Las elecciones en EEUU o la gestión del desencanto

Publicado: noviembre 4, 2012 en Uncategorized

Ricardo García Duarte

En las democracias, toda elección es una formidable fábrica de ilusiones: la de que el pueblo es el real depositario del poder, por ejemplo; o la de que este último es capaz de renovarse a sí mismo en una competencia limpia, abierta, incondicionada. Pero por lo mismo que es el ejercicio eficaz para la ilusión, llega a ser también el mecanismo para el trámite de la desilusión.

Su clave está en la repetición; en que haya siempre al término de cada período un nuevo evento electoral, el mismo que equivale al hecho de que otra vez se produzca el prodigio de un nacimiento; como si se refundase imaginariamente el poder, a través de la inauguración, esa sí prosaica y real de un gobierno.

De esa manera, lo que es la debacle de una administración o su desgaste por las promesas incumplidas o por su incompetencia, algo que está lejos de ser inusual, encuentra su respuesta salutífera, su remedio esperanzador, en la próxima elección; un escenario hecho para que rebroten los ímpetus refundacionales, si la coyuntura se acompasa con el imaginario creíble de un cambio; o simplemente con ese efecto de freno al desencanto, el efecto de domesticar la decepción.

De las ilusiones del 2008 al desencanto del 2012

En las dos últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América, las de 2008 y las que se celebran este año de 2012, el martes 6 de noviembre, se aprecia nítidamente la sucesión de estas dos alternativas funcionales y simbólicas en la democracia electoral.

La de la fuerza mágica del encanto, dibujada en la sonrisa fresca y luminosa del Barack Obama 2008. Y por otro lado, la de la administración del desencanto, traducida en la mirada baja y el gesto esquivo del Barack Obama 2012, en el primer debate televisivo frente a su oponente Mitt Romney.

Por la circunstancia particular del sistema de reelección inmediata, un mismo personaje puede representar ese doble papel que surge de las ilusiones que producen las elecciones; el de quien desata las esperanzas y el de quien maneja los desencantos.

El Obama del 2008 era el agente del cambio. El Obama del 2012 es apenas el administrador de las promesas incumplidas. Si las elecciones de hace 4 años parecían recibir el soplo de la historia, las de ahora parecen caminar, animadas apenas por el espíritu burocrático de la resignación.

Y, sin embargo, los retos son igual de comprometedores y la crisis del mismo tamaño. Ninguna de las dificultades internas ha mostrado alguna mejora sustantiva. Y por otra parte, no hay avances visibles o transformación significativa en el papel de un liderazgo mundial que represente algún indicio de progreso en los temas del desarrollo, la paz o el medio ambiente en el mundo.

La economía estadounidense ha atravesado un ciclo prolongado de recesión que, antes de instalarse durante los últimos 4 años en el aparato productivo, hizo explosión en sectores del capital especulativo como la finca raíz inflada y los fondos de captación financiera. La recuperación ha sido en todo caso completamente débil sin que haya conjurado del todo la sombra de nuevas recaídas (1,8% de crecimiento en el PIB en el 2011). Y aunque el déficit fiscal ha aumentado, entre otras causas por las operaciones de salvamento en industrias con peligro de ruina y por el gasto en servicios como la salud, los índices de crecimiento han sido mediocres y del todo insatisfactorios, por lo que a la recesión se le agrega el déficit, y a ambos, unos efectos de profunda erosión social como el desempleo, el cual se ha mantenido en niveles que giran alrededor del 8% (incluso del 10% en 2009).

Lo peor es el hecho de que al estancamiento le subyace durante los últimos 30 años, desde los tiempos de Reagan, la ampliación de la brecha entre ricos y pobres; tendencia esta que se ha prolongado bajo la forma de una mayor concentración de la riqueza, tanto en los períodos de estabilidad económica como en los de crisis.

De ahí que los desafíos internos no sean de poca monta: impulsar el crecimiento económico pero al mismo tiempo la inclusión social; y si se mirara como proyecto, como visión de futuro, el hacerlo al mismo tiempo con las innovaciones tecnológicas y sociales que permitan la conservación del medio ambiente.

La ausencia de un proyecto renovador

Un esfuerzo de esta naturaleza con la restructuración que él requiere en los propios controles del capitalismo financiero, más fuerte aún del que se hizo; y en los sistemas de redistribución; no pareciera estar ya en el horizonte de un segundo mandato del Presidente Obama; resignado más bien a una actitud defensiva, sustituta ella de un verdadero proyecto, al mantenerse el candidato-presidente simplemente como el que “va a defender a las clases medias” de los embates, representados en los posibles favorecimientos que reciban las grandes fortunas.

