La Poliarquía o la herencia de Robert Dahl

Publicado: febrero 25, 2014 en Uncategorized

Robert DahlSu nombre quedó vinculado, sin derecho al arrepentimiento, a ese concepto tan anclado en el pensamiento político contemporáneo, el de la Poliarquía; y, sin embargo, tan acompasado con las resonancias ancestrales de la Grecia clásica.

Robert Dahl, politólogo emblemático de la cultura universitaria norteamericana y quien acaba de morir a sus 98 años en un confortable asilo para ancianos de Conecticut, no inventó la palabreja, entre esotérica y pretenciosa, pero la acuñó para los fenómenos de hoy, con la misma eficacia con la que los griegos antiguos componían raíces lingüísticas y sufijos o prefijos para encapsular entramados complejos del mundo público, al que tanto valor conferían.

Como lo hicieron, para no ir muy lejos, con la misma palabra política, retrato ideal de su propia vida en la polis; término este –la política- que sigue tan campante, después de siglos de uso y de abuso.

La poliarquía como pluralidad de élites

Pues bien, Dahl, eterno profesor en Yale y presidente por décadas de la Asociación Americana de Ciencia Política, transmutó su tweed y sus anteojos de apacible profesor de campus universitario, en la vestimenta austera de pensador en Atenas, para designar al orden democrático actual como una poliarquía; esto es, como el “gobierno de una pluralidad de grupos “. No como el gobierno del pueblo, según lo dictaba el imaginario popular en los Estados Unidos, rubricado por la fórmula del presidente Abraham Lincoln, en Gettisburg: “la democracia es el poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”.

Realista él, sin dejar de ser liberal, Dahl pensaba, por el contrario, que tras el formalismo ideal de la soberanía popular se escondía el poder efectivo de diversas élites. Que quede claro: de una variedad de estas últimas, no de una sola; tampoco de una súper concentración de algunas de ellas, estrechamente aliadas en sus intereses.

El pluralismo, que es condición de la democracia liberal, en la que compiten por el poder varias opciones políticas, es re-situado por el profesor de Yale en otro nivel, mediante el concepto de poliarquía. Esto es, en el nivel de los poderes sociales. No hay solo un pluralismo de partidos; hay sobre todo un pluralismo de élites sociales; lo cual resulta relevante, si se observa la estructura del poder, además de como representación política, como el proceso en el que se toman las decisiones.

¿Quiénes toman las decisiones sobre los temas de la agenda dentro de las comunidades? Fue el problema que se planteó Robert Dahl, en tanto punto de partida para discernir el funcionamiento de una democracia moderna; particularmente –hay que decirlo- de una democracia como la de Estados Unidos.

Entre el ilusionismo liberal y la crítica a la élite del poder

Mientras que para algunos –tributarios de un cierto fetichismo constitucional- el poder ciudadano definía la suerte de la Nación, para otros, -militantes del cuestionamiento implacable contra el camino de monopolización económica y política en curso dentro de la nueva superpotencia occidental- el poder efectivo se concentraba en una súper – élite, en la que se integraban graníticamente sus intereses económicos y políticos.

El profesor Dahl quiso, por su lado, abordar la respuesta al problema, conservando una equidistancia prudente frente a esas dos posiciones.

El ilusionismo constitucional del “poder del pueblo” en la democracia era disipado sin contemplaciones por el reconocimiento crudo de que tras los velos de la representación política obraban las élites, en tanto verdaderos grupos de poder. Dahl compartió esa línea de pensamiento con otros autores que desde la economía pensaban la política, tales como Schumpeter o como Downs, para quienes la democracia era más un juego de élites, bajo el arbitraje del pueblo, que un gobierno de este último.

Por otro lado, se apartaba de una sociología crítica que denunciaba la elitización voraz y depredadora del poder político, bajo cuyo imperio se ponían en riesgo los fundamentos del estado liberal, apoyado este último en la voluntad de los ciudadanos; ahora burlada y birlada sin embargo, por las grandes corporaciones y los grupos de presión, a los que se entregan los políticos elegidos en uno y otro partido.

Eran los tiempos de prosperidad después de la inmediata posguerra en Estados Unidos. A la sombra de las administraciones de Dwight Einsehower, el conservadurismo permeaba el establishment, mientras las estructuras monopólicas se consolidaban en la economía y fluían sin tropiezos los intercambios en personal y en recursos entre el mundo empresarial, el mundillo de la política y la burocracia estatal.

La puerta giratoria funcionaba a las mil maravillas entre el Estado y las empresas. Por cierto, la Guerra Fría proporcionó las razones suficientes para el crecimiento armamentista, bajo el que se estrecharon los lazos entre el gobierno y la industria militar.

El contrapunteo con Wright Mills

Así las cosas, en 1956, Wright Mills, sociólogo representante de la izquierda académica, publicó su libro La élite del poder, obra de mucha resonancia en los medios intelectuales en la que el autor desnudaba la emergencia de una suerte de élite de élites, núcleo duro, una especie de punto de intersección en la cúspide, en la que se cruzaban los intereses de grupos dominantes en tres esferas; a saber: la de los empresarios, la de los militares y la de los políticos profesionales.

