Orden mundial: ¿Guerras inmanejables y crisis de la hegemonía “imperial”?

Publicado: febrero 13, 2015 en Uncategorized

El mundo de la Post-Guerra Fría ha sido pródigo en las desesperanzas que suceden a las ilusiones y en el desorden que lleva sin escalas al desconcierto.

Es un mundo que surgió después de la caída del Muro de Berlín; este último ahora con sus veinticinco añitos bien cumplidos de merecida muerte a punta de martillazos  de conciencia. Este derrumbe inducido, y el de la Unión Soviética, en realidad una implosión, fueron los dos acontecimientos que sirvieron de antesala para que el George Bush padre proclamara con ese talante risueñamente optimista de personaje de Hollywood: “el nuevo orden mundial ha nacido”. Como si de pronto el destino manifiesto se les hubiera metido luminoso en sus ranchos texanos.

En realidad, algo había muerto: el comunismo burocrático con sus aires eclesiales de totalizador ideológico. Un cuerpo pesado se había desfondado, dejando un enorme e inquietante agujero negro en la existencia del orden político de las naciones. En cambio, no era claro –no lo es aún- que otro mundo naciera. Al menos, no otro orden, en sentido estricto.

Para confirmarlo, bastaría con recordar el hecho de que la coalición militar que organizó el presidente George Bush en 1991, legitimada jurídica y políticamente hablando, y que se encaminó a expulsar al atrevido Sadam Hussein de las tierras de Kuwait, fue seguida pocos años después por otra campaña militar; pero esta vez invasiva; destinada a derrocar al propio Hussein. Todo ello ejecutado a impulsos de un objetivo que resultaba frívolo en labios de esos conservadores, de ánimo pendenciero y conquistador, encaramados en los puestos de comando durante la presidencia del nuevo Bush, una especie de delfín de ese republicanismo imperial en el que se había convertido de tiempo atrás el poder político en los Estados Unidos.

Al motivo infatuado –arrogancia evangelizadora- de llevar la democracia, e imponerla desde afuera, para justificar la invasión, agregaban sin rubor el pretexto –una simple mentira echada a volar por los vientos del planeta- de que se trataba de salvar al mundo de unas armas de destrucción masiva, atesoradas con celo por el dictador de Irak; armas aquellas que, diez años después de la ocupación militar, nadie ha encontrado.

La democracia portátil no ha llegado a los palacios de Bagdad con los tanques americanos; pero, en cambio, estos exacerbaron las luchas sectarias; además, provocaron como reacción el terrorismo; y alimentaron sobre todo el fundamentalismo religioso, efecto perverso de la ocupación extranjera y de los re – equilibrios de poder, forzados entre corrientes  islámicas enfrentadas.

Si la inicial coalición del primer Bush, hace 23 años insinuaba  el florecimiento de un orden internacional dotado de un nuevo sentido orientador y de un poder, quizá basado en la autoridad, la invasión militar ordenada por el segundo Bush, cuyo efecto no buscado es ahora el Estado Islámico, muestra al contrario el descuadernamiento de ese mismo orden mundial.

Este último se ha transfigurado en un “orden” anómico, desatendido de cualquier norma prevaleciente. Es decir, en lo contrario de un orden; una existencia social en la que coinciden muchos y variados actores; los mismos que no han logrado construir y generalizar un sentido normativo; y en el que por otra parte el poder político evidencia fallas y limitaciones en sus alcances de control y de dirección.

Acontecimientos traumáticos

Si la arrogancia política y la manipulación de la verdad desconfiguraban, en el caso de la ocupación de Irak, los trazos de un orden nuevo; los más recientes hechos no han tenido efecto distinto al de confirmar el desorden mundial y los vacíos en el liderazgo global.

Se trata de acontecimientos, algunos de ellos inesperados, en los cuales saltan a la vista los problemas no resueltos, legados por viejos imperios; y finalmente el agotamiento de ciertos modelos de desarrollo como el de los nacionalismos árabes, arrasados algunos de ellos por la movilización popular, sin que hayan sido sustituidos por algún estado de cosas nuevo, razonablemente aceptable; con excepción de Túnez, en donde todo empezó.

