La extrema derecha, entre la identidad y la estrategia

Publicado: junio 1, 2017 en Política

En el último Congreso del Centro Democrático, ese partido que pretende recoger al uribismo puro  y a la godarria más primaria del pasado, Paloma Valencia aportó, como nota, el culto a la personalidad. Con la voz un tanto ahorcada, pero con los brazos en agitación constante; y, sobre todo, con el ánimo altisonante, procedió a un panegírico exorbitado de su jefe, el ex presidente Uribe, a quien encumbró, primero como una creación de bronce, e inmediatamente  después, como un mástil, sin saber qué otro ditirambo invocar, mientras los brazos se movían convulsos y autónomos.

Lo alababa como estatua viviente y, a la vez, como el palo mayor del barco; y como si ello fuera poco, otra metáfora desmesurada cayó a su caletre enfebrecido para que los brazos no saltaran huérfanos ya, sin la compañía de los gritos. Y entonces, dijo que el prohombre era un sol, la luz que más brillaba en el firmamento. Bronce, mástil, sol. La incoherencia. El desorden del discurso a borbotones. Pero también el delirio. Con el que, por cierto, intentaba remover los sustratos emocionales del caudillismo en los seguidores.

 

Lo cual constituye un factor de aglutinamiento pasional;  o sea, de identidad alrededor del líder. Grotesco el ejercicio, pero emocionalmente eficaz como construcción simbólica que se proyecta  en un sentido “positivo”; en la afirmación de algo, bajo cuyos pies yace un proyecto de país no necesariamente claro y de cualquier manera impotente para inspirar sueños de progreso. Un proyecto –el uribista- que cuando no es difuso, es notablemente reaccionario y negativo.

Ese otro acento, en el sentido de la negación, de la nítida involución, fue el elemento con el que contribuyó el exministro Fernando Londoño Hoyos. Lo cual hizo en la forma más cruda posible.

Fue estentóreo y brutal, sentencioso y teatral, al promover con sus ademanes el despedazamiento del Acuerdo de paz, como si quisiera convertirse en la Manuela Beltrán, que rompe el edicto virreinal con la carga de nuevos tributos, el símbolo de la ignominia. Afortunadamente, no se le atravesó por el subconsciente, en medio del arrebato, la imagen de Lady Godiva, con su desnudez inimitable, mientras cabalgaba contra las exacciones del mundo feudal.

Por cierto, un  mundo de privilegios y de jerarquías sociales, en el que el exministro seguramente quisiera que vivieran los colombianos, el mundo de la iglesia y del latifundio; el de la derecha, como tradición que sedimenta el orden social y como acción política que se opone al cambio y a la razón; o dicho de otro modo, a la razón que fundamenta precisamente las posibilidades del cambio.

Contra el cambio, la paz y la razón

Un cambio que se vincula razonablemente con la paz y las reformas, resultantes de la negociación que, por otro lado, conduce al abandono de las armas por parte de los insurgentes.

La paz aparece como una convención racionalmente establecida, porque sirve para que el Estado recupere su condición moderna de soberano; y para esta misma soberanía se amplíe mediante la inclusión de quienes antes desafiaban las reglas del juego.

Así mismo, las reformas encuentran un aliento de racionalidad por lo que pueden entrañar como reivindicación que favorece a muchas comunidades rurales, azotadas por la violencia y desplazadas hacia el marginamiento.

Contra lo que tiene de razonable y de racional el Acuerdo de paz, se pronunció con virulencia el exministro Londoño, aplaudido por el expresidente y por los asistentes. Lo llamó groseramente “basura”. Y, como un pequeño Atila, amenazó con el hecho de que él y sus copartidarios de la derecha uribista lo harían “trizas”, al llegar al poder, de la mano de Uribe, ese mástil, del que hablara con gritos estrangulados la senadora Paloma Valencia.

Emociones, identidades y estrategias

La adhesión emocional en torno a la figura del jefe (factor afirmativo) y el rechazo agresivo a la paz (factor racionalmente negativo, aunque cargado de post-verdades y falacias) son dos ingredientes que, mezclados, dibujan un perfil de identidad, el del partido de la extrema derecha.

Pero a este identidad, hecha de emociones afirmativas y de un programa negativo, le falta todavía el dispositivo estratégico para llegar al poder. Para trazar el camino a este último, Londoño Hoyos (quien carece de fuerza interna) piensa en darle al llamado Centro Democrático una base doctrinaria decididamente derechista, seguramente estructurada dentro de una línea conservadora– católica. Uribe (quien al revés dispone de todo el poder y de toda la ascendencia) prefiere, al parecer, una constelación de figuras y de grupos, de derecha pero sin demasiados compromisos ideológicos, en términos intelectuales; algo que finalmente se traduzca en una alianza para la conquista de la presidencia; una alianza que acerque a figuras como Andres Pastrana y Martha Lucia Ramírez, hoy más movidos que de costumbre hacia la derecha por su oposición al Acuerdo de paz; pero que en todo caso  no son especialmente proclives a los escarceos doctrinarios, que caracterizan a una derecha militante y religiosa.

Naturalmente, Uribe, el dueño del partido político, sabrá imponer su estrategia, en la perspectiva de una extrema- derecha pragmática, en busca de aliados. Una ambición que, sin embargo, no tiene garantizada su materialización, por las divergencias que surgirán a causa de los intereses electorales encontrados y de las pretensiones presidenciales incompatibles.

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