¿El Brexit o las alas rotas del sueño europeo?

Publicado: junio 22, 2016 en Uncategorized

La Unión Europea, comunidad económica, cultural, social y multilingüística, conformada por 28 países, ya lastrada es cierto por la recesión, enfrenta un reto mayor que sacude los cimientos de su existencia. Que pone en vilo la razón de su proyecto globalizador, multinacional y democrático; alternativo por supuesto al estado de guerras cíclicas, que han desgarrado este continente de imperios, conquistas y luchas religiosas.

Y todo por los riesgos que comporta el referendo de mañana 23 de junio, en el caso de que ganara el Brexit, injerto éste de eficacia mediática en el que se fusionan las palabras Britain (Gran Bretaña) y Exit (salida), para indicar con ello la decisión que podrían tomar por mayoría los ciudadanos del Reino Unido. Una decisión que podría significar la cancelación de su pertenencia a la Unión Europea. Lo cual vendría a representar un verdadero efecto de fuga con respecto a la idea de una Europa integrada, como un espacio económico común; a la espera de que más tarde se plasmase en un bloque político.

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 “Remain” or “leave”: Permanecer o irse

Las apuestas del electorado parecen dividir a ese Reino “Unido”, en dos mitades claramente excluyentes. Están los que acompañan el eslogan del “remain”, que quiere decir permanecer en la Unión Europea; y los que apoyan el “leave”; esto es, los que desean “irse”, de esa que es la más paradigmática de las uniones transnacionales del mundo posterior a las guerras mundiales; y que en buena parte están mas asociados con el conservatismo en política y el neo-liberalismo en economía.

Ahora bien, si los electores jóvenes no salen a votar y si algo parecido llegare a acontecer con la franja más izquierdista del laborismo, todavía dubitativa ante los llamados poco entusiastas en favor del remain, proferidos por su jefe Jeremy Corbyn, muy seguramente se impondría en las urnas el, para muchos, fatídico “no” a la Unión Europea. Un “no” que, por otra parte, alentaría las tendencias nacionalistas y demagógicas de los populismos de extrema derecha, a los que la crisis y la migración han puesto en alza tanto en Austria como en Francia, Hungría, Italia, y la propia Inglaterra, en la que Nigel Farage, el líder del Partido por la Independencia del Reino Unido, el UKIP, funge como uno de los más activos jefes de la campaña por el leave.

 Los efectos negativos para todos

 En un eventual abandono de los británicos, interviene un juego de dificultades, en dos planos. De una parte, el plano inmediato y coyuntural. De otra parte, el histórico; el del proyecto y los sueños.

 En el primer plano, el de la coyuntura, ambas partes, tanto los países continentales de Europa como la Gran Bretaña, sufrirán en el horizonte inmediato un menoscabo ostensible en los campos comercial y financiero. Por los desajustes que sufra el entramado de los acuerdos y las reglamentaciones, países como Francia, España e Italia verán probablemente retardada su débil recuperación, frente al ciclo recesivo, con los consabidos efectos negativos en un desempleo, ya muy duro de remover. Un freno al crecimiento al que no escaparía la propia Gran Bretaña, a la que el Fondo Monetario Internacional le augura la disminución de por lo menos un punto porcentual en el PIB.

 A su turno, Inglaterra, en especial la City, en Londres, podría verse afectada sensiblemente por causa de la marcha de algunos de los negocios bancarios con sus correspondientes sedes, que preferirían radicarse en centros más integrados como Frankfurt, en Alemania; o incluso como París y su distrito financiero de La Defense, ansioso naturalmente por acoger dichos negocios.

Y eso que no contamos, en este insuceso, con la previsible terminación  de las ayudas europeas al país de Gales y a Escocia, naciones estas muy proclives a quedarse con los beneficios de la integración europea; por lo que la frustración en este terreno las llevaría a reavivar sus ímpetus independentistas.

Presupuestalmente hablando, el temido Brexit dejaría a la Unión Europea sin los 8 mil o 9 mil millones de euros que anualmente aporta la Gran Bretaña, algo que a la inversa representaría un ahorro para esta última; una ganancia que reclaman a grito herido los partidarios del leave; como un ahorro neto para sus finanzas públicas.

Solo que los otros países, que pasarían a ser sus ex–socios, con Francia a la cabeza, reclamarían el divorcio completo y rápido, por lo que exigirían a los británicos el cumplimiento (como a Noruega, por ejemplo) de la cláusula sobre acuerdos bilaterales; en el sentido de que si quiere comerciar con la Unión Europea deberá hacer una contribución presupuestal; la que en este caso  ascendería a unos 6 mil millones de euros.

