TRUMP: Orgullo y prejuicios

Publicado: noviembre 11, 2016 en Política

Make America Great Again! tronaba  Donald Trump en los mítines de campaña.  Hagamos otra vez grande a los Estados Unidos de América!.  Esa fue su consigna, repetida con acentos, entre bíblicos e imperiales; como el grupo que se levanta para retomar su destino de pueblo escogido.

Finalmente, fue la consigna ganadora. La del candidato que triunfó en toda la línea. Trump se ha impuesto, sin apuros, contra las encuestas; contra la prensa escrita, acreditada y madura; contra la sensatez y la corrección política; contra la preparación competente en los asuntos públicos. Lo ha hecho además contra una Administración, instalada en el centro del espectro político, la de Barack Obama, adornada con credenciales tales como la recuperación económica y la disminución del desempleo; y eso, después de la debacle económica del 2008, bajo los republicanos. Incluso, se ha impuesto contra su propio partido, el republicano; al menos, contra los grandes barones, a los que arrasó en las primarias.

Con ese, su slogan, el de unos Estados Unidos más grande – mimetización y simulación, al mismo tiempo, de la célebre y ya superada revolución conservadora de Reagan en los años ´80 del siglo pasado –, el candidato, saturado él mismo de populismo conservador, consiguió movilizar 59 millones, 705 mil electores, unos 238 mil menos que los de la candidata demócrata.

Fue una diferencia no muy grande que, sin embargo, en el colegio electoral, se convirtió en la ventaja holgada de 306 votos sobre los 232 de Hillary Clinton; a quien por cierto los cálculos le aseguraban 268, apenas 2 pírricas unidades menos que los 270 necesarios para ganar la presidencia.

Racismo

Donald Trump comenzó su empresa política, haciendo oposición al gobierno de Obama, con la machacona afirmación de que el primer presidente negro no había nacido en Estados Unidos; con lo que pretendía restarle pergaminos a su condición natural de estadounidense. Racismo, en el fondo.

Cuando se presentó a las primarias republicanas, fustigó a los migrantes mexicanos por ser un universo oscuro de “ladrones”  y “violadores”; un universo en el que apenas tendrían cabida algunos sujetos honrados y decentes. Pura discriminación contra el migrante pobre, matizada con el racismo implícito, una carga que reside en el rechazo contra el extranjero, al que se criminaliza genéricamente. Se trataba de una discriminación que debería sellarse con un hecho de segmentación cultural y nacionalista; a saber: el muro en la frontera, pagado por los mismos mexicanos, a los cuales el propio Trump los forzaría, el puño en el cuello.

En esa línea de rechazos y negaciones, el candidato aprovechó la ejecución de algunos actos terroristas, como el de San Bernardino,  para lanzar la idea de prohibir a los migrantes islámicos su entrada a los Estados Unidos. Pura confirmación de un cierto racismo que se mezcla con la xenofobia, so pretexto de la seguridad.

El orgullo y los imaginarios de grandeza

Con tales posturas, repetidas a veces en tono desafiante,  moldeaba los prejuicios en materia de identidades, instalados en la conciencia de millones de norteamericanos. Los removía, galvanizándolos en la esfera de las identidades políticas; de modo que Obama y Hillary quedarían como unos sujetos vinculados indisolublemente al origen del debilitamiento imperial. Una catástrofe, frente al peligro que representarían los “otros”, los “extranjeros”; sobre todo si son pobres.

El timbre de rechazo al “otro”, a ese “extraño”, que además es débil y probablemente perturbador, lo enganchó sin muchos miramientos por la lógica y la verdad histórica, a las flaquezas de los Estados Unidos. A esas mismas flaquezas que dibujó con pinceladas sombrías, desde el punto de vista económico; y con trazos apocalípticos, en la dimensión del liderazgo militar.

El prejuicio racista se galvanizaba muy seguramente con los instintos de grandeza, que no son otra cosa que los invasivos “residuos” de hegemonía y dominación que palpitan en los márgenes atávicos, trabajados por una larga prédica nacionalista, entre los individuos de ciertas capas sociales. Concretamente, entre muchos votantes de raza blanca y de baja formación profesional, el segmento que más influyó en la votación de Trump. Al prejuicio y a la “grandeza”; doble pulsión; se agregó la propuesta proteccionista; una postura más racional y fundamentada; pues muchos sectores de la gran industria manufacturera se han visto afectados por la crisis financiera, por la competencia y la parálisis.

