Los 15 del Plan Colombia: Gastos y éxitos parciales, sin soluciones de fondo

Publicado: febrero 9, 2016 en Uncategorized

La ayuda y los 10.000 millones de dólares

La friolera de 10.000 millones de dólares –mal contados unos 30 millones de millones de pesos- ha sido el monto de los recursos financieros transferidos en 15 años por los Estados Unidos para combatir el negocio de la droga y para frenar a la subversión interna, particularmente a las FARC; guerrilla está implantada en las zonas rurales de colonización y en las cercanías a las áreas de los cultivos ilícitos.

Naturalmente, no han sido estos los únicos pesos invertidos para estos fines, digamos misionales. Del presupuesto nacional fueron erogados unos 130.000 millones de dólares durante los mismos 15 años, para una lucha en la que se cruzaban varias guerras: la guerra contra el narcotráfico, la que se desarrolla contra todo tipo de crimen organizado y la que enfrenta a la llamada insurgencia, empeñada en potenciarse para levantar un Ejército, capaz de poner en jaque al Estado.

Con todo, las acciones previstas en el Plan estaban recogidas bajo la presentación de una “cooperación internacional”, enteramente virtuosa y mediada por la generosidad; lo que ha hecho brotar el más rico florilegio  de exclamaciones laudatorias por parte de los interesados de lado y lado. En efecto, ha sido un esfuerzo de movilización de recursos, en los marcos de una verdadera alianza, apenas comparable con la que permite la asistencia de los Estados Unidos a países como Israel y Egipto, naciones estas situadas en una zona geoestratégica de primer orden.

Guerra solo en el lado de la oferta

La alianza entre los socios, con un poder muy desigual cada uno de ellos en el plano internacional, operaría en un campo de acción muy determinado, el del narcotráfico, tema éste que los  Estados Unidos han ubicado voluntariosamente en los marcos de su seguridad, dándole un alcance de guerra (y de guerra global). Solo que el teatro en donde se desplegaría el esfuerzo bélico  sería Colombia, nación cuyo territorio albergaba la producción y la oferta en el negocio de la droga.

El prohibicionismo, la represión y la ilegalización, como vectores de la política con la que Estados Unidos (principal país consumidor) enfrentaba el negocio, desplazaba las mayores tensiones del conflicto hacia el territorio en el que se organizaba la oferta, algo que quedó testimoniado en la violencia cruda de los años 80 y 90 del siglo XX; una violencia que se extendió como una mancha sangrienta en diversas ciudades y regiones del país.

Con el Plan Colombia, los dos aliados –el principal país productor y la principal nación consumidora- acordaban por fin la ayuda grande de esta última para paliar en Colombia los efectos de aquellas tensiones, mientras se dirigían, entre los dos socios desiguales, a debilitar los factores que las alimentaban. Eran factores tales como los cultivos ilícitos, el procesamiento en laboratorios y la organización en clanes y carteles del empresariado narco. De cualquier modo,  se trataba solo de debilitarlos, no de eliminarlos.

De esa manera, el Plan Colombia, y la alianza que lo respaldaba, una alianza mucho más amplia en la que se incluían otras ayudas, sofisticaba el esfuerzo para incrementar la eficacia en ese mismo combate; eso sí, sin apenas tocar el lado de la demanda. Por consiguiente, sin tocar la propia política de la ilegalización; que es la que en el fondo produce esas mismas tensiones y mantiene el negocio por el incentivo incontrolable de los rendimientos desproporcionados.

Un plan anti-subversivo

Montado el Plan, muy pronto se hizo fuerte en su ejecución el componente antisubversivo, algo apenas colateral en el diseño inicial; al menos, en apariencia, pues era de suponer que las guerrillas no eran más que un problema interno en Colombia, lejos de representar algún  riesgo para la seguridad de los Estados Unidos.

El despliegue militar contra los frentes subversivos fue inmenso, absorbió seguramente la mayor parte de los recursos para la Defensa, comprometidos en el Plan y en el presupuesto nacional, el cual contó con el rubro especial de un impuesto al patrimonio. Por lo demás, el sentido salvador que internamente se le imprimió a la acción del Estado contra las guerrillas, densificó el discurso de las élites, en los términos de la lucha contra el terrorismo; un mensaje por cierto repetitivo y simplificador, que ha dejado su marca de conservadurismo refractario a la paz, a las concesiones y al cambio, en buena parte de la opinión pública; quizá otra herencia del Plan y sobre todo de la “Seguridad Democratica”; legado este no muy vistoso pero, culturalmente hablando más problemático .

