Ya lo sabemos: Colombia es uno de los diez países más desiguales del planeta. Ahora bien, lo que en términos del promedio nacional, es un indicador afrentoso, en el caso del mundo rural, es francamente una aberración social que debiera estremecer al más insensible: el GINI de tierras; es decir, el coeficiente que señala la desigualdad en su posesión, es de 0.90, un dato que campea en las espantosas vecindades del 1.00, esa unidad fatídica que refleja matemáticamente la desigualdad absoluta. ¡Un escándalo! Pero un escándalo con el que han convivido las élites, acorazadas con una indiferencia de hielo, que se  camufla bajo las ilusiones del progreso.

La paz y los problemas sociales

Es una desigualdad que coexiste con otra aberración, la elevada concentración en la propiedad de la tierra, cuya contrapartida, el lado oscuro del problema, no es otro que el despojo y la orfandad de tierras que padecen cientos de miles de campesinos. La prueba: los predios de 500 hectáreas, o más, ocupan más del 70% de la tierra cultivable. Mientras tanto, los de 1 hectárea, o menos, apenas representan el 3%.

Por ese motivo, simple pero duro como un golpe seco, el acuerdo de paz incluyó razonablemente la formación de un banco de tierras de 3 millones de hectáreas, objeto ahora de un decreto que comienza a regir desde esta semana. La finalidad ha sido la de que el Estado disponga de las condiciones materiales, con las cuales pueda adelantar una política de distribución, al menos entre 800 mil familias, carentes de tal recurso.

Esa es la materia de la ley agraria que el gobierno someterá al Congreso, y así mismo de los otros decretos–ley, como el que se ocupa de los programas de desarrollo con enfoque territorial; y que Juan Manuel Santos acaba de expedir entre el sábado 27 y el lunes 29 de mayo; justo antes de que se terminara el plazo para que hiciese uso de las facultades extraordinarias que le concedió el acto legislativo de la paz.

Así mismo, tendrá que formular el dispositivo para la determinación del catastro, a objeto de facilitar las condiciones para la titulación durante los próximos años de los predios que carecen de ella, los que equivalen a 7 millones  de hectáreas. Por último, habrá de asegurar una política de baldíos, que detenga su apropiación abusiva.

Los decretos

En ese orden de ideas, Santos ha soltado una cascada necesaria de decretos, contentivos de decisiones para reglamentar y aplicar decisiones legales, concernientes a la amnistía, a la justicia especial y a la inversión rural, lo mismo que a la reincorporación de los excombatientes, hecho este último, para el que las partes han acordado un periodo adicional de dos meses.

Por cierto, la puesta en marcha de una política de baldíos, de formalización en la propiedad, y de distribución de tierras, corresponden a pautas que desarrollan los compromisos del Estado con las Farc, para que estas abandonen las armas; operación esta última para la cual el gobierno ha contemplado el plazo de 20  días adicionales, dadas las demoras que en materia logística se presentaron en la instalación de las zonas veredales.

Naturalmente, las políticas anteriormente señaladas constituyen el material para un compromiso que es más significativo con la sociedad  que con la propia guerrilla. En otras palabras, son parte de un acuerdo solemne con ésta, pero, más allá de este alcance, hacen parte del pago urgente de una deuda social con los más necesitados. Son obligaciones que, por punta y punta, por los principios del Estado social de derecho y por los mandatos de la paz, reciben el amparo de los deberes constitucionales, propios del orden político; algo que, por otro lado, la extrema derecha ve como una maldición; y algunos filisteos de la prensa y de la Magistratura sienten como una arbitrariedad o como “la sustitución de la Constitución”.

¿Fast track completo en la práctica?

De todas maneras, no podemos olvidar el hecho de que la dispersión y la lentitud a que pueden dar lugar las modificaciones en el fast track, pudieron ser respondidas parcialmente por el instrumento de los decretos-ley expedidos por el gobierno. Estos hacen parte de un dispositivo que soslaya legítimamente el potencial entrabamiento de su trámite legislativo; además, permite el cumplimiento de los acuerdos; aunque por otro lado admiten la posibilidad de un reversazo a manos del próximo gobierno. Es una razón, por la cual, hace falta que la mayor cantidad posible de disposiciones, quede asegurada mediante el proceso legislativo.

Relanzar coalición por la paz

Una coalición parlamentaria se torna imperativa, a fin de garantizar en los hechos el trámite de las leyes y los actos legislativos más urgentes; y, a la vez, los que revistan mayor trascendencia para materializar el Acuerdo de paz; sobre todo, las leyes que tienen que ver con un material sustantivo de la agenda; y la ley que tiene que ver con el procedimiento de la transición hacia la paz. Las primeras son las disposiciones ya mencionadas, que se refieren a la “reforma agraria integral”, contra la cual conspirarán los representantes políticos del latifundismo legal e ilegal.

