Negociación entre fuegos cruzados

Publicado: septiembre 24, 2012 en Política
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Toda negociación es un enfrentamiento, sólo que sin la presencia de la fuerza; aunque paradójicamente esta última se mantenga a la distancia como si fuera la sombra que proyectan los contendientes. La negociación es precisamente la operación que prescinde de la violencia activa para arreglar un diferendo. Y, sin embargo, no hay otro ejercicio pacifico en el que intervenga de un modo más permanente y decisivo esa misma violencia, pero bajo una forma potencial, no factual.

Es ella la que finalmente pone los límites a los alcances del negocio. Este, el hecho de discutir y transar, es el escenario privilegiado para que se pongan en juego la potencia del razonamiento, la convicción en el discurso y la credibilidad de la reivindicación. Aunque naturalmente cada una de las partes, que se sientan en la mesa, sepa, sin necesariamente proclamarlo a los cuatro vientos, que su mejor argumento es la violencia retenida, en la que encuentra respaldo; y que más bien pende como una amenaza que no alcanza a desatarse.

La difícil coexistencia entre guerra y negociación

Existe sin embargo una situación particular; aquella que consiste en que la violencia, lejos de ser una amenaza latente, se ha desencadenado entre las partes; por lo que la posterior negociación no es otra cosa que la tentativa para sustituir la confrontación violenta por un escenario de intercambios pacíficos desde posiciones contradictorias.

Es modificar el campo de la disputa en torno de intereses opuestos; el de las balas por el de las palabras; algo que podría suponer la suspensión del primero para que su ruido salvaje no ensordezca el campo de las segundas. O, dicho de otro modo, para que la acción violenta, desencadenada simultáneamente, no interrumpa desalentadoramente la acción comunicativa que se ensaya en la mesa de negociación.

Solo que ésta última es un ejercicio social que también deja el margen, si las partes así lo quieren, para que los dos campos –el de las balas y el de las palabras- en vez de reemplazarse se combinen; en vez de excluirse se desplieguen paralelamente, con todas las interferencias del caso; las “viciosas” del conflicto absoluto o las “virtuosas” de la cooperación.

Así, mientras los negociadores se consagran finamente a la diplomacia, los combatientes se destazan a placer o se ametrallan en medio del bombardeo o la emboscada. Que es la modalidad escogida por el gobierno de Santos y por el secretariado de las FARC para discutir las posibilidades de un “acuerdo para la terminación del conflicto armado en Colombia”.

Una modalidad de alto riesgo, sin duda. Nacida de la desconfianza, ella encierra –mezcla explosiva- dos problemas: la tentación y el peligro. La tentación de ejercer presión en la mesa de negociaciones, con la violencia en el frente de batalla; y el peligro de sus efectos perversos; esto es: el retiro de la mesa por parte de quien en esa forma quisiera responder con una presión aun mayor y definitiva: la de la ruptura.

Condiciones estratégicas y negociación sin tregua

El ensayo de negociar en medio del fuego emana sin duda de las condiciones ofensivas, tanto estratégicas como políticas que refuerzan la posición del Gobierno; no así de aquellas que acompañan a las FARC, perfiladas estas últimas más bien bajo una posición defensiva.

Arrastrado por los impulsos de su propia ofensiva estratégica; el Estado en cabeza del gobierno, encuentra más ajustada a la dinámica de su enorme y aceitado dispositivo militar, la prosecución del fuego. Es casi una cuestión que obedece al peso inercial de una ofensiva militar; que por otra parte trae aparejados éxitos ciertos y la preparación del ánimo, entre soldados y generales, para el combate contra el “enemigo terrorista”; expresión ésta que ya de suyo sufre un primer debilitamiento con la sola creación de un escenario para negociaciones en el que actúan interlocutores políticos.

Hay que recordarlo: por encima de las decisiones del poder, en situaciones como esta, sobrevuela siempre el riesgo de que el gobierno termine por enajenarse el apoyo de sectores volátiles  que pueden desprenderse de la coalición gobernante, si aquél llegare a sobrepasar ciertos umbrales en las concesiones hechas al grupo armado; sobre todo si existe al mismo tiempo un grupo con discurso altisonante, como el uribismo, que presiona contra una paz negociada.

Son estos los costos políticos con los que podría cargar el gobierno, traducibles en la pérdida de apoyos en la opinión y en los partidos; e incluso en las mismas Fuerzas Armadas.  De ahí el tono perentorio del presidente al anunciar la negociación: “….no habrá cese de hostilidades” “…. No cederemos un milímetro del territorio nacional”. Como si se tratara de un inamovible.

A las FARC, por el contrario, el repliegue estratégico a que han estado sometidas (pese a una cierta recuperación táctica) y su desconexión con la opinión, las llevarían en principio a preferir el cese al fuego en medio de las negociaciones; aunque ellas mismas no estén muy seguras de que lo cumplirían cabalmente. Por lo demás, las treguas o los ceses al fuego y las conversaciones con su enemigo, el Estado, hacen parte de sus tradiciones políticas y militares.

La eventualidad de una tregua unilateral

En cierto modo, esta continuación del choque armado, mientras se negocia, representa una desventaja estratégica para las FARC, incapaz por el momento de conseguir un paréntesis en la ofensiva militar del Estado; pues su relación de fuerzas frente a él no da para estos alcances. Así, tropieza con el hecho que el Estado queda en condiciones de presionarlas (o eso es lo que intentará) mientras no tenga la seguridad de que ese grupo estará ya en disposición de negociar la esperada terminación del conflicto armado.

Esta debilidad estratégica en la mesa de negociación comporta el peligro y la tentación de caer en acciones descontroladas para equilibrar la presión en su contra, tales como el terrorismo o los hechos temerarios. O bien, por otro lado, puede dar paso a una táctica que busque convertir la debilidad en fortaleza, profundizando aun más dicha debilidad; es decir, llevándola a un extremo en el que se propicie una modificación en los términos bajo los que se adelanta la negociación.

Esa modalidad de atrincherarse en la propia debilidad, adquiriendo paradójicamente una fortaleza en los trámites de la negociación, estaría constituida en cierto momento por una eventual “tregua unilateral” por parte de las FARC…. Así se tratare sólo de una tregua temporal y restringida a las operaciones ofensivas. De ese modo, la iniciativa militar del Estado podría encontrar su cara opuesta en una iniciativa política de su enemigo, la guerrilla, pero en la mesa de discusiones…. Bueno: es lo que, cabria esperar de una táctica de esa naturaleza en la negociación.

Publicado en el Semanario Virtual Caja de Herramientas. Edición N° 00320 – Semana del 14 al 20 de Septiembre de 2012

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