Las circunstancias en esta reorientación fueron, en primer término, la Guerra Preventiva de Bush y su cruzada contra el terrorismo después del golpe de Al Qaeda contra las Torres Gemelas de Manhattan; en segundo término, la Seguridad Democrática, con la que el gobierno de Uribe Vélez quiso frustrar  las pretensiones de las FARC de pasar a la fase de una guerra entre ejércitos. Por último, es muy seguro que en todo ello haya intervenido ese impulso subterráneo, esa lógica secreta pero ineludible, que empuja siempre a un conjunto de élites en el poder a decidirse por cerrar filas contra el enemigo político; ese mismo enemigo político al que identifican con una amenaza mortal que atenta contra la propia seguridad de quienes detentan el poder.

El plan, la seguridad y los retrocesos de la guerrilla

De ahí que finalmente aquello que destaquen los gobiernos de ambos países, con ecos de celebración, en estos 15 años, sean los retrocesos estratégicos de la guerrilla de las FARC, algo que vendría a ser el logro conseguido con los 10.000 millones de dólares obsequiados y con los 130.000 mil millones propios, los del presupuesto nacional.

El Plan y los avances del Estado

Y en efecto, incrementaron su poder las fuerzas armadas y vieron disminuir el suyo las FARC. El Plan Colombia fue oficializado en el 2001 y es evidente el hecho de que entre 2002 y 2008, con la ayuda de este Plan aunque no solo con él, sobrevino una modificación en la correlación de fuerzas dentro del conflicto armado interno; correlación que se alteró a favor del Estado.

La guerrilla ya no pudo cuajar el propósito de convertirse en un ejército, para mantener las líneas rojas de sus santuarios; en seguida, para movilizar contingentes grandes en el combate y finalmente para desplegar una guerra de posiciones. Por el contrario, el Estado modernizó técnicamente sus fuerzas militares; agrupó y sofisticó su inteligencia, multiplicó y  profesionalizó sus efectivos humanos; además, se dotó del armamento terrestre y aéreo, con el que incrementó su potencial de fuego y de movilidad.

Por lo demás, consiguió con sus brigadas nuevas y con su aviación, incluidas las flotillas de helicópteros, una presencia rápida y muy activa sobre el terreno; lo cual permitió a las fuerzas armadas retomar una iniciativa ya no solo estratégica sino táctica, algo que había abandonado parcialmente a la insurgencia. Así mismo, el  Estado reunió los recursos, materiales y “morales” (la voluntad), necesarios para ejercer una presión sostenida, dejando atrás el sistema de campañas militares de carácter cíclico.

Presión, presencia activa sobre el terreno, y un potencial de fuego arrasador con sus bombardeos aéreos: he ahí los factores que condujeron a una disminución de los efectivos armados en una guerrilla que de ese modo se vio obligada a un repliegue táctico. Pero esta vez, con repercusiones estructurales y estratégicas, pues así se vió obligada a reorganizarse en el formato de guerra de guerrillas, reincorporando la movilidad y la dispersión como parte esencial de su línea de acción. Aunque sin desvertebrar,  eso sí, sus bloques más importantes de coordinación para el combate y para la implantación territorial.

Por lo pronto, quede clara la influencia de la alianza con los Estados Unidos. Las comunicaciones ultrarefinadas,  la inteligencia militar y los bombardeos aéreos. Fue el énfasis puesto por dicha cooperación en estos factores, lo que pesó decisivamente en el retroceso estratégico y táctico de las FARC.

Una guerrilla que se recompone

Pero también aparecen indicios no menos nítidos en el sentido de que luego del año 2008, aún en los momentos en que ella recibía duros golpes con los bombardeos a sus campamentos, la guerrilla de las FARC pudo recomponerse, en medio de su repliegue. Mostró su capacidad de reclutamiento, capacidad con la cual compensaba las pérdidas sufridas. E incluso se dió el lujo de pasar poco a poco a una “guerra de hostigamientos”, desde la movilidad que le ofrecía el formato de la guerra de guerrillas; sobre todo en la franja suroccidental del país; incluidos el Putumayo, el Cauca y el Chocó.

