Y coronaron el adiós a la Guerra

Publicado: junio 24, 2016 en Política

A Reinaldo Gary- In memoriam

Juan Manuel Santos, el presidente; y Timochenko, el jefe de las FARC, han alcanzado un punto muy alto en lo que era una apuesta decisiva en el terreno político y un imperativo en el terreno ético y humanitario.

Se han salido con la suya. Después de mucho bregar, a través de sus hiper-meritorios negociadores, han casi rematado la faena, con el acuerdo sellado ayer 23 de junio en una Habana de brisas venturosas, que los ha sabido acoger en los jardines de El Laguito, desde hace más de 3 años.

Imagen tomada: www.bbc.com

Imagen tomada: http://www.bbc.com

Han firmado el cese bilateral y definitivo del fuego, lo mismo que de las hostilidades, uno de los componentes claves de la negociación entre los actores de una guerra interna.

El fin efectivo del conflicto armado

Se trata, ni más ni menos, del freno permanente a la guerra. De su terminación material. Es la tregua ampliada y potenciada; la que siendo definitiva, deja de ser tregua; se convierte en su contrario. Sin ser ya parte de la guerra; comienza a ser el sustituto de la confrontación bélica.

Surge, de facto, como el comienzo sólido de la paz, un evento que no es despreciable, en un país de guerras y violencias sucesivas, aunque casi todas ellas hayan sido inútiles.

En realidad, es un hecho histórico ( no es hipérbole), por todo lo que ello entraña como cambio de una “situación dada”; una situación que incluye un contexto y un orden de conductas; además, estructurada de un modo duradero y estable.

Era el “orden” de la acción armada, con raíces sociales y aspiraciones políticas. Originada, oigámoslo bien, en 1949, en las planicies del sur del Tolima, en Chaparral, justo antes de trepar a la cordillera; tal como lo ha documentado con detalle el historiador Medófilo Medina. Y después multiplicada en los nudos montañosos del Sumapaz y del Tequendama, las regiones agrestes y agraristas de Cundinamarca.

Vaya con esa guerra (y con esa guerrilla) tan irredimiblemente longevas: con sus altibajos y paréntesis, patentaron una existencia de 67 años; por poco se convierten en septuagenarias.

Una guerra (y una guerrilla), cuya existencia transitó por distintos contextos sociales. Y en todos ellos logró llenarse de algún motivo para persistir; consiguió dotarse de alguna justificación. Por lo  demás, pudo crecer y robustecerse en su potencial ofensivo. Aunque también experimentó el acoso y llegó a recibir no pocos golpes demoledores del Estado.

Ha sido una guerra (y una guerrilla), que primero recibió el aliento de las reivindicaciones campesinas; que también recibió el oxígeno de la resistencia remota contra los autoritarismos de Laureano Gómez y Rojas Pinilla. Y que desde 1964 se nutrió de las utopías históricas y de las narrativas de una revolución que, finalmente, quedó afectada por unas fijaciones ideológicas, más tarde herrumbrosas y deshumanizadas. Lo cual terminó por corroer tanto las representaciones éticas del propio insurgente que las hizo irreconocibles.

La razón política y las lógicas del poder

Ahora bien, es esa guerra prolongada, en tanto medio para hacer valer los intereses sociales y los programas ideológicos, la que en cierto modo toca a su fin. Este silenciamiento de los fusiles, que precede a la paz definitiva, nace de la lógica misma del conflicto armado; de esa guerra asimétrica que enfrentaba a dos enemigos mortales.

Ellos han llegado al principio de la paz, y al fin de la guerra, porque, en primer lugar, su correlación de fuerzas permitía, es cierto, golpear al otro; incluso, golpearlo acerbamente; pero no vencerlo; al menos, no derrotarlo en el corto plazo, ni siquiera en el mediano.

Con razón, Timochenko, el sucesor de Alfonso Cano en la jefatura del secretariado, se las arregló para proclamar durante su discurso en el sobrio salón de los protocolos de la capital cubana el hecho de que su organización  no era una guerrilla que estuviera allí como un disimulado gesto de claudicación. Fue una circunstancia que ratificó al recordar ante el auditorio que “ni el Estado ni las FARC eran fuerzas vencidas

En segundo lugar, se llega a las puertas de la paz porque pese a todo se estaba ante un conflicto orientado por la razón política. Tanto el Estado como la guerrilla comunista mantuvieron siempre el horizonte de la acción política, por muy difusa que a veces esta fuese, como cuando las prácticas y las técnicas de la existencia colectiva degradaban los alcances del proyecto de cada uno de los actores enfrentados, sobre todo las que realizaba  la organización armada. Si los falsos positivos ilustraban estas prácticas desde el Estado, el secuestro y las cárceles en la selva lo hacían horrriblemente desde el lado de los insurrectos.

Ya se sabe: el horizonte político hace intervenir la lógica del poder. O al revés, da lo mismo. La lógica política hace de la guerra un estado de cosas que se prolonga en la paz, del mismo modo como esta última se prolonga en la primera; eso sí, solo si tanto la una como la otra; la guerra como la paz; son empujadas por las lógicas del poder; por los intereses, las estrategias y las representaciones de este último.

La paz como prolongación de la guerra

El conflicto armado- esa guerra interna lastrada por violencias innobles y desastrada por la victimización de miles de pobladores y ciudadanos- alojaba en su interior la razón política. Por dicha condición, fue finalmente posible hacer que mutara hacia la paz, su opuesto, pero también su prolongación natural.

El nudo a través del cual la línea de la guerra se transforma en la de la política, pero sin el uso de  los medios violentos, se comenzó a trenzar ayer 23 de junio con el acuerdo sellado y rubricado en La Habana por los delegados Humberto de la Calle e Iván Márquez, a la vista de los seis presidentes de la región asistentes al acto y de los altos dignatarios de las organizaciones transnacionales presentes.

Es en ese sentido fuerte, sociológicamente hablando, en el que se ha comenzado a transformar una situación en otra; la guerra en la paz.

Es en ese mismo sentido entonces en el que Timochenko, el comandante de las FARC, postuló con claridad el hecho de que esta organización seguiría “haciendo política, pero sin el uso de las armas

Y es en esa dirección, por último, en la que el presidente Juan Manuel Santos suscribió el muy volteriano y muy liberal aserto de que sin estar de acuerdo con las FARC, “se comprometía a defender el derecho de estas a expresar sus ideas y a luchar por su programa”, algo que sin duda era un acto de fe en el Estado de Derecho y en la democracia.

El cese al fuego definitivo, como antesala de la paz, es la confirmación por fin del imperio de la política sobre la violencia. Que es la otra forma de hablar de la sustitución de la guerra por la paz; la que al mismo tiempo comienza a surgir en Colombia, como el imperativo moral contra una guerra, que contribuyó a activar las mil violencias que en 50 años dejaron más de 200 mil muertos; de 40 mil desaparecidos; de 25 mil secuestrados; y de 6 millones de desplazados.

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