Chávez, o el último gran populismo

Publicado: marzo 12, 2013 en Uncategorized

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Desde la teoría política, este balance perceptivo de los cambios en las identidades y en la incorporación masiva de los desposeídos al sistema político, una experiencia que deja lecciones para Venezuela y para los vecinos.

Fenómeno político

Quizá hacía falta la presencia de esa gigantesca multitud — que como una interminable marea roja acompañó el féretro de Hugo Chávez — para calibrar mejor los alcances que desató su figura en los últimos quince años: un auténtico fenómeno político.

No se trataba de una muchedumbre que desfilara sincera, pero episódica y superficialmente, solidaria frente a su presidente recién fallecido. La conmoción, la carga de electricidad humana que se transmitía en los cuerpos apelmazados en medio de una unidad de emociones, las múltiples declaraciones de lealtad incondicional y los juramentos eran todas ellas manifestaciones que se amalgamaban en un trabajo de duelo inicial y colectivo, bajo la forma de una movilización particularmente intensa.

Una movilización del pueblo, un sujeto imaginado, que proyectándose en el caudillo desaparecido, acaba por reconocerse a sí mismo como ente con existencia propia. Capaz de sobrevivir a su propio creador; incluso si para ello tiene que apelar a la ilusión de eternizar al jefe bajo los encantamientos fetichistas del embalsamamiento.

La abismada masa no ha hecho más que confirmar la capacidad de movilización popular que acompañó desde 1998 al chavismo, tanto para ganar elecciones como para presionar desde la calle. Un populismo formidable, reinscrito en la era de la post–modernidad, de la post–Guerra Fría y de las nuevas democracias en el subcontinente.

El populismo

El populismo — como categoría política y no simplemente como pretexto ideológico para descalificar adversarios — ha sido uno de los caminos señeros en la constitución del universo político; aunque eso sí nada ajeno a las tensiones traumáticas por las reacciones que provoca el personalismo de sus dirigentes y la reacción de las élites venidas del orden tradicional. Y lo ha sido en momentos históricos cuando en una nación se da el tránsito a la modernidad, particularmente cuando las migraciones internas dejan atrás el mundo rural para dar paso a la constelación de ciudades en la sociedad urbana.

Ciertamente, el populismo es uno de esos caminos, del mismo modo como lo fue el modelo de los parlamentarismos y las partidocracias de carácter oligárquico, primero, y luego, digamos, de carácter burgués. O como lo fueron los caudillismos paternalistas (especialmente en la propia Venezuela) o los militarismos tecnocráticos de los años 70.Solo que estos últimos modelos subordinaban o condenaban a la oscuridad a las clases socialmente subalternas. Las confinaban a distintos partidos de representación ajena o las apartaban por completo del mundo político.

El populismo, por el contrario, es un proceso que, más allá de sus desvaríos caudillistas o de sus desvíos autoritarios, entraña una ampliación de la representación política. Significa a la vez la invención del “pueblo”, como sujeto propio, atrayendo hacia un polo nuevo a los grupos sumidos en la fragmentación o en la más desapacible de las penumbras.

En otras palabras, es el proyecto, a lo mejor fallido, de construir una identidad en la lucha por el poder alrededor del “pueblo”, en tanto imaginario colectivo, que sin embargo alcanza dimensiones reales a través de esa conexión interna entre caudillo y masa.

Que es, por cierto, lo que consiguió con enorme habilidad Hugo Chávez en Venezuela a lo largo de su parábola vital, en medio de un proyecto donde se fueron sucediendo y mezclando diversas facetas.

La operación chavista

Primero fue la generación de expectativas, no necesariamente inscrita en un plan que lo previera todo. Se trató de su intentona golpista en 1992. Con este hecho, mostró determinación en un momento cuando las clases dirigentes ponían en evidencia su fracaso. Al mismo tiempo, con su retroceso táctico al admitir la derrota, pero haciéndolo “solo por ahora”, según su premonitorio anuncio, dejó abiertas las posibilidades para el regreso.

La suma de reivindicaciones sociales que se sintetizaba en la denuncia contra la pobreza en medio de una situación donde las políticas de ajuste hacían más visible al “neoliberalismo” como causa de la precariedad.

La articulación del tema social con la representación política, la cual surgió a raíz de la coyuntura electoral de 1998, cuando Hugo Chávez ganó la contienda electoral que lo habría de catapultar al poder, bajo el impulso del movimiento “Patria Nueva”  y la idea refundacional de la República.