Cuatro o cinco conflictos, transformados en crisis profundas, vinieron a poner de presente la anomia aguda que padecen las relaciones internacionales. Las primaveras árabes, el Maidán y Crimea; Israel y Palestina; y, por último, el Estado Islámico, junto con Siria e Irak, han sido etiquetas que aparecieron con inquietante reiteración en las primeras planas de los medios de comunicación; expresiones que se instalaron en la conciencia de una opinión globalizada, en tanto episodios trágicos, asociados con descarrilamientos en la marcha de cualquier orden político; o ligados a disputas fuera de cualquier control que esté referido a un equilibrio de fuerzas acompañado de cierta legitimidad.

Frustración después de la primavera

Las Primaveras, con sus aromas metafóricos de florescencia, esparcidos en un amplio ámbito cultural y político, se frustraron muy pronto como la promesa que fueron acerca de una sociedad civil más autónoma y más vivamente plural. Se frustraron, disueltas en el caos y la incertidumbre, como en Libia; o abrieron el saco de los vientos incontrolables que terminaron dando vida a regímenes autoritarios, expresión de la toma permanente del espacio político por las fuerzas armadas, como un Egipto, que pudo ser una sociedad democrática con tendencias más o menos laicas y terminó en una crisis de bloqueo en el juego político, por la tensión entre las tendencias integristas y las inclinaciones represivas de las jerarquías militares. Ese bloqueo que surgió de la tensión entre esas fuerzas irreconciliables obturó el horizonte político para la transformación de la movilización de la sociedad civil en poder democrático.

Los castigos de Israel a Palestina

Por otra parte, el conflicto entre Israel y Palestina en vez de dar señas de algún arreglo pacífico, incluido el reconocimiento a un Estado pleno de derechos para el pueblo palestino, se hunde en el pantano sangriento de guerras intermitentes, en las que Israel bombardea sin misericordia a la población en la Franja de Gaza, al tiempo que realiza la cacería de los francotiradores de Hamas, dedicados a lanzar cohetes de explosión que a veces dan en algún blanco israelí, también civil; como forma de expresar dentro de una perspectiva terrorista la inconformidad con la vida insufrible a que es sometido su pueblo.

En el último ataque masivo de Israel (no hay necesidad de repetir el cuento sin nombre de los crímenes atroces que de parte y parte originan siempre el reinicio de esos castigos bélicos) durante el primer semestre de 2014, más de cuatrocientos niños cayeron inocentemente bajo las bombas israelíes, mientras un sinnúmero de edificaciones fueron destruidas. Será una razón para que en un futuro no lejano, dada la parálisis de las negociaciones, la población palestina termine por alzarse otra vez bajo alguna forma de Intifada; mientras el gobierno de derecha en Israel, prisionero de los grupos más fanáticos, avanza provocadoramente en los asentamientos para colonos dentro de las zonas reclamadas por los palestinos.

Ucrania y la secesión de Crimea

En el último año (2014), antes de que se repitiera el ciclo terrible e indecente de ataques entre el gobierno de Israel y el movimiento Hamas, otro foco de conflictos estalló de forma sorprendente en un horizonte geopolítico completamente distinto; esta vez, en Ucrania, país que fue miembro de la Unión Soviética y aliado muy cercano de la actual Rusia.

En diciembre de 2013, cuando el otoño daba paso al invierno y el tiempo comenzaba a congelar las palabras en el viento espeso, los gritos de los manifestantes por el contrario, rompían la atmósfera para irse lanza en ristre contra el régimen en funciones. Fue la acción que se conoció como el movimiento del Maidán, nombre originado en aquella plaza en la que un conjunto heteróclito de grupos opositores se rebeló sin tregua contra el gobierno de Janukovich, individuo proveniente del Este, muy cercano a la Rusia de Putin.

La caída de Janukovich, por efectos de la resistencia popular, desencadenó a su turno la oposición radical de la población rusa y de grupos afectos al gran vecino, allí donde aquella es mayoritaria en Ucrania. Sobre todo en la península de Crimea, en donde poco más del 80% es de ese origen etnolingüístico. La tensión surgida terminó, por la vía de un referéndum relámpago, en la separación de esta región –militarmente estratégica- y su incorporación a Rusia. Fue una operación en la que el gobierno ruso procedió al apoyo del proceso separatista mediante una resuelta presencia militar, lo que significó el peso de la fuerza en el desenlace final, como si se tratase de un regresivo ejercicio geoestratégico, mientras Europa y Estados Unidos contemplaban pasivamente el hecho.