Trump ha insinuado un programa para defender a la industria y al empleo, algo que puede sonar promisorio, pero también ilusorio, dada la alta interdependencia existente en el comercio mundial.

En todo caso, el candidato prometió eliminar los tratados comerciales y obligar a las empresas a reinstalarse en el territorio de Estados Unidos. Su discurso proteccionista se ensamblaba así con la retórica racista y con los imaginarios de grandeza (expresión de cierto hegemonismo soterrado). Lo hacía en una mezcla ideológica, horneada, con sindicaciones, a partir de una incontinencia verbal, en la que Obama y Hillary llegaron a figurar como los creadores del terrorista Estado Islámico.

Eficacia de la campaña populista

Todo indica que la operación funcionó para movilizar las bases conservadoras del partido republicano; un empuje que le alcanzó a este partido para el control del Senado y de la Cámara. Una moñona; salvo por el voto popular, cuya mayoría absoluta se le escapó, frente a la votación de Hillary Clinton; más voluminosa a nivel nacional, pero condenada a la condición de ser un simple canto a la bandera.

Este poder, en manos del magnate, al que podría añadírsele una mayoría en la Corte Suprema de Justicia, será la plataforma para la puesta en marcha de sus combates, en el campo social, contra el sistema de salud, el Obamacare; contra la migración mexicana, en el campo de los flujos humanos transnacionales; contra el ingreso de los individuos de origen musulmán, en el campo del control a las identidades religiosas y culturales; y finalmente, contra el NAFTA y los tratados internacionales, inscritos en la libertad de comercio.

Las perturbaciones

Con todo, la expulsión masiva de migrantes y un severo control a su ingreso crearán perturbaciones internas, en el terreno de los derechos humanos, en un mundo cada vez más atravesado por las oleadas de migrantes; necesarios además, en tanto población de reserva para la reactivación industrial y comercial.

El excesivo proteccionismo traerá a mediano plazo tendencias recesivas y el deterioro de los sectores volcados a la globalización. Por otra parte, la presión sobre Europa para que concurra con mayores aportes financieros a los acuerdos militares traerá vientos de cola que alterarán el entendimiento con sus socios en la alianza atlántica.

Las posturas de Donald Trump traerán un factor de perturbación en el orden internacional y en el campo de la política interna, hasta cuando los propios factores de poder, como el congreso y el mundo de las élites económicas, lo disciplinen.

Demonios y convenciones

Sin ser ya candidato y transformado en gobernante, Donald Trump puede incorporar en su conciencia un principio de doble personalidad, como si al Mr. Hyde que lleva por dentro, agresivo y violento, ese que no tuvo recato para espetarle el calificativo de “asquerosa”  a su rival; se le superpusiera el carácter moderado y afable del Dr. Jekyll, dispuesto a llamar a la unidad de todo el pueblo; de republicanos, demócratas e independientes; según lo proclamó en la madrugada del miércoles 9, después del triunfo.

Dos perspectivas se abren en su conducta imprevisible. Una, la de afirmarse como un  “rogue politician”, correoso y díscolo, provocador y desafiante, en una especie de versión interna de lo que a nivel internacional han sido, en su momento, el iraní Ahmadinejad y el coreano Kim Jong-un. Sería como soltar los propios demonios de su alma, de orgullos y prejuicios, algo que probablemente despertaría una oposición cerrada.

La otra perspectiva sería la de ajustarse a las convenciones y dejarse encorsetar por los contrapesos institucionales, los del congreso y los de los partidos, incluido el sector moderado de los republicanos.

Ahora bien, si se deja arrastrar por los instintos propios de un “rogue president”, díscolo y grosero, perjudicará a su país, aislándolo. Si, en cambio, termina dejándose rutinizar por las reglas que gobiernan el mando y la toma de decisiones, favorecerá al sistema, pero se desnaturalizará el mismo, dejará de ser Donald Trump.

En últimas, su incorreción contra el establishment se vaciará de contenido, limitándose al gesto y a la retórica. Mientras tanto, su “ausencia de proyecto” será reconducida dentro de las reglas del poder; eso sí, con “el retorno de los brujos”, el regreso ruidoso de algunas políticas neoconservadoras, tanto internas como externas.

 

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