Todorov o la evasiva semiótica del otro

Publicado: febrero 23, 2017 en Política

Yo es otro”, así, cerreramente, aunque también abierta y contradictoriamente, procedio a conjugar el verbo con el que determinaba su estatuto personal, Tzvetan Todorov, el intelectual búlgaro, naturalizado francés, quien acaba de morir en París. Una ciudad en la que desarrolló una prolongada carrera académica, desde cuando llegó de Sofía, a los 25 años. No conjugó “yo soy yo”, en un círculo entre sujeto y predicado. Abrió la conjugación en una sentencia, a la vez, paradójica y compleja; y que de modo atrayente daba lugar a otros horizontes en la composición del yo y en su identidad como sujeto. La primera persona pronominal podía ser al mismo tiempo la tercera, dentro de una operación de descoyuntamiento del sujeto; el cual no es sólo él mismo, sino otro, de manera simultánea; un otro, en tanto entidad abstracta o grupo concreto.

Un siglo antzvetan-todorovtes, lo había enunciado en clave poética –en la de los desdoblamientos pertenecientes al mundo interior del númen-, el genialmente precoz Arthur Rimbaud: “Je suis un autre”, “yo soy otro”. Así, el yo, lejos de agotarse en sí mismo, se encarnaba principalmente en otra persona. Como si la imagen reflejada en el espejo cobrara vida y se convirtiera en otro, sin dejar de ser el yo. O, más aún, como si en un sortilegio de muñecas rusas – matrioskas -, el yo pudiese dar cabida en su propia entidad a otro ser. El mundo emergía fracturado ante la imaginación, como si cada uno fuera un yo y un él, dotado de lentes bifocales.

Vistas las cosas de otro modo, sucede como si experimentásemos un travestismo inconsciente en un juego de identidades; algo parecido por otra parte a lo que filosóficamente enunciara hace unos años el muy abstruso Francois Lyotard, al comenzar una conferencia en el “León de Greiff” de la Universidad Nacional.

Con una sonrisa de timidez escondida, después de la salva de aplausos con la que la muchachada lo acogió, afirmó con simpleza y profundidad que en la comunicación el al que uno le dirige la palabra, es al propio tiempo un yo,  que devuelve la mirada y la voz.

 Si como sujetos nos dirigimos siempre a otros sujetos; si el es a la vez un yo, entonces la relación social está definida por la alteridad, de un modo casi esencial. La existencia del otro  estaría generando la posibilidad de la estructura social; una estructura que se vertebraría entre sujetos; no entre un sujeto y el resto, asumido como un conjunto de objetos.

Los quiebres de la alteridad

Una relación entre sujetos que, pudiendo ser exitosa, colmada de razonabilidad y verosimilitud; además, equilibrada e integradora; suele ser por el contrario quebradiza como los lagos congelados bajo el peso de los ejércitos en Ivan el Terrible, el filme de Eisenstein; o cortada, como un brusco y prosaico “coitus interruptus”; o atravesada por la incomprensión o por las asimetrías del poder que va empacado en cada mensaje emitido; o, por último, groseramente excluyente.

Si en el mi puede estar el otro; e, inversamente, si el yo cabe potencialmente en ese otro, ¿por qué no podía pensarse en que esa relación admitiera una cierta armonización, nacida de la comprensión mutua?

Sea de ello lo que fuere, la relación que siempre envuelve al otro, pasa por una  mediación simbólica. Hace parte de un proceso de comunicación, que incluye cada mensaje emitido y también los códigos de significación, propios de cada individuo; es decir, la cultura (comunidad de signos) en la que el sujeto está inmerso.

El mensaje de cada emisor está cifrado de alguna manera, por muy transparente que aparezca; y responde a su universo de significados. Simultáneamente, su eficacia simbólica tiene, por supuesto, como referente  a la comunidad del receptor,  a su cultura ese mundo de signos del que participa el interlocutor; sea que este encarne el papel de un amigo, un aliado, un testigo o un enemigo.