Si Obama, ya sin los trazos de un proyecto de cambio, confía en la continuidad de una política que traiga consigo la recuperación económica y el empleo a cuenta gotas, Mitt Romney, el republicano, propone un énfasis en la disminución del déficit (política contraccionista), con los consiguientes recortes en el gasto público; además de la disminución en los impuestos; manido regreso a un recurso de política económica que busca la reactivación por el lado de la oferta (supply-side), con el resultado ya conocido de que dicha política retarda cualquier proyecto de redistribución, si es que no lo agrava, sin necesariamente provocar un crecimiento significativo de la economía.

No hay, pues, mucho campo en estas elecciones para que con ellas fluyan las ilusiones del cambio. No se trata del tipo de eventos en el que se asuman grandes retos, aunque las dificultades, no siendo pocas, lo ameritan de sobra. Son momentos en los que la desilusión se decanta por la vía de la rutinización electoral para conservar apenas las posibilidades de que las cosas no empeoren.

Si Obama es el desencanto tranquilo, Mitt Romney es el cambio no suficientemente creíble; atrapado por cierto en el imaginario negativo de ser el protagonista de un regreso a la era Bush.

Concurren ambos candidatos como alternativas, sin la posesión de ese aliento de cambio que cautiva la imaginación colectiva. Apenas defensiva la una frente a la otra. La de Obama, frente a los peligros de un Romney favoreciendo a los más ricos. La del candidato republicano, frente a los riesgos de un Obama, en plan de hacer crecer al Estado.

Las opciones electorales

En esa simetría de miedos repartidos, de fantasmas negativos, queda cifrada la suerte electoral de cada uno de los candidatos. A la recta final llegan prácticamente empatados. Con un punto porcentual, o menos, a favor de Romney, según las últimas encuestas individualmente consideradas. Y, al contrario, con un punto porcentual o menos, a favor de Obama, según la medición promedio de las encuestas en el último período.

En tales condiciones, el buen destino de la candidatura de Obama radicará en el hecho de que hasta el último minuto logre mantener vigente la coalición de base que ya lo apoyó, conformada por los jóvenes, los votantes negros, el voto femenino y los electores de origen hispano. Su riesgo por el contrario estriba en que algunos independientes le den la espalda y en la deserción de un cierto número de votantes que pertenece al segmento de trabajadores blancos, que como en el pasado abandonen transitoriamente la opción demócrata.

Correlativamente, las esperanzas de Romney estarán puestas en el hecho de asegurar votos independientes decepcionados y en conseguir que un eventual deslizamiento del voto blanco demócrata lo favorezca.

Como se sabe, estos vaivenes dentro de una votación reñida se definen en el escenario de algunos pocos estados, cuyas mayorías electorales no se han decantado claramente de acuerdo con las tendencias de comportamiento que se revelan previamente a los comicios. Son los llamados swing states; los estados vacilantes.

Los estados indecisos

Dos de estos últimos son La Florida y Ohio. El primero con 29 grandes electores; el segundo con 18; que pesarían fuertemente en la decisión final del colegio electoral, después de que se escrute el voto popular, de cuyo resultado depende su composición definitiva, pero que no necesariamente corresponde de modo exacto a este último.

Si como enseñan las previsiones electorales Romney conquistara los 29 votos de La Florida, la suerte final de la disputa electoral se jugaría en Ohio, en donde Obama estaría obligado a ganar, pues sin sus 18 electores le sería imposible conseguir los 270 votos del colegio electoral, necesarios para conseguir la presidencia.

Es en Ohio, en donde ha disminuido más el desempleo (está en 7%, una unidad porcentual menos que en la media nacional). Es en sus vecindades del norte (Michigan) en donde tuvo lugar el salvamento de la industria automovilística, gracias a las decisiones del gobierno federal. Si estos resultados se tradujeran en un apoyo popular a Obama, el Presidente salvaría su reelección. El problema consiste en que, al parecer, en ese mismo estado podrían presentarse el desdén de algún independientes y la deserción de algún sector del voto blanco, lo que arruinaría las expectativas del primer presidente afrodescendiente.

En ese caso, sus esperanzas las fincaría solo en la circunstancia de que en los últimos días alcanzara a tener efectos favorables en el voto blanco de Ohio, e incluso de La Florida, su conducta de estadista acucioso y solidario, puesta de manifiesto durante los acontecimientos desastrosos provocados en la Costa Este por Sandy, la supertormenta. De ser así, podría lograr su segundo mandato, aunque no necesariamente un lugar destacado en la historia.

Si dicha conducta, seria y honrosa, no alcanzara a traducirse en votos, solo en respeto y admiración, la suerte electoral del Presidente comenzaría a hacer tradición después de Jimmy Carter, en el sentido de los escollos que se le presentan a un demócrata para repetir en la Casa Blanca.

Fuente: Periódico la Razón

* La imagen fue tomada de la página web http://www.scoop.it

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comentarios
  1. Omar Gutiérrez dice:

    Excelente columna. Breve pero muy reveladora de la situación fundamental en juego en las elecciones de los Estados Unidos.

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