El otro campo de disposiciones legales, el que tiene que ver con los procedimientos, es el que guarda relación con la Justicia Transicional; esto es, con la ley estatutuaria, para levantar la arquitectura que le dé vida. Sin la cual, la transición a la paz quedaría sumida en el limbo más desconcertante.

La puesta en marcha de la Jurisdicción Especial será la prueba ácida para la materialización de la coalición parlamentaria de mayorías, promovida por el gobierno y por algunos sectores de la izquierda, a fin de reencontrar el sendero, para el cumplimiento de los acuerdos.

Será un aprueba ácida que, de arrojar resultados auspiciosos, podrá repercutir en una coalición más amplia. Que sea de carácter extra parlamentario, en defensa de la paz, contra quienes la quieren volver trizas. Esa coalición de la que hasta ahora han hablado Humberto de la Calle, el exjefe negociador, y Juan Fernando Cristo, el exministro del Interior.

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En el último Congreso del Centro Democrático, ese partido que pretende recoger al uribismo puro  y a la godarria más primaria del pasado, Paloma Valencia aportó, como nota, el culto a la personalidad. Con la voz un tanto ahorcada, pero con los brazos en agitación constante; y, sobre todo, con el ánimo altisonante, procedió a un panegírico exorbitado de su jefe, el ex presidente Uribe, a quien encumbró, primero como una creación de bronce, e inmediatamente  después, como un mástil, sin saber qué otro ditirambo invocar, mientras los brazos se movían convulsos y autónomos.

Lo alababa como estatua viviente y, a la vez, como el palo mayor del barco; y como si ello fuera poco, otra metáfora desmesurada cayó a su caletre enfebrecido para que los brazos no saltaran huérfanos ya, sin la compañía de los gritos. Y entonces, dijo que el prohombre era un sol, la luz que más brillaba en el firmamento. Bronce, mástil, sol. La incoherencia. El desorden del discurso a borbotones. Pero también el delirio. Con el que, por cierto, intentaba remover los sustratos emocionales del caudillismo en los seguidores.

 

Lo cual constituye un factor de aglutinamiento pasional;  o sea, de identidad alrededor del líder. Grotesco el ejercicio, pero emocionalmente eficaz como construcción simbólica que se proyecta  en un sentido “positivo”; en la afirmación de algo, bajo cuyos pies yace un proyecto de país no necesariamente claro y de cualquier manera impotente para inspirar sueños de progreso. Un proyecto –el uribista- que cuando no es difuso, es notablemente reaccionario y negativo.

Ese otro acento, en el sentido de la negación, de la nítida involución, fue el elemento con el que contribuyó el exministro Fernando Londoño Hoyos. Lo cual hizo en la forma más cruda posible.

Fue estentóreo y brutal, sentencioso y teatral, al promover con sus ademanes el despedazamiento del Acuerdo de paz, como si quisiera convertirse en la Manuela Beltrán, que rompe el edicto virreinal con la carga de nuevos tributos, el símbolo de la ignominia. Afortunadamente, no se le atravesó por el subconsciente, en medio del arrebato, la imagen de Lady Godiva, con su desnudez inimitable, mientras cabalgaba contra las exacciones del mundo feudal.

Por cierto, un  mundo de privilegios y de jerarquías sociales, en el que el exministro seguramente quisiera que vivieran los colombianos, el mundo de la iglesia y del latifundio; el de la derecha, como tradición que sedimenta el orden social y como acción política que se opone al cambio y a la razón; o dicho de otro modo, a la razón que fundamenta precisamente las posibilidades del cambio.

Contra el cambio, la paz y la razón

Un cambio que se vincula razonablemente con la paz y las reformas, resultantes de la negociación que, por otro lado, conduce al abandono de las armas por parte de los insurgentes.

La paz aparece como una convención racionalmente establecida, porque sirve para que el Estado recupere su condición moderna de soberano; y para esta misma soberanía se amplíe mediante la inclusión de quienes antes desafiaban las reglas del juego.

Así mismo, las reformas encuentran un aliento de racionalidad por lo que pueden entrañar como reivindicación que favorece a muchas comunidades rurales, azotadas por la violencia y desplazadas hacia el marginamiento.

Contra lo que tiene de razonable y de racional el Acuerdo de paz, se pronunció con virulencia el exministro Londoño, aplaudido por el expresidente y por los asistentes. Lo llamó groseramente “basura”. Y, como un pequeño Atila, amenazó con el hecho de que él y sus copartidarios de la derecha uribista lo harían “trizas”, al llegar al poder, de la mano de Uribe, ese mástil, del que hablara con gritos estrangulados la senadora Paloma Valencia.

Emociones, identidades y estrategias

La adhesión emocional en torno a la figura del jefe (factor afirmativo) y el rechazo agresivo a la paz (factor racionalmente negativo, aunque cargado de post-verdades y falacias) son dos ingredientes que, mezclados, dibujan un perfil de identidad, el del partido de la extrema derecha.