Era el dominio de tres élites, que derivaba en una suerte de súper élite; de cuyo poder, aún si permanecieran las formas del estado liberal de derecho y las de la democracia; no podía esperarse otra cosa que la reducción de estas últimas a un mero cascarón. Dicho de otro modo: las tendencias del poder volvían inocuo el pluralismo.

Y, sin embargo, la competencia por el poder continuaba. Y la participación ciudadana se repetía en todo tipo de elecciones; además, multitud de grupos y comunidades hacían valer todavía sus intereses.

De ahí que Dahl, el profesor de Yale, quisiera contraponerle a la formulación de Wright Mills, profesor perteneciente a la izquierda universitaria de Texas, un modelo de análisis del que surgiera una caracterización del poder en la democracia americana, apoyada en una existencia horizontal de élites, que mantenían – cada una de ellas- una autonomía considerable y la capacidad para valorizar sus intereses y potenciar sus recursos.

Precisamente, porque cada élite existe mediante la apropiación y el control de un recurso distinto, es que se presenta una variedad de élites. Con poder cada una de ellas para hacerse valer frente a las otras. Claro, dentro de los límites comunes del credo liberal, límites estos que impiden que cada grupo dominante se salga del sistema por exagerar la nota en la prosecución de sus intereses.

¿Quién gobierna? ¿Quién decide?

A esta caracterización de la democracia en Estados Unidos, cuyo funcionamiento se basa en una pluralidad de élites que coexisten compitiendo entre sí, quiso Robert Dahl proporcionarle un fundamento empírico. Procedió a realizar una investigación, a partir de entrevistas con quienes tomaban las decisiones en asuntos públicos de importancia dentro de la población de New Haven en la que se hallaba su universidad; localidad aquella que le pareció de lo más representativa respecto del orden político, social y administrativo de los Estados Unidos.

Sus resultados, plasmados en la obra “¿Quién gobierna?” arrojaban, a los ojos del autor (no hay que pasar por alto que más de un contradictor cuestionó el rigor de las entrevistas) la existencia de élites distintas, poseedoras de recursos que iban desde la riqueza y la representación política hasta la propia organización de masas, pasando por el manejo de un medio de comunicación.

Constatado el fenómeno, bajo una observación empírica, pero dentro de los límites que imponía el microcosmos de una comunidad local, lo que quedaba pendiente en consecuencia era extrapolar dicho fenómeno al orden general, como proceso más o menos reconocible, en condiciones de ser reproducido a escala nacional.

De esa manera, nuestro autor ratificaba la idea de una democracia poliárquica, apoyada de hecho en el pluralismo del poder, con élites que competían entre sí; pero, ojo, que entraban en acuerdos; siempre dentro de una línea de negociación recurrente. El así llamado bargaining process.

Las tesis de Dahl no alcanzaban, obvio, a ofrecer un modelo, lo suficientemente musculoso como para anular por completo la crítica de la izquierda sociológica sobre la marcha del orden social en los Estados Unidos, bajo estructuras monopolistas en la economía y bajo procesos de concentración del poder con grupos que de una u otra manera se acomodaban dentro de los límites impuestos por “la marcha general y abstracta de una especie de capitalismo concentracionista”.

No podrían dichas tesis explicar a satisfacción, por ejemplo, las inclinaciones muy poco liberales de las dos administraciones presididas por George Bush jr. con el ascenso correspondiente de los núcleos neoconservadores estrechamente asociados con el interés de las más poderosas corporaciones industriales y financieras.

Pero sí podrían servir para explicar la otra cara del problema; a saber, la persistencia dentro de un sistema político como el que ofrece la democracia de los Estados Unidos de la conformación y el fraccionamiento de élites dentro de un proceso que por la apropiación de recursos diversos puede coexistir con la misma tendencia a la concentración dentro de un capitalismo que también experimenta disparidades y desigualdades en su crecimiento.

La Democracia como tipo-ideal

En todo caso, en el resto de su obra, pespunteada a lo largo de las últimas cuatro décadas por medio de más de una decena de libros, Robert Dahl se volcó a definir las posibilidades de la democracia como régimen político.

En una línea de análisis, quizá coincidente con la de Norberto Bobbio, centró su interés en los procedimientos y las reglas de que está hecho tal régimen.

La democracia es un sistema definido por unas reglas cuya vigencia entraña la posibilidad de perfeccionamiento. Son procedimientos y normas susceptibles de mejoramiento. Razón por la cual cabe determinar el marco y el alcance de tales reglas, como si se tratara de un “tipo – ideal” (a la manera de lo que señalaba Max Weber), para medir el hecho de qué tan democrática es una democracia. Qué cantidad y calidad de participación ciudadana posee. Qué tanto pluralismo contiene. Qué calidad en el debate y en la información admite.

