Un uribismo intenso, con candidaturas inseguras

Publicado: marzo 22, 2017 en Política

Mediante una decisión suave, aunque sin muchos atenuantes, Álvaro Uribe Vélez ha solucionado un problema, pero ha abierto otro, en materia de candidaturas presidenciales. Se ha quitado de encima un candidato que, aunque valioso en algunos aspectos, resultaba estorboso en los enfrentamientos con figuras de talla, como De La Calle, Vargas Lleras, Fajardo, o Claudia López, dueños de recursos discursivos y de un arsenal de reclamos, que no excluirá los de carácter ético. Claro está que al mismo tiempo ha abierto un terreno inseguro; por lo pronto, poblado de alternativas inestables; sin que aparezca con seguridad una figura uribista que concentre las miradas; y sin que se produzca todavía el guiño del jefe, tanto para la designación de ese sucesor, como para la movilización cohesionada de la tropa.

 La salida de Zuluaga

En su finca de Rionegro, a la manera de un patriarca – la mirada puesta en las montañas azules y el brazo descansando sobre el hombro de su interlocutor – ha conseguido que el candidato anterior de su partido se retire de la puja por la candidatura oficial. Oscar Iván Zuluaga ha aceptado la indicación de su jefe, lo que no ha sido más que el efecto de sus líos dentro del escándalo de Odebrecht, la empresa que, después de pagar sobornos a algunos funcionarios colombianos, habría sufragado parte de los honorarios del señor “Duda” Mendonza, responsable de la publicidad del candidato uribista en la contienda de 2014.

Eliminando vulnerabilidades propias

Al separar a Oscar Iván, Uribe ha eliminado un foco de atracción negativa hacia su movimiento; pues era evidente que un candidato, como el hombre de Pensilvania, Caldas, le representaría un blanco muy evidente para los ataques de sus adversarios, tanto más cuanto que la corrupción ocupará el primer plano del debate público.

La salida de Zuluaga, sin embargo, no deja de abrir un cierto vacío en la oposición de derecha. Durante la campaña pasada, ya había construido un amplio espacio de reconocimiento y vínculos de adhesión ciudadana, gracias a los siete millones de votos conseguidos durante la segunda vuelta. Por lo demás, en las encuestas aparecía por delante – muy distanciado – del joven senador Iván Duque, antiguo santista; y hoy, quizá, una promesa cercana al corazón del expresidente Uribe Vélez.

Con todo, este último confía en su propio arrastre y en su capacidad para transferir esa popularidad en cabeza del candidato escogido. Para cuya consolidación será útil, la operación de selección por el partido; tanto más, si se hace bajo la fórmula de una consulta abierta, mecanismo este que siempre despierta el interés de buena parte de los votantes.

La táctica electoral del uribismo

La selección de un candidato es la pieza principal, pero no la única, dentro de una estrategia uribista, que también incluye la confección de listas para congreso, con la mira puesta en superar una representación que hoy oscila alrededor del 15%; además, sin descartar una política de alianzas que permita agrupar a los otros enemigos del Acuerdo de Paz, incluidos Ordoñez, Pastrana y Martha Lucia. Con los cuales, espera derrotar  a todos los “molinos de viento” asimilables a fachadas del santismo y que tengan algún significado de proximidad con la Jurisdicción Especial de Paz.

La táctica electoral del uribismo no solo se inscribe en el estrecho campo visual de la animosidad contra la Justicia Especial de Paz. Se inscribe además en un horizonte amplio, el de una alternativa duradera para esa derecha intensamente reactiva a los cambios sociales.

Lo cual querrá decir que tendrá que superar dos tipos de fuerza fundacional, esa fuerza que sirve para nacer pero no necesariamente para perpetuarse. Son ellos: el impulso coyuntural; esto es, su condición de movimiento pasional contra Santos y la paz; y la mera energía caudillista, que consigue la adhesión de ese elector, cuyo único referente de conducta es el propio Uribe y no cualquiera parlamentario o miembro de su séquito.

Opción partidista e institucionalización

Se trata de un proceso de institucionalización, al que debe someterse cualquiera opción partidista, si no quiere ser apenas un fenómeno pasajero; un partido de registro temporal. Ese sería el caso de la movilización electoral contra la paz; una paz que casualmente se irá consolidando; y, por tanto, agotando como el pretexto negativo que anima al populismo de derecha, en tanto centro de atracción dentro de las franjas más conservadoras.

Para hacerse durable, el uribismo necesita ganar la presidencia y, cuando menos, capturar el 30% de la representación parlamentaria, de modo de constituirse como una plataforma, que haga las veces de núcleo en la formación de una coalición mayoritaria.

El problema es que para afirmarse como referente de las adhesiones irreflexivas de la masa, tiene que insistir en el sectarismo ideológico y político; esto es, en el ejercicio de la polarización; además, incrementando el discurso contra una paz que, por otro lado, muestra con hechos las perspectivas de reconciliación. De lo cual se siguen razones de legitimación alrededor de las causas electorales que defiendan la paz.

En ese marco de polarización se moverá una candidatura uribista, a la que el sectarismo del expresidente puede hacer ganadora en la primera vuelta; pero a la que esa misma polarización estimulada por la retórica de Uribe, eventualmente le frustrará el triunfo final.

Imagen tomada: Cablenoticias

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