Hillary, Trump y la sociedad en tiempos de Obama

Publicado: noviembre 4, 2016 en Política

La extrema polarización entre Hillary Clinton y Donald Trump; esa reñida competencia entre la profesional solvente, la funcionaria experimentada y representante conspicua del establishment en Washington; y el magnate inmobiliario, outsider llegado del artificio evanescente de los realities; ese enfrentamiento en el que los protagonistas no han ahorrado insultos y señalamientos de toda especie; cabalga sobre el nudo de las tensiones sociales, que hoy hacen carrera en la sociedad norteamericana.

Sentimientos encontrados

Se trata de tensiones, por cuyo interior circulan los resentimientos por la desmejora material que muchos sufren en la actividad laboral o por la amenaza de que ella sobrevenga; también las reacciones por los cambios; y las frustraciones por los incumplimientos o los retrocesos; sin dejar de lado el despertar de expectativas por los avances que se siguen abriendo paso en materia étnico-cultural; y, por qué no, así mismo en materia tecnológica.

Resentimientos, frustraciones y esperanzas que, venidos de horizontes disímiles, se agolpan en un revoltillo de pulsiones contradictorias: la rabia contra los políticos profesionales; el temor frente a la “amenaza” fantasmal  de los inmigrantes; o, al contrario, la esperanza tardía de estos últimos  en el “sueño americano”.

Son pulsiones que, al saltar al terreno electoral, se han traducido en la sorprendente escalada del populista Trump; o, antes, en las avanzadas del liberal Sanders; y también, claro, en los apoyos que benefician a la muy convencional Hillary; convencional, sólo en el sentido político; pues no está desprovisto su perfil de una faceta inédita, la de ser la primera candidata-mujer.

Transición y procesos sociales

Los Estados Unidos de hoy se mueven al golpe de ciertos cambios, aunque también bajo la retracción y las parsimonias, que frenan el progreso en algunos campos socio-económicos, asociados con el modelo de la gran industria de producción en serie, es decir, con el viejo fordismo.

Por cierto, la llegada de Obama al poder coincidió con una severa crisis económica, a cuya superación se aplicó, con el relativo éxito de conseguir el 2.5% en el crecimiento anual del PIB y de bajar el desempleo al 6%. Unos logros que sin embargo no han sorteado la incertidumbre ni el deterioro de los ingresos, un lastre que sume a trabajadores y profesionales de baja formación, en el desasosiego; y que si son además de raza blanca, los hunde en el resquemor contra las élites; razón por la cual el desafío de Trump a los rangos oficiales del partido republicano y su populismo conservador se convierten en apariciones escénicas y en pronunciamientos que  resuenan en los oídos de aquellos como la música de una flauta con notas primitivas de encantamiento.

Claro está que también ha brotado un torrente de expectativas por el cambio social, personificadas en los jóvenes que durante la primera fase de la campaña apoyaron a Sanders. Lo hicieron como muestra de indignación, después de décadas de concentración de la riqueza, según lo han denunciado el Nobel Krugman y el  francés Piketty. Son franjas de jóvenes que ahora han adherido, con reticencias, a la candidatura de Hillary.

Ciertamente, la conquista de la presidencia por Obama significó el agotamiento del discurso neo-conservador, hegemónico por 25 años; y hecho trizas por el fracaso de las guerras de Bush, hijo. Del mismo modo como el modelo neo-liberal, de desregulación en los mercados, se hizo hilachas a raíz de la crisis financiera del 2008.

Al propio tiempo, el triunfo de Obama expresaba la influencia de las minorías, provenientes de una migración, cuya consecuencias demográficas no han dejado de ampliarse. Y las que, inclinándose en 2008 y 2012 por los demócratas, comenzaron a  limitar las posibilidades de los republicanos, dueños ellos de un discurso especialmente refractario a la migración y a las ayudas estatales; y que, por tanto, los sitúa a espaldas de las nuevas identidades étnicas, en expansión.

