FIDEL: Historia, discurso, ideología

Publicado: noviembre 30, 2016 en Política

                                     

 ¡Fidel, esa fuerza telúrica…! Era lo que se permitía exclamar el Che Guevara en sus días de la Sierra Maestra, cuando un grupo de jóvenes barbudos, fusil en mano, emboscaban a las patrullas del dictador Fulgencio Batista, para disminuir sin tregua su potencia y su altanería. Lo hacían una y otra vez mientras se preparaban para bajar, una vez llegase el  momento, en camiones improvisados hasta la rutilante Habana, dispuestos a expulsar al sargento sátrapa y, de paso, a tomarse la historia, tan anhelada e inexorable; y, sin embargo, tan elusiva.

Estaba tan cerca de él en las residencias fugitivas de cada campamento: lo impresionaban su determinación de mando, su razonamiento inspirado, la energía de su acción.

Una energía que transitaba secretamente por la conciencia de los más empeñados en la aventura;  circulaba de Haydé Santamaría a Celia Sánchez, del mismo Raúl, su hermano menor a Camilo Cienfuegos; todos ellos anclados sin el menor asomo de desaliento en la seguridad de su destino.

La entrada precoz a la historia

El propio Fidel Castro Ruz estaba convencido de su ingreso a la historia, en tiempo real. Muy temprano, a sus casi 27 años, encabezó el asalto al Cuartel Moncada, una osadía que le serviría como ensayo para la posterior empresa del ejército rebelde.

Hecho prisionero, y llevado a juicio, ejerciendo como su propio apoderado, concluyó su defensa con una sonora sentencia: “la historia me absolverá”;  frase lapidaria de auto-legitimación frente al régimen ilegítimo; también un veredicto anticipatorio, que remitía a la voluntad intangible de una entidad superior.

Con esa determinación, emprendió luego, como quien se instala en los dominios de la historia, la resistencia contra el régimen, apoyado en una guerra de guerrillas, con la cual pudiese muy pronto hacerse con el poder; algo que sobrevino al cabo de dos años, mediante una lucha permanente de hostilización, en la que desmoralizaba al enemigo, al tiempo que conquistaba a los inconformes en la Isla y suscitaba las simpatía internacional.

Su entrada triunfal el 1 de enero de 1959 en La Habana produjo el acontecimiento, a partir del cual surgirían las rupturas internas frente a las clases acomodadas, además, frente al gobierno arbitrario, frente a la inversión extranjera; y, en general, frente a la presencia de los Estados Unidos. Entonces, se abrirían, como en una floración, todos los imaginarios en el mundo, a propósito de la revolución encarnada. Hacía su arribo el mundo re-encantado. La utopía quedaba al alcance de la mano. El romanticismo se traducía ahora  en la acción inflamada para el nacimiento del “hombre nuevo”.

El discurso, las palabras, la fascinación

La revolución se acercaba como meta. La acción misma dejaba la huella de aquella. Al mismo tiempo, el pensamiento se hacía acción y esta se transformaba en palabra, para finalmente obrar como el efecto de una transfiguración que se transparentaba en un Fidel, en trance de orador.

Más que con las armas, la revolución cubana terminó fabricándose con las palabras. La revolución misma, una vez los rebeldes se alzaron con el poder, fue sobre todo un estallido verbal. No porque se tratase de una revolución desarmada, sino porque el poder de la palabra resultó desproporcionadamente mayor que la potencia de las armas.

Contra el aislamiento y el bloqueo, el arma más poderosa del régimen cubano (aún si se tuviera en cuenta el apoyo de la Unión Soviética) no fue otra que la palabra, ese verbo que al ritmo de sus sonoridades se hacía trazo reconocible en la figura del propio Fidel; el verbo que, palabra tras palabra, se hilvanaba en un discurso que denunciaba y que, tras la denuncia infatigable, organizaba el razonamiento, potente aunque generalmente descriptivo y lineal, para desembocar en la justificación del nuevo poder.

El discurso era denuncia y razonamiento, pero también ritual ante las multitudes agolpadas en las ardientes explanadas de la ciudad. Era un ritual que legitimaba; y que, además, catalizaba las emociones, siempre en un sentido defensivo, contra los gigantes que acosaban al nuevo David bíblico. Era una actitud defensiva que sabía combinar con el desafío. Contra esos gigantes, los enemigos abusivos, se levantaba la palabra profética; el embrujo transportado en consignas que retumbaban  en la plaza o en Radio Habana. Un verbo encendido y prolongado, que se convertía él mismo en una forma de experiencia intensa.

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La ideología que congela la palabra

Con el tiempo, sin embargo, el discurso terminó por dar vueltas en torno de sí mismo; y la revolución se congeló en los fundamentos iniciales, sin renovarse; sin dar las muestras de ductilidad que el propio ejercicio del poder exige, para atender las necesidades del pueblo. La revolución se negaba a sí misma su renovación, una contradicción en los términos; de modo que ella terminaba por estancarse materialmente.

Por otro lado, el discurso se agotaba, mientras la Guerra Fría  llegaba a su fin y la globalización marchaba a tambor batiente, aumentando las posibilidades de una interdependencia económica, de la que participaba un gran número de naciones.

El discurso se instaló, obstinado, dentro de la ideología.  La propia historia y la revolución, para las que él trabajaba, se convirtieron en ideología. Se mitificaron y el mito petrificó la palabra. No fue ésta la que vivificó al mito de la revolución; fue este último el que esterilizó el discurso; y lo hizo justo cuando este comenzaba a requerir de esa sangre, quizá menos torrentosa pero más nutricia, la que proviene del buen gobierno, también de las libertades dispendiosas; en una palabra, de las reformas económicas y de la “pedestre” democracia.

Es cierto que el discurso y la ideología (la ideología que envolvía la resistencia  contra la agresión del bloqueo) fueron los recursos (a falta de otros), con los que Fidel pudo erigir su presencia histórica, la validación de su causa y el liderazgo internacional.

Sólo que desde los años 80 del siglo XX, el contexto mundial cambió; se cayó el Muro de Berlín; y la precariedad económica en la Isla se hizo apremiante.

Sin la democratización, y sin una apertura económica, quedaba entonces la ideología, esa que mitifica la historia; sin que por otra parte fuesen incorporadas por el sistema comunista, las artes de la republica sana y razonable, esa que permite la pluralidad de la sociedad y da respuesta a sus necesidades.

Ha muerto Fidel, sin abandonar su dialéctica contra los poderosos, una dialéctica que fue tempestuosa al comienzo, al llenar de vergüenza a los injustos; pero que después se resecó al no hacerse cargo de los desvaríos autoritarios de su propio régimen.

No resistió, en las ante-vísperas de su despedida final, enviarle el mensaje al presidente Obama de que por más entendimiento mutuo que hubiese, él, a la manera de un patriarca memorioso, no olvidaría los atropellos. También quería advertirle a quien quisiera escucharlo que no le hacían falta las “migajas” del “imperio”. Invocaba, hasta el final, la dignidad como el arma de su validación universal; pero entre líneas esbozaba, sin ningún sentido del momentum, una delgada protesta contra las incipientes reformas económicas. Unas reformas que posiblemente se acelerarán, después de su partida. Si es que Donald Trump no reinicia la guerra fría con la Isla del Comandante, para desgracia del Continente.

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