Pero a este identidad, hecha de emociones afirmativas y de un programa negativo, le falta todavía el dispositivo estratégico para llegar al poder. Para trazar el camino a este último, Londoño Hoyos (quien carece de fuerza interna) piensa en darle al llamado Centro Democrático una base doctrinaria decididamente derechista, seguramente estructurada dentro de una línea conservadora– católica. Uribe (quien al revés dispone de todo el poder y de toda la ascendencia) prefiere, al parecer, una constelación de figuras y de grupos, de derecha pero sin demasiados compromisos ideológicos, en términos intelectuales; algo que finalmente se traduzca en una alianza para la conquista de la presidencia; una alianza que acerque a figuras como Andres Pastrana y Martha Lucia Ramírez, hoy más movidos que de costumbre hacia la derecha por su oposición al Acuerdo de paz; pero que en todo caso  no son especialmente proclives a los escarceos doctrinarios, que caracterizan a una derecha militante y religiosa.

Naturalmente, Uribe, el dueño del partido político, sabrá imponer su estrategia, en la perspectiva de una extrema- derecha pragmática, en busca de aliados. Una ambición que, sin embargo, no tiene garantizada su materialización, por las divergencias que surgirán a causa de los intereses electorales encontrados y de las pretensiones presidenciales incompatibles.

En su documento ideológico, las Farc se postulan, con todas sus letras, como un partido en formación, de carácter marxista- leninista. Nada más, pero tampoco nada menos. Lo enfatizan en pleno siglo XXI, cuando ni siquiera, con esas maneras y en ese tono, lo han proclamado partidos como el chavismo o la Alianza País de Rafael Correa en Ecuador.

Claro está que también han sabido hacerse cargo del momento actual y de sus necesidades; esto es, de un gobierno de “transición” que nada tiene que ver con la toma revolucionaria del poder por una alianza de fuerzas, para dar paso luego al asalto de la fortaleza de la burguesía por parte de la vanguardia comunista. Se trata apenas de un gobierno que sepa responder por los compromisos de la paz. Lo cual da cuenta, desde luego, de un sentido realista para comprender las condiciones actuales y la urgencia para que las élites políticas mantengan un espíritu de apertura política.

Entre el dogma y la táctica realista

En otras palabras, las Farc oscilan entre el extremo ideológico de los principios marxista- leninistas y los parámetros de la acción que tiene como horizonte inmediato la consolidación de la paz y las garantías para su existencia como movimiento político.

A su documento ideológico, lo han bautizado como las tesis de abril, en un claro gesto de coquetería filial con respecto al célebre escrito de Lenin que acaba de cumplir cien años.

Con sus tesis de abril, Lenin abría los prolegómenos para la insurrección armada; tocaba a somatén  anunciando la hora de la revolución. Con las suyas, Timochenko toca a rebato las campanas que ponen fin a la guerra prolongada y dan inicio a la acción política. Con las tesis de hace un siglo, se daba comienzo a la guerra, así fuera corta. Con las de ahora, se cierra por el contrario el ciclo de la guerra, así ésta haya sido larga.

Separados por una centena de años –tantos!-, los dos textos están sin embargo unidos por un hilo común, el de la doctrina ideológica y el del modelo de sociedad pretendido, eso que las Farc llaman ahora “socialismo-comunismo”.

Pero hace cien años, después de que Lenin llamara a la insurrección, apenas se iba a estrenar el socialismo, bajo el poder de los soviets, una experiencia inédita.

Hoy ya se conoce la experiencia. Su generosidad seminal, su aspiración liberadora; pero también sus alcances ominosos, sus contornos de “utopía catastrófica”; su rápida derivación en totalitarismo de izquierda,  por la vía de la idolatría a una historia que asfixiaba a la vida, en los rígidos marcos del “materialismo histórico”.

Dicho de otro modo, ya hoy son conocidos de sobra  los límites de la sociedad de carácter    comunista; los cuales se pusieron de presente con eventos tales como el colapso de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín; por no hablar ya del aplastamiento de los disidentes, bajo un régimen de esa naturaleza.

Es cierto que ni la implosión del régimen soviético ni la ignominia del Muro de Berlín, como tampoco su caída, disculpan un capitalismo rampante que obra como mecanismo de explotación, de exclusión y de alienación contra los individuos. No porque se derrumbara el sistema soviético, dejó el capitalismo de ser una estructura que produjese acumulación, al tiempo que creaba desigualdad; sobre todo, bajo las pautas de desregulación de los mercados y descaecimiento del Estado, algo que en la circunstancia de los últimos treinta o cuarenta años se ha disparado con sus efectos de inequidad, según lo ha mostrado con datos fehacientes Thomas Piketty, en su “Capital del siglo XXI”

Y hacen bien las Farc en renunciar a las armas, pero no a una crítica del capitalismo y de sus modalidades “neoliberales”, las cuales ahondan las diferencias sociales y enriquecen cada vez más a ese 1%  de la sociedad, el de los más ricos.

