La marcha de la derecha

Publicado: abril 18, 2017 en Política

Primero fue un puñado de manifestantes que a las 10 de la mañana se alargaba en un desfile nada impresionante pero que ya ponía el tono del evento. Su consigna más repetida era: “No más Santos”. Se trataba de un eslogan con el que los organizadores querían instalar subliminalmente en la conciencia de sus seguidores, otro grito de combate: “No más Farc”, este último otrora exitoso, pero ahora obsoleto. A la misma hora, en el norte de la ciudad Alejandro Ordoñez se había dado los últimos retoques, se inclinaba fetichista ante una pintura de la Virgen y besaba sus pies, antes de salir para unirse a la concentración y disparar los dardos de su encono contra una paz, bendecida curiosamente por el Papa, el que usualmente invoca a esa misma figura sagrada, cuando se trata de traer al espíritu de la paz en cualquier parte del mundo en que se escuchen los tambores de la guerra.

Crece la concurrencia, pero no tanto

Más tarde, la marcha se hizo densa. Pasaban bloques de 500 personas que se sucedían los unos a los otros. En uno de ellos iba un carro destapado en el que los fanáticos habían emplazado, coincidencialmente, una imagen de la Virgen del Carmen, ornada con rosas blancas y custodiada por algunos seguidores que, camándula en mano, no dejaban de vocear las consignas contra un Santos que para entonces ya debía estar ocupándose de las terribles noticias que provenían de la devastada Mocoa.

En la marcha se alternaban gentes de los estratos acomodados, protegidas con sus chaquetas impermeables, y grupos de origen popular; todos ellos enfundados en la camiseta de la Selección Colombia, en un acto de mimetismo grosero, una operación de camuflaje apartidista, cuando al mismo tiempo no era poco el fuego verbal con el que inflamaban sus gritos, casi todos provistos de una carga negativa. Cuando pasaban por la antigua sede de El Tiempo, en la Jiménez, no se privaban de vociferar contra su propietario: “Sarmiento Corrupto”.

En la plaza de Bolívar los esperaba, encaramado en una tarima, un auténtico chisgarabís, quien agitándose de un lado para otro, hacía las veces de animador, lanzando unos alaridos, en medio de los que llegó a calificar de “ratas” a los otros políticos, distintos a sus patrocinadores.

Dios y patria: el catolicismo ultramontano

Llegado al turno para los oradores centrales, estos, hiperbólicos –el tono desgarrado, a veces tembloroso-, se fueron lanza en ristre contra Juan Manuel Santos, su enemigo, con una oratoria copiada de un acto público en cualquier colegio clerical de los años 50 en el siglo XX.  Londoño Hoyos, envuelto en la bandera patria anunció la destitución del Presidente de la República, hecha “por el pueblo” y por la gracia de Dios”, A su turno, Ordoñez tronó la frase con la que quiso labrar el sello de esta derecha de sesgo reaccionario, la misma que toma vuelo al amparo de Uribe y de su popularidad: “Sin Dios, nada; por la patria, todo”; una sentencia que quiso tener una impronta marmórea, y apenas fue un abuso patético. Lo fue contra Dios y contra la patria. A Dios lo manoseó y a la patria la prostituyó el perjuro exprocurador.

En el discurso de estos personajes hay tanto de catolicismo ultramontano –ecos del francés Maurras y del criollo Laureano Gómez-, como del mas pedestre sectarismo. Se trata de un populismo religioso de extrema derecha, que se inscribe en las tradiciones de un sectarismo antediluviano, heredero de la mentalidad nacida en el mundo hacendatario-colonial; y que como conciencia ideológica ha sobrevivido, a pesar de la urbanización y del capitalismo. Es la resurrección de una corriente tradicionalista y reaccionaria, que por cierto quiere cooptar doctrinariamente al uribismo, con la complacencia de éste.

A lo que aspira Uribe

Uribe Vélez quiere la reconquista del poder, para lo cual necesita de más aliados y la consolidación de su cercanía con iglesias cristianas y con políticos de raigambre católica-conservadora. Su empresa queda sin embargo emparedada en el dilema de si se entrega mas al reaccionarismo religioso y al sectarismo contra la paz, pero entonces pierde fuerza entre las franjas moderadas, susceptibles de sentirse atraídas por candidatos como Vargas Lleras, Humberto de la Calle o Sergio Fajardo.

En tal sentido, la marcha del 1 de abril debió dejar preocupado al expresidente y hoy senador. La movilización contra Santos, de cara a la cita electoral de 2018, representó una capacidad de convocatoria notable, pero no muy prometedora. Si hace un año, el llamado de Uribe pudo atraer unos 80 mil manifestantes en Bogotá, ahora solo consiguió movilizar unos 30 o 35 mil antisantistas. Si a nivel nacional  reunió en la ocasión anterior un caudal de 300 o 350 mil, ahora solo lo hizo con unos 150 mil uribistas o menos. Las marchas, en distintas ciudades, aunque concurridas, fueron mucho menos caudalosas y menos emotivas; eso sí, no menos sectarias, no menos agresivas.

El menor caudal estaría indicando un descenso en la ola contra la paz promovida por los sectores más refractarios a la reconciliación; aunque en esta ocasión, esa oposición la disimularan con el combate a la corrupción, lo que viniendo de ellos daba lugar a una contradicción en los propios términos  del problema y en la propia naturaleza del sujeto.

¿La derecha se estanca, la paz avanza?

Seguramente, la presencia de Ordoñez en Bogotá y de Popeye en Medellín, aleja a muchos adherentes (a otros vergonzosamente los aproxima). Sin embargo, la razón principal para el estancamiento, si no para el descenso, podría residir  paradójicamente en los mismos avances de la paz.

Es cierto, los acuerdos están en el centro de una gran ambivalencia por parte de la opinión pública. Esta los encuentra llenos de fallas e incertidumbres, pero al tiempo se muestra mayoritariamente partidaria de la negociación como mecanismo de resolución en un conflicto  prolongado. No acepta que los excombatientes hagan política en el Congreso y en las elecciones, pero admite la reconciliación por la vía de un acuerdo.

En medio de esta ambivalencia, muchas franjas de centro y de centro derecha, probablemente estén comenzando a reconocer la realidad de unos acuerdos, que están a las puertas de un desarme efectivo y real por parte de la antigua subversión. O, por lo menos, están comenzando a desplazar su conciencia hacia una actitud más neutra; quizá, menos activa en los ataques a la paz.

Por lo pronto, lo que aparece evidente es el hecho de que la opinión que aún es amplia en materia de resquemores contra la negociación y sus concesiones, no se traduce sin embargo en intenciones de voto que favorezcan a los sectores más radicales en su combate contra los acuerdos celebrados con las Farc. Personajes como Ordoñez o como los precandidatos del uribismo, tipo Ivan Duque, cercanos al corazón del expresidente, permanecen en el fondo de la tabla que mide por ahora las preferencias electorales. Uribe quiere ampliar el universo de sus aliados para la retoma del poder, pero solo los consigue entre los segmentos más polarizados, algo que puede enajenarle buena parte del electorado de centro. La marcha del 1 de abril estaría reflejando esa contradicción.

 

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