Obama y Cuba: El fin tardío de la Guerra Fría en América Latina

Publicado: enero 19, 2015 en Uncategorized

obama-bloqueo-mapEn 1961, hace de ello 52 años, apenas dos después de que Fidel Castro y sus jóvenes barbudos entraran victoriosos a La Habana, los Estados Unidos ejecutaron una acción que determinó el sentido imperial de su intervencionismo en la Cuba castrista. No sin dejar, claro está, unas huellas que como los despojos de un combate en la playa marcaron las limitaciones que se alzaban frente a la razón imperial en el patio trasero.

Bahía Cochinos, el principio de todo fracaso

Con la ayuda de la CIA y la autorización (un tanto vacilante, hay que reconocerlo) del gobierno del presidente Kennedy, un grupo de exiliados cubanos quiso invadir la Isla para derrocar al régimen revolucionario. Fue un desembarco nada épico que se saldó con un fracaso total por el rechazo eficaz de el Ejército Rebelde y de los grupos organizados en apoyo a unas autoridades nuevas, que por cierto ya viraban intensamente hacia el comunismo.

Esta invasión a Bahía Cochinos en 1961 señalaba el punto alto de la voluntad norteamericana para atajar al régimen de Castro, pues podía incluir el atrevimiento de una ocupación militar. Aunque en este caso con la utilización de una fuerza interpuesta, la de los propios cubanos, enemigos de Fidel.

El desastre de la intentona militar puso de presente las dificultades insuperables con las que en adelante contaría la superpotencia del hemisferio occidental para modificar por la fuerza o por el chantaje la nueva ecuación del poder castrista, instalado a 90 millas de Miami.

El giro ideológico

Los hermanos Castro y los demás compañeros del movimiento “26 de julio”, ahora convertidos en guerrilleros que se hacían al control del Estado, habían procedido con rapidez, con brutalidad y con eficacia ideológica, a sentar las bases para reorganizar el Estado y la economía, bajo el control de un aparato partidista recién levantado. La implantación de un régimen con amplia capacidad de convocatoria popular y de resistencia ante cualquier agresión se hizo muy pronto una realidad.

Bahía Cochinos, y el bochornoso fracaso que significó, fue el campanazo que constató una realidad política inédita; la realidad de fracturas geoestratégicas propias de la Guerra Fría, aunque ahora surgidas dentro de la órbita geopolítica más inmediata de los Estados Unidos de América; mejor dicho, dentro de lo que la superpotencia consideraba como territorio perteneciente a sus fronteras intangibles. No era posible ignorarla pero tampoco borrarla.

Ante el desbarajuste ocasionado por la invasión de los cubanos del exilio y de la CIA, Kennedy dio marcha atrás de inmediato. No autorizó después acción alguna de alcance mayor.

El prejuicio como base de la diplomacia

Es cierto que no pasó a un compromiso mayor en la aventura de una invasión militar. Pero tampoco hizo más en algún sentido que pudiera reorientar pragmáticamente la coexistencia con la nueva realidad cubana. Ni esa Administración ni las otras que la sucedieron durante los cincuenta años siguientes, hicieron algo serio para cambiar el marco de unas relaciones signadas por la hostilidad bajo múltiples formas; dicho de otro modo, por el sostenimiento de un prejuicio anticomunista como el núcleo de una diplomacia confrontacionista con respecto a Cuba. Casi de guerra.

Claro está que al atribuir todas las decisiones del Imperio a un simple prejuicio ideológico, se incurre en la exageración. No todo se congeló al servicio de una idea preconcebida; -reforzada, dicho sea de paso, por los entronques de las administraciones estadounidenses con los cubanos de Miami-. Existieron razones estratégicas para las presiones norteamericanas por el cerrado acercamiento de Cuba con la Unión Soviética, superpotencia competidora. En efecto, no todo era prejuicio, pero casi.

Confrontaciones hubo de toda suerte. Y enfrentamientos entre Estados Unidos y Cuba en un escenario de lucha que cubrió al continente entero. En verdad, la mayoría de los choques terminó remitiéndose a las puras diferencias ideológicas, expresadas en discursos mutuos de exclusión sin dar lugar a la diplomacia que respeta la autonomía interna de cada Estado. Discursos sustentados en el argumento de que para EEUU era imposible tener vínculo alguno con un régimen dictatorial como lo era el de los Castro. No obstante, la potencia americana mantuvo relaciones con regímenes antidemocráticos, sin la observación de las más mínima coherencia. Era la fuerza inercial del prejuicio ideológico, el cual se prolongaba a sí mismo.

Digresión sobre la crisis de los misiles

Ahora bien, en lo que respecta a esas confrontaciones, no hay que olvidar el hecho de que solo dieciocho meses después de Bahía Cochinos, Cuba y Estados Unidos se vieron envueltos en la peor tensión que pudo existir entre ellos. Y que configuró la llamada crisis de los misiles. Una crisis que trajo un insospechado riesgo de desestabilización mundial. Por la inminencia de una invasión militar a la Isla y por el peligro de una guerra mundial en la que se podría activar el dispositivo nuclear de las dos superpotencias del mundo bipolar.

Pero precisamente porque era una crisis global, el juego de interacciones se remitía solo a Estados Unidos y a la Unión Soviética; y de ningún modo a la Cuba de Castro, la que en este nudo de tensiones en que se convirtió la crisis de los misiles soviéticos en El Caribe, vino a percatarse de golpe de que así como se cubría bajo el paraguas nuclear de la URSS, se convertía también en otra pieza del tablero en el que desplegaban su partida las dos superpotencias de entonces.