Lo que, en cambio, sería mucho menos bueno, muchísimo menos provechoso, es el hecho de que le dijeran no a las armas, pero se anclaran en un doctrinarismo anacrónico; no sería bueno el hecho de que criticaran al capitalismo pero dieran el salto al vacío de concluir que la marcha de la historia habrá de conducirlos a una sociedad comunista. Lo cual sería un puro reflejo distorsionado en la cabeza, sin una realidad social que lo sustentara; la expresión de una “conciencia falsa”, para evocar la crítica demoledora de Marx; mejor dicho, una mera fijación ideológica.

Una línea táctica razonable

Ahora bien, ya no en el plano doctrinario, en el de la razón histórica artificiosamente trascendente, sino en el de la acción política, la orientación de las tesis farianas de abril se revela como un análisis más razonable. Aparecen ellas provistas de un sentido más práctico, poseído él por la inteligencia de la coyuntura y de la táctica.

En primer término, dichas tesis evalúan positivamente los pasos dados por el Estado, en el camino de la implementación de los acuerdos; sin que por ello dejen de advertir sobre las protuberantes fallas que en materia logística ha dejado ver el gobierno.

En segundo término, reafirman el compromiso con el desarme, ya no como un apremio de circunstancia, sino como la razón de la política, en el juego de las aspiraciones por el poder.

Enseguida, afirman su vocación de partido, el interés suyo por dejar atrás la condición de organización armada para convertirse en un agente colectivo de la lucha legal; lo cual en cierta forma es una declaración de fe en los marcos democráticos que el régimen ofrece como esquema para las disputas por el poder; no importa si, por otra parte, señalan con razón las limitaciones de dichos marcos.

Situados en esa línea de comportamiento táctico, ya sin muchos desvaríos ideológicos, los de las Farc, razonablemente destacan el acuerdo de paz como un referente de primer orden para las definiciones políticas.

Después de las bravuconadas desafiantes del uribismo y de la extrema derecha, en el sentido de “hacer trizas” dicho acuerdo, este último se instalará en el centro del debate por la presidencia en el 2018. La necesidad de una vasta coalición política que defienda al proceso, se impondría como la línea de conducta de muchas fuerzas del centro, los independientes y la izquierda.

En ese camino podrían ubicarse los razonamientos tácticos de las Farc, en la medida en que la coyuntura obliga a defender los acuerdos de La Habana y a garantizar un gobierno que los consolide. Tanto más cuanto que el Acuerdo alcanzado no se limita al cierre de un conflicto armado. Además, avanza hacia los cambios en las estructuras de la propiedad agraria, dentro de un país escandalosamente desigual, sobre todo en el mundo rural, en el que el GINI de tierras alcanza un coeficiente del 0.87. Como también da pasos hacia adelante en la ampliación de la democracia. Una ampliación que debiera atraer con mayor intensidad hacia la acción política y hacia el pensamiento democrático, a movimientos como las Farc. Los cuales, alejados ya de la tentación armada, podrían articularse con el movimiento social, pero también con la opinión pública urbana, mientras comienzan a poner en sordina, a guardar en el baúl de los recuerdos, los discursos ideológicos, permeados aún por los imaginarios del comunismo dogmático.

Imágenes tomadas:

¡Disaster!

Publicado: mayo 9, 2017 en Política

¡Disaster! ¡Desastre!, repitió como una letanía el candidato Trump, cada vez que tenía que referirse a alguna política  ejecutada por el presidente Obama; o que estuviese asociada con el expresidente Bill Clinton o con su esposa, la candidata Hillary.

Los cien días

Ahora que el nuevo presidente ha cumplido los primeros 100 días como el huésped de la Casa Blanca, son tantas y tan ciertas las críticas que le han llovido, que muy bien podrían todas ellas formar un aguacero, como un coro incómodo, con el señalamiento de: ¡Disaster! ¡Disaster!. Todo o casi todo es un desastre.

Durante la campaña, Donald Trump repitió una y otra vez que el Obamacare era un desastre; también que lo era el Tratado Norte de Libre Comercio, sellado por Bill Clinton; y mucho más, que lo eran la política internacional contra el terrorismo y los laxos controles contra la migración; tan ineficaces la una y los otros que al presidente Obama y a la Secretaria de Estado se les tendría que sindicar por ser los creadores del fundamentalista Estado Islámico; una afirmación que por otra parte implicaba el salto de la letanía descalificadora a la mentira, encubierta en medio de un malabarismo de la lógica abusiva.

La muletilla del “desastre”, como el recurso retórico contra sus adversarios, seria ahora la vara con la cual podría medirse al conjunto de políticas y decisiones de Trump; tanto por lo que significan como orientación de su Administración, como por lo que informan contradictoriamente acerca de su incapacidad para ponerlas en marcha. Es decir, tanto por querer ejecutarlas como por no poder hacerlo: por mala escogencia y por pésima gobernabilidad.