Es por esa razón por la que los mensajes (los gestos o las palabras) se convierten en vehículos para las estrategias simbólicas; bien sea con destino a la comprensión o a la manipulación; razón poderosa para que cada uno de los interlocutores que participan en el proceso comunicativo se desdoble en intérprete; protagonista en un ejercicio hermenéutico, para desencriptar lo implícito y lo que viene en los pliegues del tono y de la elipsis.rebeldemule

Por cierto, Todorov no menosprecia el nivel “positivista” de los hechos, no desconoce, por ejemplo, los factores materiales y las estrategias militares en un conflicto; solo que quiere, al lado de tales recursos, escudriñar las relaciones comunicativas con el otro; poner de relieve la incidencia del entramado simbólico; en otras palabras, penetrar el  universo semiótico, que circula flotando en los vínculos sociales: “Quiero hablar del descubrimiento que el yo hace del otro”, advierte en el inicio de su obra más conocida, “La conquista de América”.

El relato: la crónica y la ficción literaria

Para esta empresa podría apoyarse en lo que se ofrece a su mirada aguda de descifrador de señales: por un lado, los estudios históricos, material sistemáticamente tratado; o, por otro lado,  el relato, sea la ficción o la crónica histórica. Se decide por la segunda opción, mucho más plástica;  más consonante con los imaginarios de una época, esa que define el contexto del acontecimiento a dilucidar. Por lo demás, su interés inicial estuvo volcado a la teoría literaria y al discernimiento del relato, desde el punto de vista estructural; fue, para decirlo, de pasada, explícita su filiación intelectual con respecto al lituano Greimas y al sutil Barthes, lleno de apuntaciones inteligentes.

Su inclinación por el análisis estructural del relato y de la ficción literaria (Las amistades peligrosas, de Laclos), muy pronto la va a hornear con la levadura de un tema como el de la otredad, bajo la reconocida influencia del enorme Bajtin. Con lo cual emprende su sorprendente examen sobre la conquista de América –hito en la historia mundial bajo el prisma, no ya de los factores materiales y positivos del evento, sino de las representaciones culturales de los protagonistas, plasmadas ellas en las crónicas de indias; y sometidas tal vez, no al filo cortante de sus observaciones, sino a la pincelada creativa de sus interpretaciones.

La América descubierta por Colón

El proyecto de Todorov es, a la vez, lingüístico y moral. Quiere ofrecer una esclarecedora interpretación semiótica del descubrimiento y de la conquista, un hecho divisor de las aguas planetarias. Pero también aspira a asumir una postura moral, la del batallador contra todo sometimiento de una cultura por otra.  Se sitúa en favor de la integración respetuosa y equilibrada, no solo al interior del “nosotros” de una comunidad, sino además con el exterior de un “ellos”, los que representan culturalmente al otro.

Este acontecimiento de telúricas repercusiones en el mundo, exhibe el contraste marcado entre la facilidad con la que los conquistadores –Cortés, a la cabeza- sometieron a las culturas precolombinas; y la precariedad de sus fuerzas militares –las de los españoles-.

Más allá de la superioridad de las armas, no tan contundente, ante un imperio tan extenso como el azteca –el caso escogido por nuestro autor- lo que mejor explica el sometimiento y la victoria de los conquistadores no es otro factor distinto a su eficacia simbólica; y a su capacidad de su manipulación comunicacional frente a las limitaciones y a las ingenuidades que ofrecían los códigos culturales del indígena.

La guerra de la Conquista

La conquista de América no fue otra cosa que una guerra de destrucción y de dominación. En dicha empresa jugó como factor decisivo la asimetría en el poder y en la eficacia simbólica, entre los aborígenes y los españoles. Estos últimos aprovecharon cierta parálisis –muy visible en el caso de México- y algunas esperanzas ancestrales que emanaban de la cultura precolombina y de los códigos del pasado con los que esperaban discernir  proféticamente el futuro; un futuro del que esperaban probablemente el regreso de Quetzalcóatl, la divinidad que presumiblemente confundieron con el conquistador. Así, el “encuentro” de las dos culturas supuso, unas veces, la simple objetualizacion del indígena por el español; o cuando mucho un vínculo de engaño. Su relación no llevó a la comprensión; al menos no en el caso de Hernán Cortés; sino al ánimo destructivo; a la implacable operación masiva de la muerte.