La anexión de Crimea por Putin (aunque con el lógico apoyo de la población en Crimea) sacaba provecho del caos y la perplejidad reinantes en Kiev, la capital ucraniana. Sin embargo, el llamado “zarpazo” del nuevo Zar solo ponía de manifiesto la inconformidad y el rencor sordo que el régimen de Putin abrigaba de tiempo atrás contra el expansionismo diplomático-militar de los Estados Unidos por el flanco occidental de Rusia, nación esta que de ese modo se sentía crecientemente humillada.

La Guerra Civil en Siria

Entre tanto, de regreso al Medio Oriente, no queda más remedio que constatar el hecho de que en Siria la guerra civil se tornó interminable, si bien con ventajas militares y políticas para el régimen autoritario de Bachir Al-Assad. El cual pareciera consolidarse después de recuperar posiciones miliares en Aleppo y de que la oposición se fracturara, mientras contemplaba cómo se fortalecían dentro de ella las vertientes fundamentalistas agrupadas en Al Nusra, movimiento este cercano a esa constelación terrorista como ha sido Al Qaeda. Un movimiento mucho más perturbador en consecuencia que el propio régimen de Damasco; régimen blindado por el apoyo que le brinda en la región el Estado iraní; todo ello por motivos de afinidad religiosa, pues los alawitas en el poder en Siria, constituyen una minoría perteneciente al chiismo, el cual reina en la tierra de los Ayatolas.

El Estado Islámico o el Califato con implantación territorial

Pero más perturbadora aún resultó la irrupción en Irak del llamado Estado Islámico, con avances rápidos en la ocupación del territorio. Este grupo, del que muy pocos tenían noticia, surgió como expresión radicalizada del fundamentalismo salafita, para oponerse a los gobiernos de Irak y de Siria, en manos ambos de chiitas; y para resistir a la presencia de Estados Unidos y de Occidente en la región. Como una nueva manifestación de identidad y de presencia estratégica, procedieron sus militantes, a impulsos de las ambiciones de Al Baghdadi, su profeta particular, a decretar la fundación de un Califato, forma de gobierno religioso, de corte medieval, a fin de convertirse en un polo de atracción con una fuerza magnética especial para los inconformes sunitas.

Se trata de un grupo terrorista religioso que, a diferencia de otros, quiere mostrarse capaz de tener un control territorial, especie de zona liberada con sus propias leyes bárbaras; desde donde podría creíblemente alcanzar el poder en todo Irak o en la mayor parte de este.

Sus ejecuciones por degollamiento contra extranjeros no combatientes, realizadas directamente ante las cámaras de video, en una puesta en escena macabra, constituyen una simbolización sacrificial, especialmente salvaje porque es directa e inhumana, del predominio de la muerte sobre la vida, como forma de atraer a los que pueden asociar delirantemente la muerte del otro, no simplemente como la muerte del soldado al que se combate, sino más profundamente como la muerte del otro, en tanto civilización diferente. Lo cual es una forma terrorífica de afirmar que el propio imaginario religioso –el de los que ejecutan a los infieles- se reviste con la aureola del destinado por su propio dios a ser superior y dominador.

Los conflictos y la descomposición de los viejos imperios

Los conflictos, esos que provocan crisis incontrolables, situaciones con derivas en la conducta de los actores involucrados, constituyen los lastres de problemas no resueltos o mal resueltos. Son conflictos que brotan con las fuerzas centrífugas que acompañan la descomposición de viejos imperios. Surgen entonces las crisis de desvío en los comportamientos frente a las órbitas de conducta habituales, en los sistemas de poder en trance de cambiar.

Descomposiciones y recomposiciones de poder se suceden mientras se abre el margen turbulento para que decisiones arbitrarias tomen curso en medio de un entreveramiento de racionalidades fragmentadas; desplegadas por agentes siempre a la búsqueda contradictoria de mayor poder, mientras valorizan el recurso primitivo de la violencia.

A todo ello se ha sumado el agotamiento de algunos modelos de hegemonía política en ciertas zonas del mundo. Lo cual ha conducido a unas crisis en las que las conductas de los Estados o de los grupos se pueden entrecruzar de un modo oscuro e incomprensible.