Las políticas y la ineficacia

 Naturalmente, algunas decisiones las ha tomado sin contratiempos; otras no las ha podido consumar; y las de más allá navegan en el limbo de la incertidumbre, por las contradicciones que deben sortear.

Pudo firmar algunas decisiones contra el medio ambiente; mejor dicho, contra los compromisos del gobierno de los Estados Unidos en relación con la preservación de la naturaleza y con la disminución del calentamiento global. Un desastre. Que podría ser mayor si renuncia a los compromisos de Paris y se convierte en un mal ejemplo a seguir por la China y la India.

Intentó borrar de un plumazo el sistema de salud del gobierno anterior, el Obamacare, con lo que dejaba, según algunos cálculos, a 11 millones por fuera del servicio, una catástrofe social. Pero no pudo convencer al ala hiperconservadora de los republicanos, su propio partido, un hecho que ha revelado su incompetencia en el liderazgo. En otras palabras, un pequeño desastre en la gobernabilidad; aunque después haya salvado los muebles al hacer aprobar en la Cámara un nuevo proyecto de ley; por lo demás, de pronóstico reservado en el Senado.

También desató una presión adicional contra los migrantes, y prohibió el ingreso a los Estados Unidos de viajeros provenientes de una lista de 7 países árabo- islámicos, sin necesidad de ningún prontuario previo y aunque fueran residentes; es decir, otra calamidad, por sus consecuencias en materia de discriminación. Razón por la cual, jueces y tribunales se han turnado para anular la insensata directiva presidencial, algo que ha puesto de presente un impasse más en la capacidad decisional de Trump.

Quiso ordenar la destinación presupuestal para la construcción del Muro en la frontera con México, otro desastre por su finalidad en punto a discriminación y segregación cultural. Pero tuvo que echar marcha atrás para evitar darse de narices con el cierre administrativo del gobierno federal, debido a la carencia de recursos financieros para su funcionamiento: otro pequeño revés  en su gobernabilidad.

Contradicciones e incertidumbres

Finalmente, Mister Trump introdujo en la ley del presupuesto un crecimiento del gasto militar en la cifra enorme de 54.000 millones de dólares. Así mismo, se propone rebajar la tasa de impuestos a las empresas del 32% al 15%, algo que favorecerá a los más ricos, bajo el pretexto de un estímulo a la prosperidad.

Aumentar con desmesura el gasto, y al propio tiempo disminuir los tributos, no es una línea de acción  estatal que se sostenga por si sola. En todo caso, un decremento de la tasa tributaria en esas proporciones podría significar un déficit fiscal equivalente a 250.000 millones de dólares.

Así, mientras llega cualquier impulso nuevo a la economía, por los estímulos y exenciones tributarias, aumentaría desproporcionadamente el déficit, lo que podría echar abajo la reactivación económica, y poner de regreso las tendencias recesivas, un eventual desastre económico.

No son pues muy auspiciosos los primeros 100 días de Donald Trump; porque además han estado acompañados por la desconfianza de parte de la mayoría de los ciudadanos, quienes apenas le conceden un 40% de favorabilidad, una sombra de casi hostilidad, de la que quisiera escapar cada fin de semana, cuando vuela a su Club privado de Mar-a-lago, en la cálida Florida. Y en donde su palabra favorita –desastre- lo debe perseguir como un eco extrañamente desdoblado; un eco que regresa fracturado a sus oídos, culpabilizándolo de casi todo.

Imagen tomada: http://www.larazon.co/

Las cosechas del Fast Track

Publicado: mayo 4, 2017 en Política

Una pequeña pero densa catarata de leyes y actos legislativos ha soltado el Congreso para darle continuidad al Acuerdo celebrado en La Habana y luego en el teatro Colón. Es decir, para implementarlo bajo los venturosos apremios del Fast Track; el que de esa forma ha podido producir una primera cosecha.

Entre el cese del fuego y la transición

Lo ha hecho, después de que las mismas Farc se concentraran en las zonas veredales de normalización, una manera de materializar el cese del fuego; solo que ya en las condiciones de un monitoreo por parte de las Naciones Unidas; todo ello en medio de ese afortunado mecanismo de verificación a tres voces y a 6 ojos; al que concurren también las dos partes del conflicto, el gobierno y la guerrilla, en una sociedad tripartita tan eficaz que ahora ha recibido el reconocimiento por parte del Consejo de Seguridad,  cuya inédita visita no ha dejado de representar un respaldo casi clamoroso. La concentración de los insurgentes, supervisada por la organización internacional y vigilada por las Fuerzas Armadas, no ha hecho más que patentizar el silenciamiento provisional de las armas, desde cuando los guerrilleros resolvieron un año antes asumir seriamente el compromiso de la tregua y del cese de hostilidades; una decisión que se ha mantenido sin dobleces; de modo que ya han pasado más de ocho meses, sin un solo tiro; sin ataques ni emboscadas; sin enfrentamientos de cualquier tipo; tan inexistentes todos ellos que ya, sin a quien vigilar, en el mes de diciembre, entre villancicos y fanfarrias, unos delegados de a la ONU terminaron en algún campamento bailando con las combatientes, al ritmo balsámico del chucu-chucu, mientras afuera llovía sin descanso.

