La crisis de popularidad de Santos

Publicado: septiembre 25, 2013 en Uncategorized

descargaMientras el presidente se debilita en las encuestas, Uribe sigue teniendo mucha fuerza en la opinión. ¿Por qué la popularidad de los dos presidentes sube o baja por razones distintas de su perfil ideológico y de los resultados concretos de sus gobiernos?

La veleidosa popularidad
Que Santos padece el abandono –desdeñoso, incluso irritado– de la opinión no es una afirmación exagerada: solo el 21 por ciento de los ciudadanos aprueba su gestión, según Gallup. Y aunque otra firma encuestadora –el Centro Nacional de Consultoría– ubica esa cifra en el treinta y pico por ciento, en ambos sondeos la figura del presidente experimenta una caída libre de 20 o más puntos porcentuales.

La baja de popularidad ha sido persistente a lo largo de los tres años de gobierno. Sin descartar fluctuaciones hacia abajo o hacia arriba, la buena imagen de Santos se ha reducido, del 70 por ciento o más al principio del gobierno, a casi el 20 por ciento de hoy en día.

Este último nivel es comparable al que dejó Andrés Pastrana, pero abismalmente inferior al de Álvaro Uribe, invicto en sus altas cotas de popularidad durante más de 10 años.

Percepciones en lugar de los hechos

Hay que decir que durante el gobierno Santos no se han dado cambios palpables u objetivos que permitan hablar de un deterioro inequívoco en las condiciones de vida de la mayoría de los ciudadanos con relación a la época de Uribe.

Ni en materia de desempleo, ni de precios al consumidor, ni de empobrecimiento, ni de relaciones internacionales o de política interna- y ni siquiera de tasas de criminalidad- existen diferencias que justifiquen el contraste – o en todo caso un contraste tan marcado- entre los índices de aceptación de uno y otro gobernante.

Si no hay un empeoramiento objetivo que dé cuenta del contraste entre los gobiernos de Santos y Uribe, seguramente estamos ante un cambio subjetivo en las tendencias de opinión, incluidos sus muy diversos segmentos.

Estas tendencias comprenden actitudes, identidades y comportamientos, principalmente asociados, en la mentalidad del individuo, con la falta de control sobre las condiciones que constituyen su entorno.

Puede ser una impresión de desorden que supera la capacidad de control por el individuo, incapacidad que él o ella entonces traslada a su visión sobre el gobierno; ahora profundizada, por ejemplo, con las imágenes del paro agrario. Lo cual se traduce en una inclinación compulsiva por la seguridad; una seguridad, digamos, puramente reactiva, nada transformadora.

Añoranza del padre autoritario

Aun en medio de la desigualdad y de una pobreza con niveles siempre por encima del 35 por ciento, el modelo económico ha dado impulso al ascenso social y a la formación de capas medias de la sociedad, junto con el crecimiento de las ciudades. Un progreso que puede reflejarse en las variaciones del ingreso per capita, el cual pasó, según el Banco Mundial, de 2.479 dólares en el 2000 a 7.933 en 2012.

Es decir, el modelo ha permitido cierta prosperidad, acompañada por un universo de expectativas, pero rodeada por toda suerte de riesgos de volver al atolladero o de no salir de él. Estos riesgos acaban condensándose bajo mil formas dentro del imaginario colectivo, pero en especial en esa sombra que arrojan los agentes sociales de carácter perturbador, como las FARC o la delincuencia común en las ciudades.

La defensa frente al “mal”, real o ficticio, ha quedado vinculada indisolublemente con la seguridad, no solo como mecanismo policivo o militar, sino sobre todo como cultura, como actitud paternal y autoritaria.

Necesitada como está la opinión pública de la sensación de seguridad, no puede más que extrañar la figura de Álvaro Uribe, como lo constató ante los subalternos el antiguo Director de la Policía, general León, para incomodidad de su superior, el presidente Santos.

Este último, entre tanto, se enajena esa opinión pública porque “traiciona” la cultura autoritaria y patriarcal de la seguridad uribista; mientras la reduce modernamente a su dimensión militar y política.

Abdica así del papel como patriarca autoritario, pero al costo de que cualquier falla en la seguridad erosionará la confianza del público, mientras que el presidente no alcanza a coronar sus grandes proyectos de equidad en el mundo rural y de una paz negociada.

La paradoja

Dos procesos que van en la dirección correcta, pero que sin estar terminados exitosamente abren desajustes en los tiempos y una brecha en los ritmos sociales, por donde se escapa a borbotones la confianza pública en el presidente.

Quizá Juan Manuel Santos esté sufriendo el abandono de la opinión nacional precisamente por causa de las buenas banderas con las que ha querido seducirla; es decir, por la prosperidad y por la paz en que se ha embarcado. ¡Vaya paradoja!

Víctima accidental de su propio invento, el presidente pierde piso por ahora, atrapado entre las tendencias de la opinión pública en el largo plazo -a cuya consolidación él mismo contribuyó- y el discurso con el que lo ataca sin tregua el ex presidente Uribe, referente ineludible de la oposición.

Por su parte, Uribe absorbe la popularidad que se evapora de sus competidores y en todo caso mantiene un cuasi-monopolio sobre la opinión. No importa si para eso se ve obligado –al parecer, con bastante regocijo– al más desinhibido de los ejercicios demagógicos.

De modo pues que Santos, queriendo afianzar la prosperidad, tropieza con los temores fantasmales que acompañan su defensa ilusoria. El presidente se empeña en la paz -un propósito realmente histórico – pero se encuentra con esa opinión pública que está instalada en una actitud defensiva, la afirmación de un sentimiento de inseguridad, con ecos de nostalgia por la presencia del padre protector que reclama obediencia y disciplina.

Un padre protector (Uribe Vélez) que, ya sin el poder ejecutivo y más bien en trance de crear otro partido –uno más– con su respectiva bancada parlamentaria, acude con desenfado a esa demagogia del tipo: “el gobierno de Santos con el proceso de paz le entrega la patria al terrorismo”.

Demagogia doblemente perversa porque se aprovecha de los sentimientos primarios de la gente (el miedo a los ataques violentos), sin reprimirse para soltar interpretaciones arbitrarias o extrapolaciones descontextualizadas; en verdad, mentiras del tamaño de una catedral.

Una demagogia que es mirada impunemente por sus seguidores y simpatizantes.

Así se entendería por qué el ex presidente se mantiene en sintonía con la esquiva “opinión pública” en la que por otra parte cunde la desconfianza frente al presidente.

Artículo originalmente publicado en: Razón pública el 22 de Septiembre de 2013

Imagen tomada de: www.masdepoker.com

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comentarios
  1. Omar Gutiérrez Lemus dice:

    Excelente artículo, Ricardo. Un saludo. O.G. 

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