Resulta claro el hecho de que los beneficios británicos no aparecen con tanta claridad en el horizonte. Y mientras tanto el bloque europeo padecerá evidentemente por los desacoples comerciales que sobrevendrán con el divorcio provocado por la salida de un Estado que representa la segunda economía de esa región, un mercado de muy amplia proyección.

Se trata, no lo olvidemos, del divorcio con un Estado–Nación, la Gran Bretaña, que por su peso económico es una de las partes fundamentales del trípode sobre el que se apoya ese mercado inmenso; es decir, ese triángulo de poder, constituido por Alemania, Francia e Inglaterra; locomotora por cierto de todo el bloque económico, el mismo que comenzara como un mercado común en 1957; precisamente sin Inglaterra; país receloso desde entonces.

 El eje de la Paz

 El daño más grave podría instalarse, sin embargo, no en la coyuntura, corregible con futuros y necesarios acuerdos, sino en el plano histórico, en el de la suerte que corre el proyecto. Ese proyecto que en opinión de sus inspiradores, Robert Schuman y Jean Monet, debía descansar en  la paz; la prosperidad, asociada con la integración; y la libertad, vinculada con la democracia y los derechos.

 Ha sido un sueño que se apoya en dos encuentros, a partir del desencuentro previo; en dos alianzas simultáneas, construidas desde las fracturas históricas y las enemistades fatigantes y devastadoras.

 El primer “encuentro” ha sido protagonizado, durante los últimos 50 años, por el acercamiento duradero entre Francia y Alemania, vecinos pero enemigos durante siglos. Es el acercamiento que simboliza la paz  en el proyecto; revalidado por cierto hace más de dos décadas, mediante el impactante lenguaje de los símbolos y de la emoción. En la memoria colectiva quedó impreso el gesto varonil y fraterno entre Francois Miterrand y Helmut Kohl, sus manos entrelazadas y la  mirada en el horizonte, en aquellos escenarios, que otrora fueran campos de batalla.

 La articulación entre el Estado y el mercado, bajo el Espacio Común

 El otro acercamiento es el operado entre dos modelos distintos de construcción social; dos modelos de articulación interna entre el Estado y el mercado. Se trata de la alianza entre el modelo predominantemente “estatalista”  de Francia y Alemania (naturalmente con diferencias entre ambos) y el modelo, representado por Inglaterra, más afincado en el mercado y en la sociedad civil; es decir, el del “Individualismo posesivo”, según la denominación acuñada por C.B. Macpherson.

 El eje París–Berlín parece garantizar duraderamente la primera alianza,  la de la paz entre los feroces enemigos de antaño. Al contrario, los impulsos centrífugos de la mitad del electorado británico, el que se quiere ir, ponen en entredicho la ya difícil integración entre las dos tradiciones socio-culturales y políticas; la del estatalismo, por un lado; y por el otro, la del liberalismo que se apoya en la propiedad, digamos el conservadurista. Es decir, entre la opción continental y la isleña; entre la de Rosseau y la de Locke, si quisiéramos cifrarla en clave de filosofía política.

 La Unión Europea, en tanto proyecto cosmopolita, brindaba el techo común, la casa compartida, de la integración entre ambos modelos; de modo que el Estado pudiera comprometerse con el cuidado de los equilibrios sociales; mientras el mercado por otro lado permitiese la libre competencia.

 El Brexit (la eventual salida de los británicos), de materializarse en el referéndum del 23 de junio, inoportunamente convocado por el primer ministro David Cameron, consolidaría la ruptura entre esos dos modelos de Estado.

 Naturalmente, las tendencias internas en la Gran Bretaña, inclinadas a la social-democracia y a la preservación de los derechos sociales, pueden finalmente hacer sentir su peso y preservar el avance hacia una Europa, no solo de las libertades, sino de la justicia social.

 

 

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comentarios
  1. Jcruz dice:

    Tras la decisión tomada por el pueblo y una porción de votantes que no creerían que su voto fuera decisorio, solo resta observar la magnitud social y económica de su impacto. Pero más allá de ello, y como lo haría un ilustrado en la materia, encontrar la falla estructural que ha desembocado en la duda de una integración exitosa en el largo plazo. ¿Serán las metas fiscales, políticas laborales y pensionales, que no llegarán a ser armoniosas por el simple hecho de no ser una economía única que pueda verse bajo un solo lente?

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