60 años de la Unión Europea: Del crecimiento a las incertidumbres

Publicado: marzo 28, 2017 en Política

El 25 de marzo de 1957, en Roma, fue creada la que por entonces se llamó Comunidad Económica Europea. El tratado lo firmaron Francia, la República Federal de Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo.

Era la concreción del sueño de Robert Schuman, ministro de Exteriores francés, cuyo “plan”, en 1950, incluía al comienzo un acuerdo comercial en los renglones del carbón y del acero; pero solo como la cuota inicial de un proyecto más ambicioso, el de un bloque de integración comercial, en todos los sectores económicos que, procediendo a abolir los impuestos aduaneros entre los países miembros, y ajustando una tarifa común frente a los terceros, diera lugar a una cooperación estrecha y duradera, en función del “mejoramiento en la vida de los ciudadanos”.

Con todo, el horizonte ciertamente de mayor alcance, era el dibujado por una filosofía optimista y cosmopolita, en torno de la idea de una Europa, en tanto unidad histórica, aunque acabara de resurgir de entre las cenizas. Se trataba, ni más ni menos que, de una respuesta a la guerra; y no ya como el silencio de los fusiles, no como el fin de los bombardeos, sino sobre todo como la posibilidad de una paz construida bajo las condiciones de un contrato multilateral, con el que, aunando los intereses en principio dispares, se superaran los vacíos entre unos y otros Estados, esa segmentación internacional que, poblada de prejuicios irracionales y nacionalistas, facilitaba los desencuentros irreparables, la vorágine de violencias fratricidas.

Paz e integración económica

El prospecto comunitario incorporaría la integración y la cooperación para la configuración de un espacio común, en cuyo suelo brotarían los frutos del bienestar, la base de una paz que se implantaría como alternativa de existencia social, tal vez la más milagrosa de las revelaciones, en un continente que apenas doce años antes había puesto término a la más desoladora de las guerras en los tiempos modernos. Naturalmente, vino luego el Plan Marshall, el cual ayudó a reconstruir la infraestructura y el aparato económico, razón por la que se reactivaron asombrosamente la producción y los intercambios horizontales entre algunas de las naciones más dinámicas.

De todas maneras, la guerra había dejado como resultado catastrófico la destrucción de la mayor parte del continente y cerca de 50 millones de muertos. El ejercicio dantesco de destrucción mutua y la instalación del “mal absoluto” como forma de poder, en su versión nazi, fueron hechos terribles que representaron la más abismal y absurda de las experiencias colectivas. Una experiencia desde la que se extraía la lección ineludible de la paz europea, como forma de entendimiento “entre los reinos cristianos”, lanzada en los comienzos del siglo XVIII por el abate de Saint-Pierre; o, más aun, como la paz perpetua de Kant, presentada a finales del mismo siglo, una formulación de idealismo y, sin embargo, llena de sentido práctico, puesto que se apoyaba en el mecanismo factible de un contrato entre los reinos y las naciones que tuviesen un respeto mínimo por la ley.

El Plan Schuman aterrizaba los quizá improbables imperativos éticos de la paz kantiana en el prosaico pero fructífero labrantío del comercio y de la cooperación económica. El proyecto comunitario, después de eliminar escalonadamente entre sus miembros tanto los aranceles como las cuotas de exportación, se convirtió en el espacio económico de mayor dinamismo y significación en el comercio mundial. Al finalizar la década de los 70 en el siglo pasado, cuando solo llevaba 30 años de liberación aduanera, dosificada pero perseverante, se había convertido en un mercado de unos 400 millones de individuos, mientras al mismo tiempo representaba poco menos de una cuarta parte del comercio mundial.

Para entonces ya se había adherido el Reino Unido, en 1972; y luego España y Portugal en 1986. De ser un mercado común, compuesto por una decena de países, cobró vida como un verdadero espacio integral conformado por alrededor de doce naciones, todas ellas con gobiernos constitucionales, que unificaban políticas públicas en sectores tan sensibles como el de la agricultura.

Lisboa y Maastricht

El espacio económico se consolidó, el número de países miembros creció vertiginosamente hasta alcanzar la cifra de los 28; por cierto, con todos los desequilibrios e inestabilidades, propios de los incrementos cuantitativos. El Consejo Europeo, la máxima instancia, que ratifica o niega, había juzgado pertinente el salto del Mercado Común a la Unión Europea (1992), de modo de agregarle al “bloque económico”, las razones de un proyecto político; eso sí, sin nunca pasar a la pretensión de una confederación, aunque con la disposición de mecanismos para una política exterior, más o menos coordinada.

Aun así, los jefes de Estado fueron trazando el doble plan –la ambición empujada por la ola del entusiasmo colectivo- de una Constitución Europea y de una moneda común. En Lisboa, en 1986, los jefes de Estado y de gobierno se comprometieron a elaborar una Constitución, como ley fundamental para los países miembros. En Maastricht, en los marcos del tratado de 1992, consagraron la empresa de reemplazar las monedas nacionales por una sola moneda.