Para empezar, el mismo Cristóbal Colón, muy acucioso en “descubrir”, catalogar y bautizar las cosas nuevas que brotaban asombrosamente ante sus ojos nunca dejó de visualizar a los aborígenes mas que como otros tantos objetos de la naturaleza. Para él, el habitante precolombino nunca fue un real sujeto; apenas otro elemento entre los objetos naturales.

Y, después, Hernán Cortés, al conquistar a México, mostró ciertamente una gran curiosidad por conocer a las comunidades indígenas; indagación para la que se valió de un poderoso y sugestivo recurso comunicacional. Se sirvió de La Malinche, como traductora, en su relación con los distintos reinos aborígenes, varios de ellos, presa de enconadas rivalidades. Esta mujer indígena de origen nahua jugó, como intérprete,   un destacado papel en la diplomacia del “divide y reinarás”, desplegada por el conquistador. Mientras éste penetraba las costumbres y representaciones de la población pre-hispánica, los distintos reinos aborígenes nunca llegaron a comprender cabalmente la mentalidad de los españoles; no accedieron a ella, al punto de no discernir el secreto de su  interés en estas tierras, su inclinación al ardid; y ni siquiera esa desmesurada ambición que los empujaba a la búsqueda del oro, a su saqueo.

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Asimetrías simbólicas y manipulación

En la relación entre Cortés y Moctezuma, el rey de los aztecas (los mexicas), quedó patente la asimetría en la puesta en marcha de sus respectivos códigos culturales. Cohibido y conciliador, el rey aborigen desnudó un código cultural preferentemente integrador. Por el contrario, Cortés, quien exhibía un aceptable nivel cultural, considerados los estándares de Occidente, y un buen porte físico, activó a su turno un dispositivo cultural de carácter manipulador.

La cultura puramente oral de los aztecas entrañaba conductas eminentemente ritualistas; apoyadas en la memoria.  Su ritualismo los llevaba a la inhibición y al encajonamiento de sus actitudes, bajo formas necesariamente pre-establecidas; algo que les restaba capacidad de respuesta frente a la habilidad de los españoles, proclives a la improvisación, en cada coyuntura cambiante.

Globalmente hablando, los españoles (representación de Europa) hicieron oscilar sus representaciones sobre el mundo prehispánico, entre las percepciones de igualdad  y las de diferencia. Los aborígenes podían ser; o bien, iguales  a los europeos; o, por el contrario, diferentes; solo que en cada lado de la alternativa, la conclusión siempre fue negativa; sin importar si hubo grandes personalidades defensoras del indio, como el muy admirado Bartolomé de las Casas. La conclusión de la igualdad era la asimilación; y la de la diferencia, era la exclusión. Si los indios podían ser considerados como seres humanos plenos, esto es, como iguales, había que asimilarlos a la cultura europea. Y si eran considerados diferentes en algún grado a los seres humanos, había entonces que excluirlos y maltratarlos.

Ese maltrato, en realidad, se tradujo en un genocidio de proporciones inauditas. La representación que, en términos de la memoria colectiva, Todorov recoge de los cronistas de indias, es la de un hecho espantable; la de una mujer india arrojada por el español a los perros de presa para ser despedazada. Su muerte sintetiza la destrucción humana; pero también el sometimiento simbólico. En la recuperación de esta víctima, como objeto de la memoria, se funden, por una parte, la operación semiótica de comprender los desequilibrios y exclusiones en el universo de los códigos culturales; y, por otra parte, el deber moral de reivindicar las luchas contra las exclusiones del otro. En la defensa moral de esos excluidos está la posibilidad de un horizonte auténticamente moderno; de aceptar al otro, como un igual, pero a la vez, como un diferente.

Publicado también en: Semanario Virtual Caja de Herramientas

Imágenes tomadas:

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