Camilo: Mito, Rito y Sacrificio

Publicado: febrero 25, 2016 en Uncategorized

Han pasado 50 años desde la muerte del cura guerrillero, Camilo Torres Restrepo. Sobreviene el hecho en una emboscada casi anodina, Patio Cemento, un lugar de la cordillera santandereana.

Había en ese combate algo supremamente trivial y, a la vez, trágicamente grandioso. Era el final de una vida en la que se habían adivinado las marcas que trazaban un destino; y un destino que empujaba al sacrificio: como si el aura de un sino sacrificial la hubiera envuelto desde siempre.

El mismo era un oficiante de sacrificios. Se había decidido por el sacerdocio, después de ensayar con las leyes. Y ya se sabe: el poder eminente del sacerdote es el de ejercer y controlar el sacrificio religioso; ese sacrificio que reproduce la muerte de Jesucristo, quien al encuentro de la traición que lo acecha tiene que jugar el papel del inocente que se ofrece como víctima.

Imagen tomada: http://sanvicentedechucuri.com/

Imagen tomada:                                               http://sanvicentedechucuri.com/

Claro, es un sacrifico ritual, no materializado en una realidad, pues nadie en particular es inmolado. Solo se trata de una representación, la del pan y la del vino, en la misa. Eso sí, es un ejercicio profundamente simbólico, por la densidad del sentimiento que compromete, el de la fe; expresado por cierto en la liturgia de la eucaristía.

El sacerdote convoca a la divinidad, al consagrar ese pan y ese vino, para convertirlos en el cuerpo y la sangre del Cristo. Es la transubstanciación. Así, la divinidad vuelve a encarnarse, como lo hizo el hijo para salvar a la humanidad, disponiéndose siempre a ser inmolado por ésta. En dicha inmolación ritual, el sacerdote, quien es el oficiante del sacrificio, procede a consumir la representación de ese cuerpo y de esa sangre.

El sacrificio queda realizado al mismo tiempo mediante una consubstanciación. La sustancia  simbólica del Dios se transfiere al cuerpo del sacerdote, el cual queda así consubstanciado con la divinidad. Sucede como si el cuerpo del hijo de Dios fuera nuevamente sacrificado; pero al mismo tiempo consubstanciado en el cuerpo del invocante que lo incorpora, comiendo la carne y bebiendo la sangre. (La hostia y el vino)

Integrada la divinidad, míticamente encarnada, en la propia humanidad del oficiante, le comunica a éste –el sacerdote- cierta gracia en tanto salvador; y, al mismo tiempo, lo hace potencialmente sacrificable; como misionero que es en la salvación de otras almas. Tocado de divinidad, por la consubstanciación, el oficiante se hace así potencialmente víctima propiciatoria para salvar a otros.

El “hereje” perseguido y autoexcluido

Una vez ordenado Camilo Torres, poco a poco, toma el curso como teólogo. Una experiencia desde luego individual, no oficial. Se acerca a la sociología y a un marxismo básico (sin ser nunca él mismo marxista). Mezcla este conocimiento secular (científico- mundano) con las elaboraciones de los evangelios, muy seguramente las de Lucas y Mateo, en lo que concerniente a la reivindicación de los pobres.

Con lo cual, la prédica evangélica es transmutada, por este Camilo ya teólogo y sociólogo, en un programa, no pastoral, claramente revolucionario. La piedad cristiana, en la que se apoya la salvación del alma, queda así transformada en reivindicación de carácter social y en la urgencia de un cambio como salvación colectiva.

De este modo, su conciencia y su formación cognitiva pasan por el tamiz de una teología social y liberadora. Su conciencia entonces termina  por acompasarse con una voluntad más claramente política. En consecuencia, deja de ser en cierta forma  cristiano militante, al menos en la superficie; es decir, de ser ese cristiano al que San Pablo recomendaba doctrinariamente marginarse de los asuntos del Estado, mientras se concentraba en su comunicación con Dios. Ese cristiano que debía consagrarse a sus oficios y trabajos profesionales, mientras habitaba la comunidad que le servía a ese su Dios.

Camilo Torres quiere, por el contrario, ocuparse de la revolución; que es la verdadera forma de ocuparse de los asuntos públicos, los del Estado. Deja de ser teólogo, de ocuparse de los asuntos de Dios y de la salvación de las almas, para convertirse en un líder político; el que además se llena de la gracia mesiánica del revolucionario. Que se va a ocupar de la salvación terrenal de aquellos que son excluidos de la mesa en la que el rico del Nuevo Testamento celebra sus banquetes.

Convertido en el político que no quiere ya solamente conquistar un gobierno, sino arrebatar el poder para transformar la sociedad, se propone por entonces (cursa el año 1965) conformar un movimiento político, su Frente Unido.

Es un proyecto para el que va a recuperar paradójicamente  una técnica de raigambre muy cristiana; específicamente asociada con las prácticas de San Pablo. Cómo olvidar que éste formó las primeras comunidades mediante las enseñanzas teológicas transmitidas en sus Cartas: a los corintios, a los romanos… Bajo la misma técnica, Camilo inicia la serie de sus Mensajes: a los cristianos, a los comunistas, a los sindicalistas, a los estudiantes…

Precisamente, en el primero de ellos, se dirige a los cristianos apoyándose en su mezcla de doctrina religiosa y de ciencia social, que es su razonamiento teológico. Es el discurso con el que quiere regresar al germen; a la fuente evangélica; para una reivindicación revolucionaria de los desposeídos: si los cristianos quieren vivir de conformidad con sus valores esenciales, esos que descansan en la raíz, no tienen otra alternativa distinta a enderezar sus conductas por el sendero de un cambio revolucionario. ¡Toda una herejía o casi!

