fueran conquistas que pudiesen canjearse por una dejación de las armas de parte de la guerrilla… Aunque, claro está, siempre queda el margen para que cada una de los protagonistas de la guerra piense que puede seguir creciendo en el terreno militar o que al menos puede seguir existiendo ad-aeternum.

Imagen tomada del blog batiburrillo

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comentarios
  1. JSilva dice:

    Profesor García! Bastante interesante su columna. Creo especialmente importante las dinámicas de auto-percepciones de poder: en mi trabajo de grado (Las relaciones civiles-militares en el gobierno de Belisario Betancur), la concepción del actor sobre sí mismo fue indispensable para relacionar el fracaso del proceso de paz con la inagotable soberbia de las victorias militares, sobre su capacidad de producir una derrota militar sobre las guerrillas.

    Dejo el link de mi trabajo de grado por si le interesa conocerlo. http://biblioteca.usbbog.edu.co:8080/Biblioteca/BDigital/66140.pdf

  2. alfonso cuellar dice:

    Me parece que vamos a presenciar la “entrada” talvez por primera vez de una tercera fuerza en la arena política legalizada constitucionalmente. Despues de la Guerra de los Mil días se le dio entrada a una segunda fuerza la oposición en este caso del partido Liberal.Acaso, despues de la guerra de los 18.000 dias se le reconocerá por unos años fijos siquiera un 10% de los cuerpos colegiados, unas tres gobernaciones y de pronto un ministerio y despues a competir y sobretodo con el Fajardismo-Navarrismo?
    El resto el programa agrario FARC-restitución de tierras esta por verse como todos los 100anteriores. Algo dejaran sobre Reservas campesinas para darle gusto a Molano -Fajardo y pare de contar y esto en torno a la futuro liquidación de la coca como negocio ilegal. Luego seguira el legal ¿en manos de quines? seguramente de los dos bandos.

  3. Omar Gutiérrez dice:

    Muy interesante esto de “un estado de productividad bélica decreciente”, que podría corroborarse con las observaciones y diálogos hechos con quienes en realidad combaten en las regiones rurales de Colombia. Es muy probable que lo que Ricardo señala sea un factor clave en la voluntad de las partes de llegar a un acuerdo, más allá de las rabietas de la extrema derecha urbana que desea seguir con el desangre. Clave también la disposición de la Embajada Norteamericana de no oponerse primero (respetar) a los acercamientos y apoyar luego al presidente Santos. De parte de la guerrilla se puede percibir un intento de jugar mucho más como un actor social y político (tal vez que militar) en sus zonas de influencia.

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