Nacionalismos y primaveras en la incertidumbre

Con la derrota del Imperio Otomano, algunas zonas del Medio Oriente, fueron distribuidas al arbitrio de los poderes triunfantes; sobre todo al de Francia e Inglaterra, viejas potencias coloniales. En dicha repartición quedaron incluidos países como Siria y Líbano; por otra parte, la hachemita Jordania; y así mismo Irak; sin olvidar por supuesto a Palestina, la que como protectorado no llegó a convertirse jamás en un país con gobierno propio.

El tratado Sykes – Picot no fue otra cosa que la expresión diplomática de un reparto de influencias cuasi colonial, en cuyo trasfondo político se operaba el vertebramiento de las élites monárquicas internas con el respectivo poder colonial.

La crisis de legitimidad y de control de las monarquías feudales, por efecto del crecimiento del Estado y del mercado, fue un hecho que se sumó, ya pasada la segunda guerra mundial, al debilitamiento del colonialismo europeo. Por lo cual los países de la región, como Siria e Irak, vivieron en los años 50 y 60 del siglo XX, la experiencia de proyectos internos de construcción nacional, bajo el aliento de las élites militares, imbuidas por lo que desde 1952 se conoció como el nasserismo, especie de nacionalismo anticolonialista, mezclado con postulados de desarrollismo progresista y socialismo de Estado.

Las crisis actuales, manifiestas en la explosión de las primaveras árabes y su fracaso, o en la guerra en Siria, e incluso en el sectarismo violento en Irak (adobado con el fiasco de la intervención americana), han brotado como productos de la vieja dominación colonial, mal resuelta; así mismo que el agotamiento, sin alternativas, de los regímenes nacionalistas y progresistas que fallaron finalmente en la tentativa por modernizar algunas de estas naciones arabo-islámicas; tentativa lastrada por estructuras patrimoniales y clientelistas.

La captura de los Estados respectivos por clanes familiares de poder (los Hussein, los Assad, los Mubarak, los Gadafi) articulados a las redes de solidaridad empotradas en el aparato de las fuerzas armadas contaminaron el aliento histórico que por un momento pudo dar vida a una hegemonía de sentido desarrollista, incluyente e incluso relativamente secularizador.

El problema mayor está representado ahora por el hecho desalentador de que a esta crisis no alcanzó a oponérsele con suficiente fuerza una alternativa capaz de hacerse al poder político mientras se unía a una Sociedad Civil, ciertamente emergente, pero aún fragmentada, por desgracia.

La consecuencia ha sido el reflotamiento, desde el fondo sedimentado de una memoria trabajada en clave dogmática, resentimientos contra el dominador extranjero, contra las potencias viejas o nuevas, y el recrudecimiento de los atavismos religiosos, los mismos que ahora toman el curso insospechado de las luchas sectarias al interior del propio mundo islámico. Luchas que complican la fijación de parámetros para comprender los conflictos, puesto que se trata de disputas radicales al interior de la propia cultura islámica. No hay solo una radicalización contra las potencias que encarnan el mal. También hay una radicalización entre los integristas pertenecientes a las dos ramas principales del islamismo; un choque intra-civilización; algo que enrarece y hace tremendamente fluidas las líneas de fractura entre los bandos que intervienen en un conflicto.

El fantasma de la Guerra Fría

La caída de Janukovich fue el resultado de un movimiento heterogéneo de oposición que estalló como consecuencia de los propios vaivenes del gobierno en política internacional. Un gobierno vacilante, acosado por una frivolidad trágica, que lo hizo virar de las seducciones económicas de la Unión Europea a la presión rusa, no desprovista ella misma de una jugosa oferta económica; pero eso sí puesta muy presumiblemente sobre la mesa con una condición que destilaba veneno, la de que a cambio de un préstamo generoso (11.000 millones de euros) el gobierno ucraniano debía renunciar al inminente acuerdo comercial con la Unión de los 28.

Al desistir abruptamente de firmar el convenio con los europeos y aceptar al contrario la oferta del ruso Putin, el gobierno ucraniano de Janukovich no hizo una simple maniobra justificada por el pragmatismo que exigían las urgencias económicas de su país. Más allá de sus intenciones inmediatas, simplemente provocó una crisis de imposible manejo, por la oposición múltiple que despertó, animada por ese sentido de legitimación que da lo que podría denominarse genéricamente como la indignación nacional; aunque tras de ella se escondieran también propósitos aviesos alimentados por algunos grupos de extrema derecha.

