¿NEGOCIACIONES DE PAZ; DISCURSO DE GUERRA?

Publicado: octubre 25, 2012 en Uncategorized
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Ricardo García Duarte

Politólogo y Abogado.  Ex – Rector

Debió encajarlo como un golpe bajo el pobre Humberto De la Calle; en los límites mismos de lo permitido por el reglamento. Un sabor a metal herrumbroso tuvo que haberle refluido a la garganta. El vocero del Gobierno había trazado con diplomacia y moderación las pautas con las que ambas partes debían proceder para que la negociación fuese “digna, seria y eficaz”; por cierto, sin reclamos ni estigmatizaciones, precisamente por lo ineficaz de tal proceder.

No era posible entonces que Iván Márquez, el representante de la contraparte, se propusiera hacer todo lo contrario; a saber: desarticular cualquier conjunto de pautas aconsejables y sensatas, útiles normalmente para la aproximación en una mesa de conversaciones entre los que se juegan la vida como enemigos; ¡ah…! y que al mismo tiempo quisiera modificar el contenido de la agenda previamente acordada. ¡Todo ello de un solo plumazo!

El discurso desafiante

El discurso con el que se dejó venir el negociador de las FARC, de tonos afirmativos; eso sí, altivos; sin titubeo alguno ni sesgos en la mirada; aunque ciertamente provisto de un corte muy tradicional; carente de cualquier giro renovador; fue a la vez, una pieza de denuncia, y una reacción defensiva, una oración política elaborada con una notoria carga ideológica, que estuvo además orientada por un sentido de confrontación.

Las denuncias y la orientación ideológica se reforzaban mutuamente para un ataque al régimen y al orden económico. El sentido del discurso era el de organizar las ideas y justificar la acción en el enfrentamiento contra un enemigo, lo que apoyaba significativamente con expresiones como oligarquía o como imperio.

Al mismo tiempo el orador, exhibió una gama de recursos retóricos para rechazar el juzgamiento del que él o sus compañeros pudiesen ser objeto, bajo la justicia transicional, cuando por el contrario el que debía ser juzgado era el Estado por sus crímenes, según lo espetó, sin ninguna reserva. Esta reacción defensiva la apoyaba simultáneamente en el recurso argumentativo de la simple auto-justificación del proyecto como actor armado: “¡somos una fuerza beligerante!… somos luchadores populares, lo que nos hace acreedores al sagrado derecho natural de no ser juzgados por nuestros actos!”

En resumen, se trató de un ataque en regla contra un régimen, al que en ningún instante las FARC rebajaron de enemigo, pero cuyos voceros con los que se aprestaban a negociar permanecían a su lado esperanzados en encontrar algunas zonas de convergencia en los temas agendados para intercambiar concesiones.

En sus aposentos presidenciales, Juan Manuel Santos debió sentir frente al aparato de televisión, primero, el sofoco de la irritación y, luego, la corriente fría de la decepción, sin poder evitar el fastidio de los fantasmas burlones del uribismo.

En todo caso, si no era decepción, era algo muy parecido, lo que invadía a la opinión pública y a la conciencia de los responsables políticos, después de escuchar a Iván Márquez. Fue quizá una mezcla de desasosiego y desconcierto la que recorrió al país. La suerte de la paz quedaba cobijada por más incertidumbres de las que la rodeaban cuando Santos anunció la firma del pre-acuerdo para la terminación del conflicto. Y no era para menos.

¿Y el cambio estratégico a favor de la solución negociada?

Del largo pronunciamiento del comandante fariano se podía deducir el carácter político de su guerra o la naturaleza ideológica de su identidad, pretensión ésta que tal vez subyacía en el discurso. Todo esto podía ser cierto. Pero lo único que se esperaba con ansiedad, fue lo que no apareció. La sola cosa sobre la que cabía esperar alguna nueva claridad, no tuvo ninguna. Y ella no era otra que la idea de que las FARC comenzaban ya a convencerse de que la paz podría ser mejor negocio que la guerra, en función precisamente de los cambios estructurales por los que hay que luchar.

Ese mensaje no apareció, no digamos ya de modo explícito lo que es difícil esperarlo de cualquier grupo, sino ni siquiera de un modo cifrado o recóndito. Es casi imposible adivinarlo por lo pronto.