La confección de un discurso, con unas marcas retóricas simplificadas y repetitivas en las que se va dando forma a la construcción imaginaria de un pueblo que se independiza; que se inventa a sí mismo. Es un discurso a la vez de división y de unidad.  De división, más precisamente de antagonismo, contra los enemigos de los que hay que liberarse: del imperio y de la oligarquía criolla. También de unidad, entre los que pertenecen al mismo sujeto en construcción; es decir al pueblo, conformado por los necesitados y por los que aceptan su lucha.

El ejercicio del poder, que permite dos cosas: la transferencia efectiva de los recursos estatales a la asistencia social y los actos de transformación, que se tradujeron en la nueva Constitución Bolivariana y en las leyes de tierras y de hidrocarburos.  Con lo cual se cimentó entre el pueblo chavista, ya en trance de formación, la idea de cambio, envuelta en la etiqueta de una revolución.

La ambivalencia entre el ejercicio del poder y la lucha opositora, en cabeza del mismo sujeto, pues a pesar de controlar el gobierno continuó con sus estrategias defensivas frente a los enemigos que acechaban a la “revolución”.

Con estas sucesivas operaciones de orden político, Chávez estuvo durante las últimas dos décadas en el vértice — y en el vórtice — de un proceso, cuyo producto no ha sido otro que la aparición de un vigoroso movimiento populista en el país vecino. Por cierto, con efectos en la configuración de nuevas identidades y en el plano de la representación.

Nuevas identidades, cambios en la representación

La emergencia de Chávez en la escena provocó de inmediato la conformación de una muy amplia corriente de opinión, antes completamente inexistente y más tarde convertida en un partido, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) con más de 5 millones de militantes carnetizados.

La entrada de un retador que viene de los bordes externos del mundo político y la articulación de un poderoso movimiento popular, provocó el desplazamiento de otras fuerzas políticas: la social–democracia liberal y la democracia cristiana (antiguos Adecos y Copeianos). Estos últimos eran aparatos partidistas con identidades frágilmente modernas y que se convirtieron en castas, propensas por lo demás a la corrupción dentro de un modelo de Estado rentista.

En tales condiciones, Chávez y su movimiento ocuparon el centro alrededor del cual comenzaron a gravitar las disputas por el poder mientras se eclipsaban las fuerzas tradicionales, apenas consolidadas desde 1958.

Al crecer como fuerza hegemónica, el chavismo modificó radicalmente el paisaje político. De una competencia consensuada entre liberales social–demócratas y conservadores cristianos, se pasó a una competencia muy polarizada entre el socialismo populista y la coalición de centro–derecha, más o menos fragmentada internamente.

Al absorber adhesiones entre las clases medias y subalternas, el socialismo bolivariano de Chávez consiguió simultáneamente una transformación en las identidades políticas. Dio origen a un nuevo sentimiento de pertenencia, en el que se mezclan indistintamente la figura del caudillo y la propia categoría de pueblo, que se asume como sujeto con poder.

La construcción de identidades políticas puede enriquecer la competencia democrática, tanto más si sacude la molicie y la concupiscencia en el poder que contamina a las élites tradicionales. Por otra parte, un proyecto de gobierno con inclinaciones sociales hace crecer la inclusión y disminuye la inequidad, lo que es una de las mejores manifestaciones de la modernidad.

Finalmente, la incorporación de las clases más desfavorecidas, como actor propio dentro de la política, constituye un ensanchamiento de los fundamentos sociales de la democracia, algo que podría ir en la dirección de una mayor “igualdad política”.  He ahí el significado en términos políticos y sociales del Hugo Chávez que acaba de fallecer, adalid quizá del último populismo fuerte en América Latina.

El problema es que un populismo de esta naturaleza arrastra al mismo tiempo con unas desviaciones autoritarias que discurren en el sistema al tiempo que se debilita el Estado de Derecho, es decir, el poder de la ley sobre el poder a secas.

Entre esos límites se desenvuelve el legado de Hugo Chávez, margen estrecho por donde tendrán que hacer su propio camino los herederos del chavismo.

Artículo originalmente publicado en: razón pública

Imagen tomada de: http://gonsatur.blogspot.com

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comentarios
  1. Omar Gutiérrez dice:

    Excelente artículo. Bien documentado y centrado, bien abordado en lo teórico e histórico. Sin altisonancias o prejuicios. Además de bien escrito.

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