Una partida que en ese momento se resolvió con brillo entre los dos grandes jugadores, mediante el repliegue de fuerzas por parte de Nikita Kruchev, el jefe de Estado soviético; y por el ofrecimiento de parte de Kennedy, presidente americano, en el sentido de que no invadiría a Cuba; y todo ello finalmente sin que Fidel Castro fuera consultado y sin que sus intenciones manifiestas de retador que va hasta el límite fueran tenidas en cuenta.

No fue pues una partida en la que Cuba interviniera en el estricto sentido de la confrontación estratégica contra Estados Unidos. La escalada de tensiones tuvo lugar entre los dominadores pertenecientes ambos a las ligas mayores dentro del tétrico juego nuclear. Y, por cierto, el desescalamiento también fue de su exclusiva incumbencia.

Distensión global, tensiones hemisféricas

Como por ensalmo, después de que alcanzaran su pico las tensiones directas entre EEUU y la URSS, sobrevino un período de distensión que se amplió hasta cuando diez años después se iniciaron los tratados bilaterales para la limitación en el armamentismo nuclear.

Fue una distensión entre los dos dominadores del juego, que se extendió tal vez hasta la llegada de Reagan a la presidencia en Estados Unidos. Pero que no se correspondió en la misma proporción ni con el mismo tono con las relaciones asimétricas entre Estados Unidos y Cuba. En general, que no tuvo similitud alguna con las dispares y fragmentadas relaciones que se vivieron en el hemisferio occidental; en las que siempre estuvo Cuba como la manzana de la discordia.

Si globalmente una cierta distensión fluyó en la Guerra Fría, esta última por el contrario instaló su lógica más cruda en el continente americano. El meridiano de las disputas y las tensiones en el continente pasaba por la Cuba de Fidel Castro.

Estados Unidos de América rompió relaciones diplomáticas con la Isla y al mismo tiempo orquestó su expulsión de la OEA, entidad a la que por este motivo, Fidel con un manejo eficaz de la retórica política llamó desde entonces “el Ministerio yanqui de las colonias americanas”.

En los años siguientes brotaron, como hongos tras las lluvias de enero, los movimientos guerrilleros por casi todas la geografía agreste y socialmente desastrada de América Latina.

Un continente de guerrillas y dictaduras

Bajo el aliento de la Tricontinental de La Habana, una asamblea de fuerzas revolucionarias, tomó forma una especie de Internacional Latinoamericana de los grupos armados, inspirados en la gesta de la Sierra Maestra. Una especie de internacional de los focos armados. Los mismos que generalmente se reivindicaban como partidarios de la causa cubana.

En la trinchera de enfrente, uno a uno fueron cayendo como piezas de dominó los gobiernos civiles, sustituidos por regímenes militares. Sobre todo después del golpe de los generales en Brasil y de que tres años más tarde, en 1969, Nelson Rockefeller, el enviado especial del gobierno, recomendara a Nixon la aplicación generalizada de este modelo autoritario, recién estrenado.

Como un reguero de aceite hirviente se extendió por el subcontinente americano la doctrina de la Seguridad Nacional. A su cobijo, tomó impulso la estrategia continental de la lucha contra el enemigo interior; es decir, contra el foco subversivo en cada país; y de paso, contra el movimiento social y la protesta ciudadana.

De esa manera quedó alojada duraderamente la Guerra Fría en América Latina; todo ello en las condiciones de un desafío insurreccional, pero también bajo formas explícitas de un autoritarismo rampante por parte de gobiernos miliares o civiles.

El bloqueo

Sin embargo, el punto nodal por el que pasaban las tensiones fue siempre la Cuba de Castro, expresión simbólica del enemigo interno en cada nación latinoamericana. La pieza maestra de esa Guerra Fría, en términos de política exterior, no fue otra distinta que el bloqueo del que fue objeto esa misma Cuba por parte de la política internacional estadounidense. Una política que de hecho ya estaba anticipadamente derrotada desde el fiasco que sufrió en Bahía Cochinos, la potencia hemisférica.

Fue una derrota que desde luego no impidió la supervivencia de los prejuicios ideológicos como el sostén de un orden hemisférico. Se trató de un prejuicio que ahora ha sido vencido por las cambiantes circunstancias de América Latina frente a una Administración estadounidense que corre el riesgo de aislarse en forma creciente. Y, claro, también por las mutaciones demográficas que experimenta el exilio cubano en La Florida y que vienen acompañadas de ciertas transformaciones de mayor apertura en las percepciones sobre las relaciones que se puedan desarrollar con la Isla.

La decisión tomada por Obama el 17 de diciembre de 2014, al acordar con Raúl Castro la reanudación de las relaciones diplomáticas entre las dos naciones, no es otra cosa que el reconocimiento explícito del fracaso de una política internacional prejuiciosa desde el punto de vista ideológico. Un reconocimiento que pone punto final a una Guerra Fría ya desconectada del contexto mundial. Y que dará lugar a un hecho que se confirmará en el mediano plazo: la flexibilización de intercambios y la apertura traerán más beneficios al mercado y a los intereses de Estados Unidos que ese bloqueo de cincuenta años, que no echó abajo al régimen comunista pero en cambio llevó a dificultades indecibles al pueblo cubano.

Imagen tomada de:

http://fanalcubano.blogspot.com/2014/10/administracion-obama-recrudecio-la.html

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