El problema consiste en que la experiencia histórica reciente –la comprobación empírica – enseña que no ha habido acuerdo de paz alguno con una fuerza insurgente, que no haya estado mediado por un cambio de percepción estratégica de esa naturaleza en cabeza del movimiento subversivo. Modificación subjetiva que este último puede hacer perfectamente compatible con la lógica de sus objetivos revolucionarios, los de transformación social o la conquista del poder.

Casos como el de El Salvador o Guatemala o incluso el de Irlanda, por no hablar de los precedentes en la propia Colombia, con el M-19, confirman el aserto.

Entiéndase bien: no se trata de que sea imposible firmar una paz sin este requisito, desde el punto de vista de la lógica abstracta de la negociación, pues esta enseña por su parte que si hay lugar a una dinámica inédita de concesiones sustanciosas que se afirman mutuamente entre los contendientes, es dable el hecho de que el impulso autónomo de la negociación le tuerza finalmente el cuello a la guerra; y que la lógica de la cooperación mutua se imponga sobre la del conflicto, más allá de la voluntad inicial de los enemigos que se dan cita en la mesa de conversaciones.

Sin embargo, ese no pareciera ser el caso por ahora. Las “líneas rojas” de que habla  Santos, los linderos que establecen los límites para ceder por parte del Estado, no parecieran ser tan amplios ni tan extensos como para pensar  en dinámicas sorprendentes en tal sentido. La historia de los límites que las élites colombianas se imponen en materia de concesiones y reformas tampoco es tan inédita ni tan llena de audacias como para pensar que de la lógica de la cooperación se pudiese esperar sucesos extraordinarios; una revolución por contrato, por ejemplo, graciosamente entregada por la clase dirigente o algo parecido.

De ahí que resulte tan decisivo un cambio subjetivo en las percepciones estratégicas del actor subversivo, una disminución de su animus belli en favor de la libido imperandi; o más exactamente, una disociación de ambos impulsos; en el sentido de que la voluntad del poder esté separada del ánimo de la guerra. Y es eso lo que todavía no apareció en el discurso de Iván Márquez, el discurso del escozor y las incomodidades.

En la posición de las FARC, la dificultad para el proceso no estriba en las alusiones al modelo económico o en sus críticas a las estructuras sociales; críticas y alusiones que, al contrario de lo que pudiese pensarse, en vez de ser censuradas o atajadas, debieran ser promovidas, para llevar el contexto de la negociación a los terrenos de un debate político, cuya ausencia es uno de los factores que más estimula la inclinación hacia la confrontación armada.

El discurso del retador y sus componentes internos

Los tropiezos eventuales residen más bien en la composición del discurso, en su partitura; es decir, en la lógica que engarza cada uno de sus elementos y en el equilibrio que ellos guardan.

Sus componentes básicos son, como en todo ente que se pretenda proyecto armado, 1. el campo de la política, 2. el ideológico, 3. el elemento de la reivindicación social y 4. la justificación de la acción militar.

Si la política es la búsqueda de representación y legitimidad para la disputa por el poder; si el factor ideológico está confeccionado por los marcos obligados y superiores de referencia sobre el tipo de sociedad que condicionan las respuestas del actor; y si, por otra parte, el componente social está hecho de la pasión por los pobres y la justicia; mientras el ingrediente militar da cuenta del medio con el que se desarrolla la lucha; si todo ello es así, entonces las inclinaciones de un agente subversivo – del actor que reta a un Estado desde la “insurgencia”– serán tanto más favorables a una solución negociada del conflicto, cuanto mayor significación y más peso tenga en su discurso el componente político; aquel en donde se dan la representación, la comunicación, el debate y la legitimación.

No sucederán las cosas de ese modo, si por el contrario, la fuerza de la justificación ideológica; es decir, la que le permite al actor auto-referenciarse por el marco de concepciones que defiende, tiene un mayor peso específico en el conjunto de su discurso y de su estrategia. En este último caso, la tentación del conflicto puro será mucho más grande que las virtuosas veleidades políticas. La negociación en cambio pasará a ser un accidente más en el curso de la guerra.