Por su parte, el gobierno de Santos y su coalición de partidos han convertido en realidad legal la amnistía y han aprobado la Justicia Especial de Paz; así mismo, le dieron vía libre a la participación del grupo Voces de Paz, en el Congreso; no dejaron de blindar el Acuerdo mismo; y dieron el Sí a las curules para las Farc.

Con la amnistía, la justicia transicional y la verdad; con el estatuto de la oposición y con la bancada por ocho años en el Congreso, el país asegura el dispositivo institucional para esa transición a la colombiana; es decir, para el paso esperado de la guerra a la política; ese paso inconcluso desde las luchas independistas del siglo XIX. Un paso, eso sí, en el que además de comenzar a erradicar la terrible ecuación que asocia las armas y el poder; esa deleznable sumatoria de violencia e ideologías, y extorsión o tortura, según el bando que actúe; ese paso en el que además del esfuerzo por erradicar estas desventuras, se mejore el record de una democracia que, como la colombiana, hoy es netamente “defectuosa”, según el ranking de mediciones establecido por “The Economist” , algo que viene confirmar lo que ya casi hace tres décadas indicaban las tablas elaboradas por Robert Dahl, quien por entonces ubicaba a Colombia como una democracia de veras limitada. Aunque con avances; manes de la Constituyente del 91, seguramente.

La democracia y la implementación

La democracia colombiana es todavía muy limitada o severamente defectuosa, porque es más pequeña que el campo de la política. Muchos espacios escapan a su influjo. Además, aún incorpora los rastros de un poder  oligárquico, casi dinástico, en la circulación de las élites. Es limitada porque permite la contaminación del clientelismo y de la corrupción en la construcción de la representación; también porque la competencia por el poder ha estado sometida a los engranajes insuperables de los pactos excluyentes o de las coaliciones hegemónicas, que perturban, distorsionan o impiden  la alternancia en el control del gobierno, ese necesario cambio de color ideológico y de sentido programático en el ejercicio del poder.

Para superar estas limitaciones, para eliminar aunque sea parcialmente estos vicios inaceptables, se abre la oportunidad histórica que ofrece la segunda cosecha del Fast Track; un conjunto de leyes y actos legislativos que tendrán que ver con: a) la ampliación de la representación, mediante la creación de 16 circunscripciones en las zonas del conflicto, a fin de que las comunidades accedan con sus representantes a la Cámara; b) una reforma político-electoral que, en principio, debiera castigar la corrupción y el clientelismo, ampliando además el juego de los equilibrios en la competencia por el poder; y c) las reformas sociales que, al menos en el campo, propicien un sistema menos ominoso que el que existe en la distribución de dos ingresos y de la tierra. Con lo cual el mejoramiento en materia de igualdad social  podría comunicarle una mayor base material a la democracia.

A prueba, la voluntad de progreso

No es muy seguro, sin embargo, el hecho de que el gobierno y sus mayorías parlamentarias se decidan por una reforma política más avanzada que aquella que propusieron los expertos de la Misión Electoral. Por otra parte, la reforma rural podría carecer también de profundidad por el temor a la reacción de los sectores más amigos del latifundismo.

La ocasión está servida para que el presidente Santos convenza a su coalición gobernante en el sentido de un avance sensible en las condiciones de la participación política y del descenso en la injusticia social; por cierto, un propósito que por lo pronto no aparece tan evidente.

Con todo, la fase final de la implementación caminará, al tiempo que los insurgentes proceden a dejar las armas en los próximos meses; y los protagonistas del Acuerdo de paz  ponen en marcha el proceso de justicia, verdad y reparación, propio de la Jurisdicción Especial de Paz.

En Francia conquistaron, Macron y Marine, el derecho a la segunda vuelta el 7 de mayo, la que define al próximo presidente. El primer tour lo ganó el centrista de En Marcha; con el 23,8%; eso sí, seguido de cerca por la hija de Jean-Marie Le Pen, fundador del anti-semita Frente Nacional, quien alcanzó el 21.4%. Un poco distanciados, pero no tanto, se disputaron codo a codo los puestos secundarios el izquierdista Mélenchon y el hombre de la derecha gaullista, el señor F. Fillon. Por último, hundido en la tabla, con apenas el 6.3%, se frenó B. Hamon, el candidato del partido socialista.