Después de que el movimiento del Maidán obligara al Presidente a poner pies en polvorosa, y de que a renglón seguido se instalara un gobierno provisional, tuvo lugar el desencadenamiento de otra crisis; esta última con efectos más duraderos e inesperados. Una crisis acompañada con conductas de resistencia violenta, dirigidas en el sentido contrario.

Las regiones de población mayoritariamente rusa estimuladas por grupos de interés con fuertes nexos con la madre Rusia, procedieron casi de inmediato, con el apoyo del gobierno de Putin a levantarse contra las nuevas autoridades surgidas del movimiento de oposición anterior. Dos oposiciones a las autoridades nacionales se alternaban dentro de una polarización irracional y creciente que movilizó inmediatamente a las antiguas potencias, otrora dedicadas a disputarse el control de las zonas más estratégicas del mundo.

Sin un orden consecutivo estricto, una sucesión de hechos extraordinarios y traumáticos tuvo lugar. Ucrania perdió a la estratégica Crimea. Por otra lado, el conflicto armado se instaló en las regiones del Este, Lugansk y Donetsk, escenario fatídico del misil contra el vuelo comercial de la línea aérea malasia. Evento criminal este que ha caído en un limbo de acusaciones mutuas y de irresponsabilidad total.

Los Estados Unidos, secundados por la Unión Europea, determinaron diversas sanciones económicas contra Rusia. Así mismo, la OTAN decidió crear una fuerza militar especial, en condiciones de actuar rápidamente en el frente Este de Europa, en las propias fronteras con Rusia o muy cerca de ellas. Los ecos de la ya antigua Guerra Fría, la de las disputas entre dos superpotencias nucleares, resonaron en muchos oídos.

Parecía como si los dos polos de poder global entraran en un nuevo escenario de tensiones; pero ya no evidentemente por diferencias ideológicas sino por el motivo más químicamente puro de la contienda por dominios territoriales, en la lógica de un nuevo equilibrio de fuerzas.

Claro está que ahora no se trata de dos sistemas que se enfrentan por una hegemonía ideológica en el mundo. De hecho, no existen ya esas diferencias de esencia misional entre una Unión Soviética, perteneciente al pasado, y unos Estados Unidos, apertrechados en el discurso anticomunista frente a un rival de alcances globales.

La estrategia envolvente de la OTAN y el oso ruso que se sacude

La descaecida Rusia es más bien un polo de poder desigual: potencia regional en términos territoriales y militares desde el punto de vista convencional; y por otro lado, una superpotencia global en términos del arsenal nuclear.

El problema reside hoy en el hecho de que Rusia, sin ser ya una potencia económica y menos una superpotencia ideológica, capaz de atraer aliados y disciplinar adeptos, ve cómo lo que antiguamente fue un vasto y compacto imperio del cual ella era el pivote central, se ha disgregado en múltiples piezas; en cuyo interior las élites nuevas –en algunos casos claramente conservadoras y revanchistas o también liberales e incluso socialdemócratas, pero en todo caso recelosas de la presencia absorbente del vecino ruso- miran económica y políticamente hacia Europa occidental y en último caso hacia la protección que le puedan prestar los Estados Unidos de América.

En este contexto, la línea estratégica desplegada por la superpotencia americana ha sido la de extender la OTAN –alianza militar- hasta casi las fronteras de Rusia, cobijando toda la antigua área de influencia soviética representada en el Pacto de Varsovia e incluso la periferia estratégica de Rusia. Ha sido sin duda un movimiento envolvente de avance diplomático y geoestratégico frente a un país como Rusia; asimilado de esa manera a lo que sería una potencial amenaza militar.

La crisis política en Ucrania representó por los desajustes geopolíticos en la zona una suerte de ruptura en el equilibrio delicado de las alianzas y de las zonas de “protección” a las que la Rusia de Putin podría aspirar, según sus expectativas crecientes, nacidas de cierta recuperación, en tanto potencia regional con alguna capacidad de decisión internacional, de defensa, y de chantaje con relación a Europa.

Sin la cercana y extensa Ucrania, como aliado cercano, los rastros más significativos del antiguo imperio se borrarían y su condición de país influyente quedaría cuestionada. Por cierto, su sistema de defensa estratégico se fragilizaría con la debilidad de su presencia en el Mar Negro; en la eventualidad de una Crimea lejana o trasladada a otra órbita de control militar.