En otras palabras, si lo ideológico atrapa con mayor intensidad lo social y lo militar; es decir, si la auto—justificación ideológica del actor subversivo incorpora la lucha de clases, enmarcando en ésta la reivindicación social; y si finalmente la acción armada es revestida de legitimidad ideológica; es muy probable que el peso inercial a favor del conflicto sea mucho más inatajable que la tendencia hacia la cooperación mutua; dinámica esta última indispensable para una negociación exitosa.

La contaminación ideológica – militar

En consecuencia, la dificultad que entrañaría el discurso de Iván Márquez no serían precisamente sus denuncias políticas contra el sistema; sino la enrarecida polución con la que el componente ideológico-militar contamina la ambición política.

Ahora bien, la negociación es la imagen invertida de la guerra; la que se refleja en el espejo de la política. Es el principio de la no-guerra; su insinuación. Ella misma constituye el escenario para que los enemigos dentro del conflicto; en vez de matarse, discutan; y para que en vez de excluirse busquen terrenos de acercamiento.

A veces, llega a crear el margen suficiente para un impulso autónomo que acentuando la cooperación mutua, revierta la tendencia del regreso a la guerra total. En otras palabras, puede suceder que se convierta en un proceso en el que el grupo retador – el agente subversivo – llegue a un punto de inflexión en su conducta estratégica, en el que logre encontrar que la acción armada no hace parte de sus fundamentos ideológicos.

Que no pasa de ser un instrumento, utilizable o no, según unas circunstancias cambiables, en las que a veces el “adiós a las armas”; lejos de ser una rendición, es un cambio estratégico en la utilización de los medios. Una modificación de esta naturaleza y en este grado es algo difícil de producirse en una negociación; pero no imposible.

Foto tomada de la página web http://www.confidencialcolombia.com

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comentarios
  1. Omar Gutiérrez dice:

    El discurso que leyó Marquez en Oslo no era suyo; era del Estado mayor de las FARC, esto significa que es un pronunciamiento conjunto, agregado de todos los frentes que operan el país. En este sentido revela un estado subjetivo de los integrantes de esta organización, que en este caso, como acertadamente usted lo califica, podría calificarse más como un “animus belli” que como “libido imperandi” con el orden. Es también, de cierta forma, una evaluación, o lectura que hacen los guerrilleros de las situaciones vividas en las regiones donde operan. ¿Equivocada o acertada está lectura? o ¿Hasta qué punto errada?¿Quién lo dirá?

  2. william dice:

    Recomendación: saber usar de manera correcta el punto y coma es menester para un ensayista. En este caso es abusivo y eso dificulta la lectura. Por ejemplo: antes de “y” se usa coma y ello sustituye al punto y coma, etc.

    De otro lado, el contenido está más cerca del análisis de algunas de las presentadoras de RCN (Vicky Dávila, por ejemplo) que de un politólogo. La nación no soporta más lecturas del conflicto desde las vísceras y el buen deseo y mucho menos un proceso de paz puede aguantar que se le pida al valiente hecho de sentarse a la mesa, como aproximaciones para incentivar los debates orales, sin que ello suplante los combates de fuego y/o que se niegue que son dos enemigos, dos orillas, dos intereses irreconciliables, los que hemos logrado poner frente a frente, que produzca algo más que una agenda de iniciativas para comenzar lo procesal, que es la superación de los múltiples conflictos (intereses en pugna) que conforman una guerra.

    Tampoco es dable que esto se vea, y menos que se ponga en el plano de análisis sesudo, como una dádiva del “dueño de la llave de la paz”. Santos y sus cogobernantes cedieron por las presiones económicas (caída de Europa y USA), políticas (elecciones en los vecinos y profundización en nuevos modelos, separatismo en España, las guerras perdidas de la OTAN, los triunfos pequeños de Irán, y más), la corruptela y su incidencia en el caos absoluto del Estado colombiano, junto a la generación de movimientos sociales poderosos, que como en el caso muy singular de Colombia, puede darle otros aires a la insurrección. Es esto lo que produce pánico en los partidos de gobierno, por supuesto, que al pensar en su futuro cercano, también ayudan a la presión para generar estas condiciones que procuren buscar para ellas y no para las FARC, una salida negociada. Es la Unidad Nacional la que está a portas de perder su poder y su gloria en más de 70 años.

    De ahí que se requieran investigadores y analistas que conserven a toda prueba el umbral con el objeto o con el paciente analizado.

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