El plebiscito del NO; y el NO de las incertidumbres

Publicado: octubre 10, 2016 en Política

Un golpe, al sesgo pero efectivo, como el de las guerras, casi demoledor, ha propinado el uribismo al gobierno de Santos. Y lo ha hecho, con su reñido triunfo en el plebiscito; un triunfo que, sin embargo, supuso una sorprendente movilización electoral. De paso, ha enviado el proceso de paz a una zona gris, casi de “protección”, como si se tratara de un pugilato. Así, ha sido desplazado al reino de unas incertidumbres que, si no lo ponen al borde del colapso, le recortan la posibilidad de un horizonte promisorio; y, al contrario, lo “reconducen” a un terreno resbaloso; en el que una posible renegociación podría abrir, en el mejor de los casos, unas perspectivas parecidas a las del tránsito por un camino, cuando menos culebrero.

La votación y el NO al Acuerdo

Contra todo pronóstico, la campaña uribista por el NO consiguió arrastrar a las urnas a seis millones cuatrocientos treinta y un mil trescientos setenta y seis (6.431.376) votantes, el 50.21%, suma que le fue suficiente para superar por unos cincuenta y tres mil sufragios (53.000) a los seis millones trescientos setenta y siete mil cuatrocientos ochenta y dos (6.377.482) de los que apoyaban resueltamente la paz, un 49.78% del total.

El caudal de votantes por el NO rompió los cálculos previos que muchos observadores pudieron trazar sobre los límites de esta movilización negativa; sobre todo, por tratarse de una actitud que, multiplicada, entrañaba el riesgo de echar por tierra, no ya la mera expectativa de un arreglo, sino un acuerdo, finiquitado, cuidadosamente elaborado, sellado por las partes y bien armado; además, respaldado por los más influyentes actores internacionales.

No por nada el expresidente uruguayo José Mujica había lanzado, al desgaire, como si se tratara de una hipótesis inverosímil, la consideración de que un rechazo mayoritario levantaría toda suerte de sospechas sobre la insania mental de una nación, a la que le gustaría sentirse prisionera de la guerra; un  pueblo de comportamientos extraviados en el laberinto de unas violencias que, a fuerza de repetirse, le borraron de la conciencia la línea que separaba lo correcto de lo insensato.

John Kerry, el secretario de Estado, un político curtido en mil batallas, conocedor de los cambios de humor en el electorado, soltó en una reunión la tesis optimista de que una vez firmado el tratado, convertido ya en una realidad, éste recibiría el respaldo popular.

Yo mismo pensé que el expresidente Uribe removería, para su oposición visceral, sólo la mitad de su potencial electoral, unos tres millones y medio de electores, los más antisantistas; los que hacen parte de la franja más “leal”; al tiempo que los otros tres millones y medio se inhibirían. No dejé de advertir, sin embargo, sobre los riesgos de que esa limitación se quebrara, si había una conexión psicológica entre el recuerdo de los crímenes de guerra, cometidos por la insurgencia, y el discurso reiterativo, de las élites más refractarias al cambio,  contra el “narcoterrorismo”.

Pues ese etéreo techo de tres millones y medio fue superado con facilidad y casi duplicado por la marejada del NO. La cual se encaramó hasta casi colmar las potencialidades del uribismo, esas mismas que son llenadas por sus energías de fuerza populista de derecha, cuando se trata de competir nada más y nada menos que por la presidencia de la República.

Las tendencias en la participación electoral

Si el candidato del uribismo consiguió en 2014 casi siete millones, ahora en la oposición al acuerdo de paz, esa misma corriente alcanzó los ya mencionados seis millones cuatrocientos cuarenta mil sufragios, apenas unos cuatrocientos mil menos; pero en todo caso una cifra muy cercana al universo total del uribismo puro y de los conservadores que le son proclives. Claro: con la condición de que sus votantes moderados que pudieron desertar, fueron reemplazados por las bases más reaccionarias de los grupos cristianos, militantes de la cruzada promovida artificiosamente contra ese fantasma llamado “ideología de género”.

La campaña del SÍ, en cambio, confiada en la fuerza misma que desencadenaría la sola firma del acuerdo, tuvo casi dos millones menos de votos que los conseguidos en la segunda vuelta presidencial (la de la paz, precisamente) por Juan Manuel Santos.