La propuesta de Constitución, cuya redacción le fue encargada al expresidente francés Valéry Giscard D`Estaing, recibió como respuesta el rechazo de la ciudadanía en varios países, incluida la propia Francia, lo que hizo sonar las alarmas a propósito de las dificultades con las que irían a tropezar los avances en la integración política. Fue una reacción que forzó  la conferencia de Lisboa en 2006 a echar pie atrás en la idea de la Constitución única, reemplazada por algunos compromisos de mayor coordinación jurídica. Por otra parte, la implantación de la moneda común, el euro, al que no se acogió la Gran Bretaña, trajo tensiones en las finanzas públicas y tendencias inflacionarias en algunos de los países del sur de Europa, aquellos que bordean el Mediterráneo.

Para entonces, finales de los 90 y comienzos del milenio, ya las decisiones  que se tomaban en la Comisión de Bruselas (Equipo ejecutivo altamente técnico) y las regulaciones comunitarias, ocupaban más de la mitad del conjunto de decisiones gubernamentales y legislativas que, en materia económica, eran relevantes, por ejemplo, en un país altamente estatalista como Francia; dato éste que llevó a mediados de la década a Jean-Marie Guéhenno, hoy director mundial de Crisis Group, a preguntarse si la propia Europa no enfrentaba los riesgos de un “fin de la democracia”, la representativa, en peligro de ser sustituida por una tecnocracia internacional, no elegida por los ciudadanos.

Las resistencias

Con cierto estancamiento económico (salvo en Alemania) y con los saldos sociales en rojo, dejados en la economía por la automatización y la reconversión tecnológica, se acentuaron las reservas y la franca inconformidad en el interior de muchos países miembros. Se recrudeció la oposición  entre los sectores más conservadores, tocados por el populismo. En el otro extremo, cundió el descontento en los medios sindicales de izquierda. Los primeros, por nacionalistas. Los segundos, por temerosos ante la perspectiva de perder las garantías sociales, a raíz de una presumible nivelación de los derechos, por lo bajo.

A las dificultades para el progreso en la unificación de los intereses políticos y a las resistencias internas por el miedo a una excesiva integración  económica que derivara en una disminución drástica de la autonomía nacional, se sumó la crisis desastrosa de Grecia, después de 2008, y la recesión en casi todo Europa, con consecuencias devastadoras en materia de empleo en Francia, Italia, España y Portugal.

La quiebra de Grecia hizo pensar en la salida de este país de la zona euro, lo que habría hecho insostenible la pertenencia a esta última de otros países. El colapso del euro (profetizado precipitadamente por Paul Krugman) habría derrumbado la institucionalidad económica de la Unión Europea, empezando por la banca multilateral del continente, algo que habría dañado severamente al propio proyecto.

Al estremecimiento telúrico, representado por la recesión económica, y respondida con las asfixiantes exigencias de disciplina fiscal y de control del gasto, dictadas por el Banco Europeo, el Fondo Monetario y la Comisión, se sumó el enrevesado Brexit. La salida de la Gran Bretaña, cuyo proceso se activará en este mes de abril, entraña riesgos de recesión en el propio Reino Unido; además de poner en peligro la muy difícil reactivación en países continentales como Francia y España.

Si la debacle de Grecia y el Brexit han extendido una sombra de crisis sobre una realidad de integración con tantos avances, la migración masiva (y los demonios racistas que ha despertado) han puesto a temblar el proyecto cultural (o espiritual) de la Unión Europea; todo lo que éste significa como posibilidad de comunidad pacífica, democrática e integradora.

El rechazo atávico a los migrantes y a los miles de seres humanos en busca de refugio, cuyos flujos han tenido origen en la guerra de Siria y en el hambre de África; un rechazo, cuya versión más grosera es la exhibida por Viktor Orban, el primer ministro de Hungría; se convierte en un hecho, que simplemente corroe  los principios democráticos y liberales en que se ha apoyado el proyecto europeo.

Crisis, recesión y migración

Así, crisis (con ahogo financiero); recesión (con desempleo endémico); y migración (con rechazo deshumanizado); han devenido los factores que, combinados, han puesto en jaque la idea de paz duradera, de cooperación estrecha y de unidad europea. Y la han puesto en jaque, al desgastar sus valores democráticos; sobre todo, porque son factores que han hecho brotar una corriente amenazadora y deleznable de anti-valores. Una corriente encarnada en los movimientos populistas de extrema derecha; xenófobos y racistas; cuyo blanco preferido está constituido, además de por los migrantes y refugiados, por las formas cosmopolitas de integración económica y las instituciones internas de representación democrática; con ataques de tinte demagógico y plagados de post-verdades; sin que por otra parte estas vertientes extremistas ofrezcan soluciones viables a la exclusión y al empobrecimiento; cada vez mayores, por cierto.

Respuestas integradoras

Claro está que también aparecen manifestaciones y conductas que parecieran salvar los propósitos, teleológicamente fundantes, de la Unión Europea. En contraste con las reacciones atrabiliarias de Orban, la canciller Angela Merkel, ofreció un millón de cupos para acoger refugiados en Alemania. Por otra parte, frente al Brexit, el eje Berlín-Paris no da muestras de desfallecimiento. Por último, en otra demostración de sensatez, los electores holandeses han derrotado hace poco al excluyente y xenófobo Geert Wilders.

Las anteriores, son expresiones que mantienen viva la línea de los valores de aquella Comunidad Económica Europea,  que hace 60 años abría el camino para un mundo mucho más cooperativo; el mismo que por cierto está obligado a avanzar en el sentido de dar paso a la democracia global y de una integración mayor, como espacio no solo económico, sino como el espacio común de los derechos sociales.

Imágenes tomadas:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s