Tendencias y fuerzas

Sí, como es la creencia generalizada, la primera vuelta promueve el voto con el corazón, no con el bolsillo, motivación esta última propia de la segunda vuelta; si en esa primera vuelta se expresan positivamente las lealtades y las identidades  ideológicas; entonces sus resultados han revelado en esta ocasión: a) la consolidación de un fuerte bastión de la extrema derecha; b) una enorme erosión del voto socialista; c) una fuga relativamente significativa del electorado de derecha; d) un ascenso espectacular del centro cosmopolita y liberal; y e) una recuperación sorprendente de la izquierda clásica, mezcla de comunistas, socialistas y movimientos reivindicativos, con anclaje sobre todo en las franjas de votantes jóvenes.

Los casi 7 millones de votos de Marine Le Pen pasan a ser la expresión duradera de una Francia de los prejuicios, reaccionaria y refractaria a la integración y a los inmigrantes.

Los votos auspiciosos de Macron y de su recién fundado partido significan la volatilidad del electorado en esta coyuntura, atraído por una figura joven que se presentó como independiente e indoctrinaria (ni de derecha ni de izquierda); y, en consecuencia, como una alternativa a los partidos que han copado el espacio político; sobre todo, durante los últimos 30 años (después del segundo mandato de Mitterrand), en los que el desempleo no ha hecho más que galopar siempre por encima del 10%.

La derecha, que esperaba volver al poder después del tremendo desgaste sufrido por el socialista Hollande, fue castigada debido a los extravíos éticos de su candidato, muy generoso con su familia, solo que a expensas del erario público.

Finalmente, la izquierda más radical, la más cercana a las tradiciones comunistas, y que desde la muerte de George Marchais, o incluso desde antes, experimentaba un declive inatajable, resurgió de entre las cenizas, de un modo y en unas proporciones, más que decorosas, algo que sin duda representa el descontento de los jóvenes y de los trabajadores, por los efectos de la austeridad,  a la que se acogieron en el gobierno, tanto Hollande como el mismo Macron, su antiguo ministro de economía.

Lealtades y volatilidad

En el campo de las lealtades partidistas, el único que las mantiene, y sin ninguna aprehensión, es el de la extrema derecha, precisamente el portador de las posturas más deleznables en materia ideológica y cultural. En cambio, el que más las ve perder es el partido socialista, cuyo record de votos, el más bajo de su historia, lo hace descender peligrosamente a los niveles de la marginalización.

Es un insuceso electoral que representa la cara oculta, el revés, de una mutación en los comportamientos electorales: se han esfumado muchas de las lealtades tradicionales.  Las damnificadas han sido las dos formaciones políticas, sobre cuyos hombros reposaba el equilibrio del sistema, la izquierda y la derecha moderadas. Por cierto, ambas se habían sucedido en el poder durante los últimos 10 años (Sarkozy primero y luego Hollande), sin que ninguna de ellas pudiese imprimirle un impulso especial a la economía y simultáneamente un alivio a los problemas sociales.

Ahora bien, a la ineficacia común, el “socialismo” añadió el suicidio político por sus desvaríos en materia económica; pues obligado por la crisis terminó olvidando a sus bases sociales, por comprometerse con la ortodoxia  y con la tenaza de la disciplina fiscal. Perdiendo su identidad, la del estado social, la de la reivindicación de los asalariados, corrió el riesgo de perder a sus electores. A los unos, porque comenzarían a mirar hacia su izquierda, en la “búsqueda del tiempo perdido”, es decir, porque podrían encaminarse al reencuentro de las fuentes olvidadas; y a los otros porque podrían dirigirse más bien hacia el “centro”; convencidos estos últimos de que si su partido promovía desde el poder políticas de centro, entonces no sería necesariamente una mala decisión, la de filar tras un genuino político que las abanderara.

Si el gobierno socialista de François Hollande entrañó una crisis de identidad, la pérdida de lealtades que, en consecuencia, comenzó a experimentar su partido, acaba de provocar una volatilización descomunal de sus votos. Que en una ecuación terrible para sus intereses, se han desplazado divididos hacia la alternativa de centro representaba por el ganador Macron y hacia la izquierda antiglobalización, encarnada por Mélenchon.

Altibajos en la política

Así pues, la nota más destacada de la primera vuelta aflora en tres fenómenos que se relacionan entre sí; a saber: 1) el derrumbe de las lealtades partidistas que afectó sensiblemente al partido socialista; 2) la derrota de los dos partidos tradicionales, el Socialista y Los republicanos, este ultimo de derecha; y 3) la volatilización del electorado, una parte del cual se desplazó hacia el centro, insuflándole aliento a la opción de Macron y de su movimiento recién nacido.