La abstención contra la paz

La abstención terminó socavando la votación por la paz. En los departamentos de la costa caribe hubo novecientos mil votos menos de los que se sufragaron en 2014. En el sólo departamento del Atlántico se cayó la votación del en más de doscientos mil votos con respecto al anterior respaldo electoral que recibió Juan Manuel Santos.

En todo caso, los cincuenta y tres mil votos fueron suficientes para detener al presidente de la República en lo que concierne a sus acciones de implementación del acuerdo; no así naturalmente, en lo que tiene que ver con sus facultades constitucionales para dirigir el orden público y la búsqueda de la paz.

Paralizado, como quedó, para la implementación del acuerdo, no pudo continuar con las autorizaciones para el operativo de concentración de los guerrilleros en las zonas veredales  y campamentarias, la mira puesta en la dejación de las armas. Eso sí, pudo ordenar la continuación del cese al fuego; continuación que debiera ir más allá del 31 de octubre; y que es condición para mantener unas expectativas más o menos sólidas de paz.

El resultado negativo del plebiscito, por otra parte, ha obligado al gobierno y a la oposición uribista y pastranista a negociaciones,  a fin de encontrar salidas aceptables para todos; unas negociaciones de las que ha sido expresión la cumbre en palacio entre Santos y Uribe; al menos para que se reiteren las diferencias cara a cara; por lo que todavía no habrá mucha claridad, acerca de un proceso complejo en el que existe un tercer actor de carácter central, para tener en cuenta; como es el caso de las FARC; sin cuya disposición a la renegociación, no habría nada que hacer, según lo ha reconocido la propia ministra de Relaciones Exteriores. Por lo demás, gobierno y oposición han resuelto continuar con las conversaciones, aunque no aparecen elementos nuevos, de acercamiento, que permitan despertar grandes esperanzas.

El limbo jurídico

No son nada fáciles estas negociaciones con los responsables del NO. El país estaba a las puertas de un acuerdo de paz; un acuerdo ya firmado y depositado en el Consejo Federal Suizo en Berna, como Acuerdo Especial (condición esta, rechazada por parte del Expresidente Uribe Vélez); con toda la legitimación internacional que el hecho entraña. Es decir, estaba todo tan preparado, tan bien llevado…; y de pronto, por los efectos de una democracia paradójica, ese mismo país se encuentra de golpe y porrazo en medio del pantano político. Sin capacidad para proseguir el camino previsto; en una especie de limbo jurídico; sin definiciones para el proceso; y sin salidas que lo lleven hacia otro estado de cosas, más claro.

Es un limbo que no se resuelve al conjuro de la sola música que brota de la retórica de la unidad nacional, destilada por los editoriales y los dirigentes, privados todos ellos de un plan b; huérfanos de alternativas de decisión.

Para complicar aún más el embrollo, no hay que olvidar la insistencia de Uribe Vélez en el hecho de que los jefes insurgentes paguen cárcel; y de que, por cierto, no sean elegibles en el Congreso y en el gobierno; todo ello al tiempo que las FARC, algo obvio, se aferran al Acuerdo como un producto político no-renegociable.

Así las cosas, la sin salida, a la que ha conducido el NO del plebiscito –ese pantano en el que el acuerdo de paz se mantiene vigente, sin poder implementarse– conduce a una situación en la que el uribismo estará tentado a provocar el hecho de que tanto el gobierno de Santos como el mismo acuerdo sufran tanto desgaste, que terminen por quedarse en el vacío, sin utilidad alguna.

Claro está que esta oposición uribista tiene también la posibilidad de desarrollar una conducta cooperadora, de modo de allanarse a ciertos acuerdos para la exploración de salidas consensuadas.

Un punto de inicio para esos terrenos de cooperación mutua podría ser una ley de amnistía para los guerrilleros de base; después de lo cual, una dinámica más alentadora podría abrirse paso. Con todo, me temo que el uribismo, aunque no lo explicite de entrada, querrá cobrar duro la colaboración con una salida aceptable: estará pensando en la condición para una nueva reelección del expresidente. Entre las neblinas de dicho horizonte, podría insinuarse la silueta de una constituyente.

Publicado originalmente: http://corporasur.org/el-plebiscito-del-no-y-el-no-de-las-incertidumbres/ 

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comentarios
  1. jairo estupoñàn r dice:

    excelente reflexiòn. Me parece que faltò análisis de la propaganda del miedo en el inconciente colectivo de las masas que votaron por el nò,tambièn faltò la implicaciòn del premio nobel de la paz otorgado al pueblo colombiano y el respaldo de la comunidad internacional al proceso de paz.

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