¿El Plebiscito o la ola por la paz?

Publicado: julio 21, 2016 en Política

Ha impartido la Constitucional su bendición de exequibilidad al plebiscito impulsado por el Gobierno de Santos y finalmente aceptado por las FARC. Con lo cual se ha levantado el telón para la refrendación masiva del Acuerdo de Paz que se concluya en la Habana.

Licencia jurídica para una decisión de alta política

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Imagen tomada: http://www.semana.com

Se trata de un acontecimiento de naturaleza eminentemente política, en el que la voluntad de poder, descompuesta antes en una guerra irregular de desafíos a la legitimidad del otro, se recompone en la forma de un nuevo consenso, bajo el reconocimiento del Estado de Derecho, fundamento común para las disputas por la hegemonía social y cultural, entre proyectos políticos opuestos.

Con el Acuerdo quedan replanteados los términos para las disputas por esas hegemonías internas, bajo un pacto de legitimidad renovada del Estado. Un pacto al que ingresan los que estaban por fuera; esas guerrillas que impugnaban el orden existente, pero cuya legitimidad ahora aceptan, al tiempo que la enriquecen. En otras palabras, reconociendo el orden constitucional y político, consiguen que este sea más amplio, más incluyente, con lo que el régimen se robustece, en tanto sistema aceptado; no solo al ser reconocido por sus nuevos inquilinos, sino porque se vuelve menos injusto, en razón de las concesiones hechas por el propio Estado, en materias de reformas.

Así, el pacto que sostiene el orden político deviene más representativo, porque la insurgencia, recogiéndose a su cobijo, renuncia al matrimonio de las armas con la política, mientras el Estado se compromete con políticas que erradiquen parcialmente las exclusiones de todo tipo, esas mismas que eran el motivo para justificar la insurgencia.

Paz y democracia ampliada

Es un Acuerdo que, en el fondo, revalida las pautas democráticas para la competencia por el poder, al tiempo que introduce algunas enmiendas sociales, en uno de los países más infamemente inequitativos del planeta. Todo ello en medio de un intercambio de concesiones, del que debería seguirse una relegitimación del Estado; no de cada gobierno, sino de los fundamentos en los que aquel se apoya; precisamente la razón suprema del poder político.

Una razón suprema, al menos, como lo podría entender cualquier observador avisado, que acudiera a las mejores tradiciones de la teoría política. Tanto si dicho observador parte de las elaboraciones de los más perspicaces y contundentes realistas de la modernidad, tipo Maquiavelo o Hobbes, amigos de una autoridad, de un orden y de una eficacia, que sobre todo eviten la guerra; como si se situase en la perspectiva de los pensadores más inclinados al consenso  y a los equilibrios sociales; al modo como han postulado su visión de sociedad, autores como un Immanuel Kant en el siglo XVIII o un John Rawls en el siglo XX.

Es, claro está, lo que ha entendido la Corte Constitucional, al emitir sus fallo del 18 de julio, dándole vía libre al plebiscito, un mecanismo contemplado en la Constitución y en la ley, para que el pueblo, si lo quiere, refrende un acuerdo de paz, que es un acto en el que se compromete intensamente la voluntad política del Estado. Y naturalmente la que anima a las élites que controlan el gobierno, como también la que ahora da aliento a las contra-élites de la insurgencia, reencauzadas ya por los senderos de la reconciliación.

Debate y participación ciudadana  

Las arenas de la participación popular y del debate público quedan así abiertas para que, una vez se firme la paz, el pueblo sea convocado y acuda a las urnas a dirimir el pleito planteado sobre la validez misma del Acuerdo, ese que pone fin al conflicto armado; y sin embargo impugnado por una facción de las élites políticas tradicionales.

Es una convocatoria que, por supuesto, entraña todos los riesgos; como sería el hecho de que la atención de gran parte de la opinión pública se concentrase en los insoslayables horrores y crímenes de la guerra, algo que podría coincidir con un discurso encaminado a martillar la afirmación simplificadora y descontextualizada de que todo no va a pasar de ser, en consecuencia, un “pacto de impunidad”

Pero también se trata de una cita ciudadana en la que florecen mil posibilidades para saturar la atmósfera política con los imaginarios de generosidad y de progreso, asociados con una paz negociada. Como si fuese descubierto un parteaguas desde el que se pudiesen avizorar mejores causes para el juego democrático.

Las posibilidades de una ola blanca por la paz

El punto clave para que estas posibilidades se concreten, radica precisamente en el hecho de que la firma de los acuerdos esté rodeada de sentimientos, simbolizables en representaciones positivas; a partir de las cuales se levante una ola duradera de actitudes y percepciones esperanzadoras. En el sentido de que, en alguna medida, la vida pueda ser mejor para los colombianos. De que sean posibles como ya se está demostrando una disminución sensible de la violencia; y no tantos miedos creados; y menores rencores subalternos.

En principio, la misma firma de la paz  debiera traer una inmediata reorientación en las actitudes, las que ahora serían más favorables a consignar el respecto del Acuerdo. Que este flujo de nuevas reacciones en los individuos no se disipe pronto, dependerá de la eficacia simbólica con las que las fuerzas progresistas enfrenten la coyuntura.

De hecho, unos 7 millones de votos, o poco menos, debieran respaldar dicho acuerdo, una especie de plante en las apuestas armadas con la baza de la paz. Son los mismos votos que resultan de sumar los 3 millones de electores independientes y de izquierda, con los cerca de 4 millones, conquistables por el santismo, es decir, el caudal movilizable por las invocaciones de la coalición de gobierno.

De ahí en adelante, cualquiera movilización adicional, estaría configurando una encrespada ola por la reconciliación. De la cual, podría hacer parte una auténtica constelación de iniciativas políticas y ciudadanas. Sería un evento tremendamente estimulante desde el punto de vista del espíritu de cambio, en un país derechizado por la guerra. Aunque el plante de 6 millones ochocientos mil votos o incluso de los 7 millones, ya sugeridos, no estaría nada mal.

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