En otras palabras: hasta dónde llega el cumplimiento de las reglas dentro de un sistema concreto, siempre pensando desde luego en que al ideal de la igualdad política entre individuos prometida por la democracia moderna, se acerquen las inciertas realidades de los países concretos, incluido el modelo de los Estados Unidos, tan dado a autoproclamarse como el referente ineludible del constitucionalismo liberal.

Esas reglas y procedimientos –o instituciones como las llama el propio Dahl- definitorias de una democracia ideal son:

“1. La participación efectiva, (pues) todos los miembros del demos deben tener oportunidades iguales y efectivas para hacer saber a los otros miembros sus puntos de vista (…).

2. La igualdad en la votación, (pues) cada miembro debe tener una oportunidad igual y efectiva de votar, y todos los votos deben ser contados por igual.

3. La adquisición de conocimiento esclarecido, (pues) cada miembro tendrá oportunidades iguales y electivas de aprender sobre políticas alternativas relevantes.

4. El control de la agenda, (pues) el demos tendrá la oportunidad exclusiva de decidir cómo (y si) sus miembros eligieron qué asuntos formarán parte de la agenda (…) Las políticas de la asociación siempre estarán abiertas al cambio por el demos.

5. La inclusión, (pues) cada miembro tendrá derecho a participar en el (voto efectivo); en la igualdad en la votación; en la búsqueda de un conocimiento ilustrado; y en el ejercicio del control sobre la agenda.

6. Los derechos fundamentales, (pues) la democracia consiste no solo en procesos políticos. También ella es un sistema de derechos fundamentales”.

Cuando Robert Dahl habla, como acaba de hacerlo, no solo de una participación eficaz e incluyente sino de un conocimiento esclarecido o iluminante como factor este último de la democracia, muy probablemente esté pensando en algo parecido a lo que ya Emile Durkheim anotaba en términos de una superioridad moral, mucho tiempo atrás:

“desde este punto de vista, la democracia nos aparece pues como la forma política por la que la sociedad llega a la más pura conciencia de sí misma. Un pueblo es tanto más democrático cuanto más considerable sea el papel que la deliberación, la reflexión, el espíritu crítico jueguen en la marcha de los asuntos públicos; y lo es tanto menos cuanto más preponderantes sean las inconciencias, las costumbres no confesadas, los sentimientos oscuros; en una palabra, los prejuicios que se sustraen al examen crítico (…)”. (Citado por Habermas en Teoría de la Acción Comunicativa, 1998).

Los obstáculos reales para una democracia ideal

En todo caso, el cumplimiento efectivo de esos procedimientos y reglas, define el horizonte para que cualquiera sociedad se sitúe en el camino que la lleve a colmar la brecha entre la realidad y el tipo ideal. Realidad histórica que podría entrañar la vigencia (más o menos consentida por las élites dominantes) de obstáculos, tales como diferentes desigualdades, asimetrías o retrasos en:

a. La distribución de recursos entre los miembros del Demos.
b. El control del tiempo para los asuntos públicos.
c. El tamaño de los sistemas políticos.
d. La preponderancia de las economías de mercado.
e. La existencia de organizaciones y estructuras internacionales, que pueden ser importantes pero no democráticas.
f. Las inevitables crisis severas.

La perfectibilidad de las democracias, dentro de ese horizonte de reglas básicas supondría, obligatoriamente, unos desarrollos (sin excluir las luchas y los movimientos de resistencia) tanto en el plano de la ampliación de las instituciones que facilitan la participación ciudadana como la transformación en las estructuras de asignación de los recursos.

Justicia social para una democracia más amplia

Es decir: no solo un reformismo político de carácter progresista sino un reformismo social de carácter distributivo; algo indispensable en los postulados de Robert Dahl, para quien el avance en la igualdad política, tenía como fundamento el progreso social en la línea conceptual de John Rawls acerca de la hipotética “posición original” en la que los asociados desconocen, como si estuvieran envueltos por un “velo de la ignorancia”, la situación de la que cada uno arranca dentro de la sociedad en materia de control de recursos.

En modo tal que cada uno pueda aceptar una redistribución de las cartas dentro de un juego más equitativo. Exactamente como si se tratara de un Contrato Social reeditado. Un contrato social en el que puedan aproximadamente materializarse los dos principios (o tres) presentados por el autor de la Teoría de la Justicia; a saber, que:

“Primero, cada persona tenga derecho igual a la libertad más extensa, compatible con la libertad similar de los otros. Segundo, las desigualdades sociales y económicas se ordenarán de tal forma que ambas, (a) de manera razonable sean de provecho para todos, y (b) que conlleven posiciones y cargos abiertos para todos”.

En resumen: instituciones políticas más participativas y más incluyentes; y además, una sociedad con mayor justicia social, es lo que ha propuesto Robert Dahl. Es la herencia última de sus análisis sobre la democracia, en el periplo intelectual que emprendió desde su teoría sobre La Poliarquía.

Algunos títulos de Robert Dahl:

¿Who governs?
La Poliarquía: participación y oposición
¿Es democrática la Constitución de los Estados Unidos?
La igualdad política
La democracia
¿Después de la Revolución?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s