Comenzó a ser tan efectivo el reacomodamiento de la guerrilla que para el 2009 se reveló como ilusoria la prédica (y la predicción) de algunos representantes del Estado sobre el “fin del fin” del conflicto.

La negociación

Golpeada pero no derrotada, la guerrilla ya no podía pensar, es cierto, en convertirse en un ejército para dar el salto a la fase de una guerra civil, aunque podía persistir como un factor de perturbación severo en el orden público, a lo largo de toda la geografía nacional. Es en tales condiciones de fuerza, en las que tanto el gobierno de Santos como la dirigencia insurgente abrieron la posibilidad de una negociación que, tres años después, comienza a llegar al punto de no retorno.

Si los insurgentes se decantaban por la solución negociada, empujados por las condiciones adversas de fuerza, la fracción de las élites políticas que llegó al gobierno con Juan Manuel Santos parecía inclinada al mismo tipo de solución, aupada por la conciencia de que, con todo, no podía derrotar a esa insurgencia, aunque la obligara a retroceder.

Por tales razones, no se corresponde con la realidad una secuencia de los acontecimientos que plantee las cosas bajo el siguiente orden o que así las deje ver implícitamente: 1) las FARC fueron derrotadas; 2) la negociación  surgió como consecuencia de dicha derrota; 3) el Plan Colombia triunfó en toda la línea.

Todo ello no deja de ser más que la simplificación retórica de lo que por otra parte es  un universo complejo de factores y de actores. Es la sustitución interesada de las condiciones del conflicto y de las crisis sociales, por su solución idealizada.

Entre tanto, el problema del narcotráfico, con esa cadena que va de la producción al consumo trascendiendo las fronteras nacionales, ha ganado mayor complejidad internacional; ha envuelto nuevas tensiones y traído más violencia; a pesar de que el propio Plan Colombia lograra la disminución de ciertos órdenes de magnitud de lo que el negocio representa en Colombia.

Ciertamente, las toneladas de producción de coca han disminuido a menos de la mitad en estos años; de unas 700 anuales el país pasó a 245. También, a punta de glifosato, las hectáreas de cultivos ilícitos cayeron de una manera sensible. Por otra parte, los carteles de la droga dejaron de ser tan concentrados y grandes como en los años 80 y 90.

Pero no es menos cierto el hecho de que el negocio sigue en pie. Las hectáreas sembradas han vuelto aumentar por encima de las 100 mil (en realidad, se contabilizan en 112.000), según lo reveló The Washington Post; y que hay multitud de clanes pequeños y de bandas criminales (Bacrim), que campean en las regiones; tal como lo mostró hace poco INDEPAZ.

Imagen tomada:

Imagen tomada:www.webinfomil.com

El reclamo por una nueva visión

En otras palabras, el problema no ha tenido una solución en Colombia; y ya se ha extendido y complicado a nivel internacional, tal como lo enseña el caso crítico de México; todo porque su doble causa continúa inalterada; a saber, la gran demanda de la droga; y la ilegalización y  represión como políticas, ya probadamente erróneas y fracasadas.

De eso, nadie habló naturalmente en la celebración de los 15 años; pero de ello tendrá que seguir hablándose en todos los escenarios nacionales e internacionales.

Seguramente una paz negociada tendrá (como ya los tiene) unos efectos mejores y más duraderos que los que ha tenido el Plan Colombia, por exitosos que estos hayan sido.

El problema va a residir en el hecho de que la paz negociada no esté acompañada por la solución real en lo que concierne al problema del narcotráfico; una solución que seguramente tendrá un carácter internacional y no se apoyará fundamentalmente en la ilegalización, en la prohibición y en la represión.

Un paz negociada será tanto menos traumática y tanto más eficaz, cuanto más rápida y ampliamente se aborde el problema de las drogas mediante una visión mucho más moderna que la que ha predominado hasta ahora.

Twitter: @rgarciaduarte

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comentarios
  1. william dice:

    Muy bien profesor Ricardo una mirada excelente de los acontecimientos y una buena pildora para la memoria.

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