Ex presidentes, patrones y control del poder en Colombia

Publicado: abril 22, 2013 en Uncategorized

uribe_santosLa opinión pública se alborota o se indigna ante el espectáculo de grandes jefes políticos enzarzados como perros y gatos. Pero el control del poder en Colombia justifica todo: los insultos, los enemigos imaginarios, el miedo y la insensatez.

De agarrones y querellas 

Algo así como el campeón del “aprovechamiento político”.  Así se ha expresado de Santos nadie menos que el expresidente Uribe, otro aprovechador.

El ataque no solo señala la condición de oportunista; también revela la supuesta catadura de desleal, un estigma muy próximo a la traición, con lo cual el autor de la descalificación busca minar la credibilidad de un jugador clave dentro de la política colombiana, un mundo plagado de recelos, donde por consiguiente es vital conservar ciertos mínimos de confianza.

El insulto es de fondo. Está cargado de significados. Interviene como una orden de ataque para no permitir que el individuo en cuestión siga dentro del juego y, sobre todo, en posesión de unos recursos de poder que no le pertenecen. Habría que arrebatárselos, lo que sería el principio de su ruina. El agarrón entre Santos y Uribe no es solo una querella entre egos crispados: traduce, más bien, una fractura, una afirmación de orden faccional, con corrientes de seguidores entre el público.

Al contrario de las protestas de Andrés Pastrana contra el gobierno que — por más hirientes y clasistas que sean — no pasan de expresar la irritación frente a los perjuicios eventuales que pudiere llegarle a causar a este ex presidente el esclarecimiento  de las decisiones en las que participó a raíz  del litigio con Nicaragua.

De familias y facciones… a partidos

Las disputas faccionales siempre coexistieron con el bipartidismo: un régimen donde liberales y conservadores obraban como “familias” de identidad primaria, sin claras diferencias en el universo de las ideas y de los programas.

Esos partidos no solo eran familias: cada uno llegó a ser una maquinaria electoral y una constelación de clientelas. Se acostumbraron a convivir con una multitud de intereses y una variedad de posiciones ideológicas en su interior.

Con el crecimiento urbano y la extensión de la cobertura educativa, a partir de 1958 tuvo que surgir un electorado independiente que hizo entrar en crisis de identidad a los partidos tradicionales, convertidos ya en familias y en empresas políticas, a la vez.

Después esta realidad cambió de formato, con la ayuda de la Constitución del 91: del bipartidismo forzado, Colombia pasó al fraccionamiento propio del pluripartidismo. El incómodo faccionalismo interno podía así adquirir ciudadanía plena con el afloramiento de verdaderos partidos, ya no de simples disidencias intestinas.

Las trompetas del Club El Nogal — en donde se fundó el Puro Centro Democrático, ahora menos puro, Centro Democrático a secas — anuncian la voluntad de Álvaro Uribe de derribar los muros del santismo, con lo cual venimos a descubrir que el faccionalismo ha sobrevivido bajo el nuevo formato: tendremos fraccionamiento multipartidista y, además, faccionalismos internos.

Al igual que otras disputas, la del santismo contra el uribismo está definida por factores como los siguientes:

  • El “patronaje” o, según Weber, la creación de agrupamientos para llevar al poder del Estado a jefes o caudillos, los patrones;
  • Las estrategias de coalición o formación de alianzas;
  • Las orientaciones ideológicas;
  • La representación de intereses o de poderes sociales;
  • La confección de la agenda pública y sus énfasis;
  • La construcción de identidades. y
  • La creación de imaginarios sobre sí mismo y sobre los otros.

Disputa entre patrones

Los puntos claros de fractura no aparecen con nitidez en la representación de intereses, a pesar del acercamiento especial que tiene el expresidente Uribe con sectores del latifundismo agrario.

La ruptura uribista está determinada más por razones ideológicas y políticas que por intereses económicos; incluso, más por los factores políticos que por los ideológicos. Aunque también es verdad que en el camino Uribe se derechizó intensamente.

No así Santos, quien en búsqueda de su lugar como estadista, ha incorporado a su programa de acción temas como la restitución de tierras, la reparación de las víctimas del conflicto interno y la paz, más afines a una sensibilidad de signo progresista.

Ahora, la propia derechización del expresidente bien podría estar influida (aunque solo parcialmente) por el oportunismo del político profesional que descubre cómo el travestismo ideológico le reporta inmensos réditos ante la opinión, dentro de una sociedad conservatizada por efectos de un conflicto armado muy prolongado, entre otras cosas.

En todo caso, la inconformidad del expresidente comenzó cuando Santos cambió la estrategia de alianzas, al abrir la coalición uribista a los no uribistas, particularmente a los liberales, a quienes Uribe quería marginar no tanto por ser distintos, sino por todo lo contrario: por parecerse demasiado a él.

El malestar de Uribe se recrudeció cuando el nuevo presidente alteró el sentido de la agenda, pues si bien conservó en un lugar preeminente la seguridad, la mantuvo solo como un componente de su programa político, pero no ya como el discurso ideológico que reordena por completo las relaciones del Estado con la sociedad y sus imaginarios en torno del enemigo.

Ahora bien, el distanciamiento mutó en oposición feroz cuando se hizo evidente el hecho de que el personal político  — la clase parlamentaria y los altos burócratas, más fieles al poder por reflejo que a un caudillo, si éste ya no tiene en sus manos el gobierno — migraría en masa hacia las filas del presidente en funciones.

Súbitamente Álvaro Uribe — quien dominaba la escena al manejar simultáneamente al gobierno, a la opinión y a la clase política — vio cómo esta última se le escapaba entre los dedos y cómo de paso perdía la posibilidad de incidir sobre el gobierno, ahora bajo el mando de alguien que, al controlar a la clase política y a sus partidos, podría además quedarse por cuatro años más.

En ese fenómeno de relevo no aceptado entre las mismas élites en el poder radica la desazón, más aún, la furia del antiguo presidente, quien por cierto persiguió con afán un tercer período.

Es la eterna pelea por reconquistar la representación política: es decir, en el impulso por definir quién queda como el patrón  del poder reside la razón de fondo por la que se enzarzan ahora el santismo y el uribismo en querellas infinitas y desapacibles, aunque ambos hayan bebido en fuentes ideológicas similares.

Cómo manipular a la opinión

Uribe tiene que apelar al único recurso que le queda: su ascendiente en la opinión pública. Solo que dicho ascendiente reposa en su discurso contra el terrorismo, contra el enemigo. Tiene que entregarse sin recato — incluso gozoso —  a remover miedos, prejuicios y desde luego resentimientos justificados de la gente, con el fin de mantener el apoyo para su empresa: promover un nuevo personal político que arrincone al partido de la U (ahora de Santos) y le arrebate unos ocho senadores, según lo profetizan amenazantes alfiles del expresidente, como el inefable Pacho Santos.

En realidad, Uribe Vélez — todavía sintonizado con una parte de la opinión pública — pretenderá hacer moñona al debilitar simultáneamente al gobierno y al proceso de paz.

Así avanzaría en el control instrumental de la representación política — con una bancada parlamentaria de peso — y en la afirmación de esa identidad ideológica que se ha fabricado, al asociar su personalidad con una legitimidad donde se mezclan de modo inquietante el miedo y la rabia frente al fantasma de un enemigo. Todo ello como si se tratara de un país político congelado.

Artículo originalmente publicado en: razón pública

Imagen tomada de: http://www.arcoiris.com.co/

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