La separación de Crimea frente a Ucrania y la presión militar de Putin no son, en conjunto, más que la expresión crítica de esa tensión entre los avances geoestratégicos de Estados Unidos en Europa y las reacciones de preservación territorial en sus alrededores por parte de una Rusia con aspiraciones de recuperar su identidad como potencia, así fuere en una escala regional.

Ucrania simboliza, como la que más, el desgajamiento crítico de un imperio, que fue un bloque territorial. Y lo expresa sensiblemente por la relación históricamente estrecha entre Rusia y esa nación; aunque también por la barrera natural (no por razones orográficas pero sí por su extensión amortiguadora) que ha representado para Rusia en el frente occidental. Ahora bien, su crisis, la polarización de sus fuerzas, su inestabilidad política y su fragmentación geográfica, son todos ellos fenómenos que brotan en medio de una puja de poderes, de una rapiña de territorios entre potencias que más que a un regreso a la Guerra Fría, se parece a las disputas por el control sobre territorios, muy característicos de la era de los imperios coloniales. Es eso lo que se pone de manifiesto con la incorporación de la Península de Crimea a Rusia, realizada casi como una anexión (aunque, claro, con la participación de la población rusa en la región). Y, por otro lado, con la extensión, casi provocadora, de la alianza militar del Atlántico Norte hacia el frente oriental de Europa; pero sin incluir a Rusia; y más bien bloqueándola. ¡Nada pues que tuviese que ver con la idea de una “Casa común”; propuesta hecha hace algunos años; en la que por cierto estaría incluida Rusia, hasta Vladivostok, en los confines del oriente!

El contraste que ofrece la realidad material con esta imagen de la Casa común, prototipo del proyecto ilusorio, define la incapacidad de los actores internacionales por orientarse bajo las pautas de lo que sería un “nuevo orden internacional”. Pautas imposibles, cuyo vacío es llenado preferentemente por manifestaciones de fuerza, por imposiciones de potencia; algo que representa posiciones degradadas propias de un realismo ordinario, incapaz de proporcionar sentido al conjunto de las relaciones internacionales. Y, a menudo, incluso no tan eficaz como podrían esperar muchos de esos mismos actores.

Ineficacia y limitaciones en el poder tradicional

 El fin de la Unión Soviética- acontecimiento este con el que se clausuró tempranamente el siglo XX – arrastro consigo al sistema bipolar de equilibrios. Sobrevivió un solo centro de poder global: un imperio, a la vez tradicional, por la forma explícita y vulgar de intervenir en otros países, y moderno, por los fundamentos liberales de su arquitectura constitucional. Naturalmente, el asunto coincidió con un fenómeno alterno; a saber, la emergencia de otros poderes económicos; algunos que se consolidaban como Alemania y Japón; y otros que recién florecían, como la inatajable China, el nuevo coloso del siglo XXI.

Ahora bien, si se mira la formidable conjunción de recursos provenientes de todos los campos, de la que gozan los Estados Unidos, este país no deja de ser el único centro efectivo de poder, con posibilidades no solo de influencia sino de presencia en todo el orbe. Y lo es, paradójicamente hablando, en medio del descentramiento de poderes sociales, políticos, económicos e identitarios, en el mundo.

En otras palabras, ha quedado instalado un escenario en el que se da una configuración multipolar a la que, sin embargo, se superponen el sistema de un centro único de poder global. Si se quiere, multipolarismo y al mismo tiempo unipolarismo; del mismo modo como se superpone también un sistema de orden interestatal, con predominio de la razón de Estado; y uno de tipo multicéntrico, en el que intervienen además de los Estados una multitud de nuevos actores, según lo ha anotado con razón por James Rosenau, un autor de lectura ineludible.

El liderazgo de la súper- potencia

En tales condiciones, en donde aparecen nuevos actores y poderes, en las que al mismo tiempo caducan algunas lógicas como las de la fuerza en tanto razón de poder, sin desaparecer del todo, y en las que por tanto el clima se torna favorable para cierto desorden, cabría esperar el hecho de que los Estados Unidos jugaran un significativo papel de liderazgo en un mundo en transición.

Una transición desde la Guerra Fría y, por qué no, desde el propio sistema inter-estatal, hacia un nuevo orden internacional, quizá menos regido por el principio de la coerción y más guiado por la lógica de la interdependencia y la cooperación.