Al menos, así lo aprecian unas jerarquías eclesiales particularmente conservadoras. Por algo, el cardenal, quien ostenta la máxima autoridad, es el hijo de uno de los presidentes de la penúltima hegemonía conservadora: no muy lejos entonces de la versión actualizada de los jueces del sanedrín y del fariseísmo en los tiempos remotos.

No sorprende entonces que los escarceos teológicos de Camilo, con su reorientación de las fuentes evangélicas, sean rechazados por esa misma jerarquía católica; depositaria entonces del canon y del dogma. Fuera de cuyas fronteras va a empujar al  sacerdote desviado. El cual finalmente se ve separado de la condición suprema de oficiante del sacrificio y del rito.

Bloqueado eclesial y litúrgicamente; el cura Camilo, al mismo tiempo, se siente amenazado por un régimen político que ya para ese momento había estrenado la alternancia obligatoria del poder entre las élites liberales y conservadoras; algo que no dejaba de ser pensado, como una forma institucionalizada de exclusión, por los que comenzaban a militar en las fuerzas del cambio.

Mientras enarbola su teología social y se siente cercado, el sacerdote en fuga de los cánones tradicionales y conservadores, se radicaliza por su propia cuenta, desde el punto de vista de la acción política. De ese modo rompe con las instituciones.  Emprende su Viaje, ese viaje para el que despega todo aquel que se siente llamado por un destino superior. En este caso, es el viaje a la clandestinidad y a las montañas; al monte se decía en esos tiempos y se sigue diciendo ahora. Ingresa a una guerrilla – el ELN- de estructuras precarias y mal dirigida.

El “viaje” del héroe sin regreso

Es el Viaje, arrebatado y duro, del héroe; un viaje mítico del que debería regresar para liberar a la nación; para salvarla; tal como Joseph Campbell sitúa este tipo de eventos en las  leyendas de diversas culturas.

Construyéndose como potencial héroe, con su viaje al monte, también se configura él mismo como zelote, el mismo que hace daño a otros con tal de golpear al orden injusto; sujeto armado y sedicioso. “Terrorista” y “bandido”; político, desde luego; pero bandido al fin y al cabo; capaz de despojar a otros de los bienes y de la vida; capaz de victimizar. Claro está que es también un elemento, en disposición de sufrir él mismo despojos y de ver cómo le arrebatan la vida; es decir, de ser víctima.

Ya sin poder celebrar sacrificios rituales (la liturgia de la misa); se convierte en un cura guerrillero; héroe y bandido, a la vez; víctima y victimario; cordero y verdugo: la perfecta ambivalencia, para ser él mismo objeto de sacrificio; como si se tratara de aquellos seres, atávicamente destinados a la inmolación por parte del grupo.

Y que, según los descubrimientos antropológicos de Hubert y Mauss, tienen algo de sagrado. Solo que pierden esta condición si no son sacrificados. Tienen que serlo para ver revalidada su condición de sujetos sagrados.

Sin la muerte, el sacerdote en armas, iba a conservar su lado oscuro, el de “bandido y sedicioso”; así fuera un bandido social y religioso. La muerte, por el contrario, validaría su dimensión sagrada, su destino heroico.

En el “monte”, desde donde se iniciaría el camino del regreso mítico para la salvación colectiva, Camilo participa en el primer combate con la simple dotación de una pistola. En el fragor  cae herido alguien del bando contrario, un soldado. El cura guerrillero se incorpora entre los abrojos de la montaña. Y avanza al pequeño descampado en el bosque. Como bandido y guerrero, tiene que rematar al enemigo herido y arrebatarle el fusil para convertirlo en botín de guerra. Sin embargo, duda, no parece resuelto, quizá por dentro resuena el llamado de la otra dimensión, el del inocente, no ya el del victimario. En el instante de la vacilación, estando de pie, es abatido, por los disparos de otro soldado, de otro victimario. Ha ofrecido el blanco preciso.

En ese mismo instante de la existencia, se convirtió en víctima propiciatoria del sacrificio. Solo que se trató no de un sacrificio meramente ritual. Los sacrificios puramente rituales, violentos ellos solo en el lenguaje simbólico, sirven para espantar los juegos reales de la violencia y para aligerar catárticamente la conciencia.

Para eso son útiles los chivos expiatorios de los sacrificios rituales: alejan las guerras y alivian las culpas. Por lo menos eso fue lo que enseñó Rene Girard, con toda su erudición.  Fue, por desgracia, un sacrificio real, no meramente ritual, incapaz de espantar por sí mismo la violencia y de tranquilizar la conciencia de la sociedad.

Sacrificado Camilo, ya no pudo ser el héroe que regresaría triunfante para la salvación de su pueblo. Muerto, pasó a adquirir cierta estatura de mito popular al lado del Che Guevara. Un mito, eso sí, que no alcanzó a galvanizar sentimientos reales para un cambio social. Solo queda la posibilidad ahora de que la memoria colectiva resignifique este mito, en función de una redención social, sí; pero en los términos de una paz negociada.  

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