Tensiones sociales

Con estos cambios, la sociedad ha quedado atrapada en medio de las siguientes tensiones: a) entre la crisis y su lenta reactivación; b) entre la globalización y la industria tradicional; c) entre, por una parte los nuevos valores, los post-materiales, los que tienen que ver con las identidades de género, con el antirracismo, y con las minorías; y, por otra parte, las reacciones conservadoras, esas que tienen un aliento tradicional, bíblico y patriarcal; d) entre la migración, con sus cambios demográficos; y la población tradicional, de raza blanca o también los migrantes antiguos. Finalmente, e) entre el establishment político y la frustración de ciertas franjas de trabajadores y profesionales, de raza blanca.

En medio de estas tensiones, la irrupción de un individuo, como Donald Trump, ha significado una suerte de fuga hacia adelante, en la reacción conservadora que, lejos de atenuarse a fin de correrse al centro del espectro ideológico, se intensificó, alimentándose con los prejuicios racistas; solo que, incorporando al mismo tiempo en la empresa política el proteccionismo económico, ante las consecuencias de las transformaciones tecnológicas y los efectos de la globalización.

Así, el rechazo a los tratados comerciales y a la fuga de las empresas en busca de una mano de obra barata, se ha revuelto y condimentado con los prejuicios conservadores del Tea Party, encarnados en Sarah Palin, y además con los “bajos instintos” islamófobos y anti-mexicanos.

Todo ello en un “cocido”, capaz de movilizar a un electorado hiper-conservatizado,  alrededor de la figura, por momentos desenfadada y fresca, por momentos grotesca y agresiva, de Trump; una figura que terminó haciéndose a unos niveles de popularidad, que nunca cayeron, a pesar de los propios  desbarramientos del candidato; o, a lo mejor, gracias a ellos.

Enfrente, se despliega el establishment demócrata, satisfecho de sí mismo, representado por la exsecretaria de Estado; en una coalición con los jóvenes insatisfechos por las desigualdades; con una mayoría entre las mujeres de toda condición; también con las franjas más vinculadas a los cambios tecnológicos e identificadas con Obama; y por último con las minorías étnicas; sobre todo, con las de negros e hispanos, en constante crecimiento.

Entre estos dos bloques sociales se definirá la suerte de la política en los Estados Unidos, este martes 8 de noviembre. Este país continuará su reconversión tecnológica, en medio de la competencia económica en el mundo; a expensas, eso sí, de la industria tradicional; mantendrá así mismo los ritmos de concentración de la riqueza; y sostendrá la expansión de los cambios demográficos hacia una sociedad de múltiples minorías.

Sólo que si Trump se convirtiera en presidente, su liderazgo incierto traería perturbaciones en las relaciones internacionales; y, quizá, entrañaría el empuje de un mayor conservadurismo en las representaciones culturales, de corte “popular”.

Si, en cambio,  la triunfadora fuese Hillary, la cual a la postre podría imponerse si consolida su mayoría en el Estado de la Florida, el curso de los cambios demográficos podría repercutir en una mayor atención al problema de los migrantes, con la condición naturalmente, de que ella consiga una mayoría demócrata en el Senado; de modo de contar con un margen de iniciativa y de aprobación para sus proyectos.

Mientras tanto, el liderazgo económico de la nación seguiría una senda, sin las turbulencias que acompañarían una Administración de Trump. Tal vez se extendería en el escenario internacional, bajo una lógica multilateral, en compañía de otras potencias comerciales en el mundo; aunque sin poder eludir los constantes roces con la China de los nuevos tecnócratas comunistas.

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comentarios
  1. Oscar Jiménez Leal dice:

    UN MAGNÍFICO ANALISIS – CUYA SINTESIS NO AFECTA SU PROFUNDIDAD-, DE LO QUE ESTA EN JUEGO EL PROXIMO MARTES EN LA DEMOCRACIA DEL NORTE. ELICITACIONES

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