Se trataba de una transición en la que seguramente se impondrían con su presencia perturbadora los desajustes causados por el ocaso de un sistema de equilibrios, sin que aún se consolidara otro. Es decir, se trataba de un periodo, abierto a lo que el ya citado James Rosenau llamara en 1991 una zona de turbulencias; símil este que siendo importado desde la aeronáutica muy pronto fue confirmado en la realidad por la re-balkanización, precisamente los Balkanes. Estados Unidos, como país, no parece haber mostrado la pericia y tampoco la orientación adecuada para sortear las turbulencias. Más bien, ha hecho parte de ellas. Por momentos, esta súper- potencia ha inscrito sus conductas en las propias lógicas que provocan las turbulencias, las mismas que arremolinan con los desequilibrios.

Es verdad que en el 1991 el presidente Bush padre consiguió al amparo de Naciones Unidas organizar una coalición internacional para rechazar y castigar un hecho injusto; a saber, la invasión de Kuwait por Irak. Incluso, no hay que olvidar que Clinton  en 1993 logró que Rabin de Israel, y Arafat, de Palestina se estrecharan las manos promisoriamente; y además que en 1995 los actores enfrentados en una odiosa guerra sellaron  en los acuerdos de Dayton,  la paz para las naciones de lo que fue la antigua Yugoslavia.

Pero no menos cierto es el hecho de que en 2002, apenas una década después de que terminara la Guerra Fría, los Estados Unidos, con el ascenso de los neoconservadores al poder y frente al ataque horroroso y provocador de Al Qaeda, convocara sus demonios imperiales para reorientar su conducta internacional, reconvirtiéndose en invasor. Y al  mismo tiempo, re-situando explícitamente su línea de acción y su discurso en torno de la seguridad.

El mismo Estado, que representaba a la única potencia global, pasaba a ser parte del problema dentro de la transición, en vez de liderar la marcha hacia la solución.

Las invasiones militares en Afganistán e Irak hicieron militar a la súper potencia en los principios tradicionales de la coerción, la seguridad y la guerra, como razones principales en el orden internacional. Solo que además fueron acciones cuyo saldo final ha sido un fracaso, en lo fundamental.

Ahora bien, los seis años de gobierno bajo de la presidencia de Obama han representado evidentemente un giro manifiesto en el discurso, el mismo que ahora ha destacado los efectos balsámicos de la diplomacia como sustituto deseable de la guerra. Solo que sus intenciones iniciales de salir de Afganistán fueron contrarrestadas   muy pronto por la decisión de enviar treinta mil individuos más sobre el terreno. Y la disminución de la presencia militar en Irak ha coincidido desastrosamente con el crecimiento de un desafío como el que representa el Estado Islámico; desafío este que ha obligado a Obama a reiniciar una intervención militar; por lo pronto solo desde el aire. Pero por otro lado, no necesariamente eficaz, si se mide por las posibilidades reales que tiene la Administración  norteamericana para eliminar este nuevo foco de fundamentalismo religioso y militar.

Estados Unidos se deja arrastrar (o se quiere dejar arrastrar) por unas turbulencias en las que se impone la lógica tradicional de la seguridad y de la construcción de enemigos para diseñar una relaciones internacionales; aunque además lo haga no obligatoriamente de un modo eficaz. Participa de la lógica autoritaria y coercitiva dentro de los desequilibrios y turbulencias, pero sin la capacidad para salirse de ellos, y al parecer ni siquiera  con el poder y la voluntad para imponerse en los conflictos.

Israel, Siria, Irak y Crimea son hoy nombres que además de representar conflictos simbolizan la incapacidad estadounidense (o las limitaciones imperiales) para enderezar los conflictos en la vía de soluciones duraderas y legitimas.

Esas limitaciones en el liderazgo global se ponen en evidencia por el curso que toman los conflictos internacionales bajo esa modalidad que un hombre de prensa como Frank Hoffman ha denominado las guerras hibridas; yuxtaposición de guerras convencionales y guerras asimétricas; es decir, de guerras entre Estados, por un lado; y, por el otro, guerras entre Estados y grupos subversivos. Guerras todas ellas en las que se mezclan actores y combatientes, cualitativamente muy diferentes entre sí.

Son unas guerras de composición mixta y de alcances diversos, que vienen desde el terrorismo de Al Qaeda, global pero fragmentario, hasta la que libra con dominio territorial el Califato del Estado Islámico, pasando por separatismos y por distintas afirmaciones identitarias. Son guerras en la que la súper- potencia norteamericana parece no ubicarse adecuadamente. Más bien, exhibe las limitaciones de su poder, regresando a sus pulsiones violentas e imperiales pero sin la destreza para inducir la solución; algo que contribuye perversamente al desorden internacional; esa especie de orden desordenado que se agita a veces en el caos, sin fijar claramente un principio razonable de orientación.

Desorden indescifrable, sentido inubicable 

El actual es un mundo que emerge a los ojos de Richard Haas, avisado e influyente observador, como un conjunto de veras indescifrable. Un mundo -según sus palabras- en el que el poder de los Estados Unidos decae, cuando al mismo tiempo no surge un sucesor, presto a ocupar la cabina de mando.

En otras palabras, lo que flota como un fantasma es una crisis de hegemonía. En un doble sentido. En el sentido instrumental; esto es, en lo que tiene que ver con el poder coercitivo, el del despliegue efectivo de la razón de la fuerza frente aliados y enemigos. Y en el sentido gramsciano; es decir, el de la capacidad de dirección bajo los postulados de una cultura política que se apoye en la fuerza de la razón; y que así mismo opere bajo la influencia de unos principios y valores universables. Es algo parecido, aunque no exactamente igual, a una doble crisis, tanto en el  hard power como en el soft power; esa doble dimensión de la que con éxito ha hablado Joseph Nye; para significar las dos formas clásicas de dominación; la de la imposición por la fuerza y la de la seducción y el convencimiento.

La emergencia de nuevos poderes económicos, el poder creciente del Este asiático, y la lógica complicada de los conflictos con fundamentos identitarios y con una composición asimétrica, son todos ellos fenómenos que limitan la eficacia instrumental del poder “imperial” de los Estados Unidos de América.

Aunque también las limitan sus propias auto –imposiciones, como en el caso de Israel y Palestina. Allí la súper potencia se sitúa ella misma  en la perspectiva estratégica que le dicta su condición de aliado irrestricto de Israel, por lo que termina condicionada por este último y atada a sus intereses. De modo que, aspirando a ser árbitro y componedor, termina a menudo sin margen, pero también  sin voluntad para contribuir seriamente a la paz.

Comportamientos de esta naturaleza o conductas como la intervención en Irak y las violaciones a los derechos humanos como las que tuvieron lugar en la prisión de Abu Ghraib o como las terribles torturas ejecutadas por la CIA en su cruzada contra el terrorismo, y reveladas para pasmo del mundo en el informe de una comisión especial del Senado, son hechos que destruyen desde su propio interior los valores liberales, en los que constitucionalmente se apoya el régimen político de la súper- potencia.

La anterior es una razón poderosa por la que la hegemonía en el segundo sentido; esto es, en del liderazgo con base en principios y valores; también se vacía de contenido; además con otra consecuencia: la autodestrucción del poder simbólico de la democracia.

En esa crisis de hegemonía a nivel global (no total pero si seria), brotan o se reproducen espacios de conflictos, de guerra, de violencias múltiples, con actores en busca de hacerse a un equilibrio de fuerzas favorable o de construir atávica y excluyentemente sus identidades.

Una y otra búsqueda (la de la fuerza o la de la identidad) provocan espacios de conflictos que se desplazan, que a veces cambian de lugar en términos territoriales. No hacen más que expresar una crisis de sentido, como signo de los tiempos en el orden internacional. Una crisis sobre la que, con pertinencia, Zaki Laidi llamó la atención hace algunos años.

Mientras el sentido que proporcionaba las marcas de identidad de la Guerra Fría se desvanecen, el de la democracia, la paz y la cooperación, no se impone. El sentido  se extravía; la anomia y la inequidad rebrotan aquí o allá.

Publicado Originalmente: Revista de la fundación Foro Nacional por Colombia. Bogotá. D.C. Colombia. Edición 84 Diciembre de 2014

 

 

 

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comentarios
  1. Leonardo Velozza-Peñate dice:

    Muy buen ensayo profesor Ricardo; un lector cuidadoso de su texto no sólo queda bien informado sobre los hechos mundiales de actualidad sino que entiende el contexto construido desde hace ya mucho tiempo. Además he de resaltar el análisis e interpretación que hace de lo que le depara a la geopolítica mundial, con un gigante que se desborona y un reemplazo ausente, o que no ha retoñado.

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