La segunda vuelta

En un escenario semejante, lo más probable es que el 7 de mayo, en el lance definitivo, Macron –el exbanquero y exministro del gobierno socialista—consiga una victoria amplia sobre la candidata del Frente Nacional. Contra la cual, por lo demás, cerrará filas la Francia Republicana, de derecha y de izquierda. Eso sí: después de su triunfo sonoro, la nueva estrella en el firmamento político tendrá que lidiar con el reto de unas elecciones parlamentarias, en las que su partido apenas será una minoría, situación precaria para la nueva gobernabilidad. Mientras tanto, el camino de las fuerzas subyacentes continuará en el mundo de las conductas y las percepciones. Su efecto final puede ser el de una recomposición de las fuerzas políticas; sobre todo, en el centro y en la izquierda. Ambos segmentos, el del centro liberal y europeísta, y por otra parte, el de la izquierda anticapitalista,  podrían fortalecerse a expensas del partido socialista, ese que fuera  refundado en los años 70 y fortalecido bajo el ambiguo tutelaje de François Mitterrand; ahora sometido al mayor de sus desafíos, el de sobrevivir.

 

 

Emmanuel Macron, el cuasi-imberbe y cuasi-socialista candidato independiente, exministro de las desacreditadas finanzas del muy poco acreditado presidente Hollande, podría salir paradójicamente como el ganador de la inquietante e inédita justa electoral, que definirá en dos tiempos quién es el próximo presidente de una Francia, siempre acosada por el desempleo y últimamente asaltada por las derivas xenofóbicas que provienen del populismo nacionalista de la extrema derecha. El primer tiempo se juega este domingo 23, día en el que los ciudadanos determinarán cuáles son los candidatos más votados, los que dirimirán su fuerza en el segundo tiempo (ballotage), el domingo 7 de mayo.

El paisaje político

No ha dejado de sorprender la evolución del cuadro de fuerzas políticas en los 6 meses previos a la primera vuelta, si se le compara con las tendencias de larga duración, aquellas que han caracterizado al sistema de partidos durante el régimen de la 5ª república, ese que estableciera el general De Gaulle, en 1958.

Normalmente, en el primer tour decantan sus fuerzas los componentes de las dos grandes familias políticas, la derecha y la izquierda; a fin de ver cuál candidato resulta avante dentro de cada una de esas familias, para la disputa final en el segundo tour. Vuelta ésta en la que usualmente se enfrenta  el candidato mayoritario de la familia de la derecha con el de la izquierda, habitualmente un socialista, por oposición al comunista.

Así, el primer tiempo en las elecciones ha servido para señalar al candidato de la izquierda, entre los socialistas, los comunistas y otros grupos radicales. Mientras tanto, en la derecha compiten los conservadores no radicales y el gaullismo, arropado éste con tintes populistas, y finalmente ganancioso durante las últimas décadas, con candidatos como Jacques Chirac y Nicolás Sarkozy.

A finales de los años 80, un nuevo actor ingresó al juego político, como factor que perturbaba la competencia; era la extrema derecha del anti-semita Jean-Marie Le Pen, quien para entonces conquistó el 14% del electorado. Hoy, bajo la batuta de Marine, la hija del fundador y dueña de aproximadamente el 24% de las intenciones de voto, aparece como una de las fichas que probablemente pase a la segunda vuelta; algo que, aunque ya sucediera en 2002, no deja hoy de representar una expectativa claramente desestabilizadora del ajedrez político, por tratarse de una opción amiga de la discriminación, poco cercana a los derechos humanos, y enemiga de la Unión Europea, proyecto éste del que el país ha sido pieza central.

Entre tanto, las opciones tradicionales en el liderazgo de la derecha y la izquierda han bajado sensiblemente en las apetencias de los electores. Mucho más por supuesto el partido socialista, después del errático gobierno de Hollande, quien tuvo que pelear sin mucho éxito contra la crisis de recesión heredada del 2008. También ha sufrido el gaullismo, ahora rebautizado Los republicanos; pues su candidato oficial, el muy católico François Fillon, cayó estrepitosamente en las encuestas, a raíz del escándalo en el que se vio envuelto por un hecho miserable y mezquino de corrupción.

En cambio, quien se trepó en las preferencias públicas fue el Joven Macron, semi-socialista y semi-liberal; quien además se presentó por fuera de los partidos, en nombre de  En Marche, su propio movimiento.

Competencia inédita

Lo inédito en la 5ª república es el hecho de que los dos candidatos que aparecen con mayores probabilidades de pasar al ballotage son personajes que están por fuera de las dos familias que han dominado el espacio de la competencia política. Con lo cual, la extrema derecha y un independiente provocan un recambio de composición en las mayorías dentro del formato de multipartidismo  moderado que caracteriza a la democracia francesa.

Se trata de un recambio que es completado con el descenso de la derecha, el hundimiento del socialismo, y el ascenso sorprendente de la izquierda radical, en cabeza de Jean-Luc Mélenchon, un exsocialista situado en el otro extremo del espectro político, por oposición a Marine Le Pen; y quien subió en las encuestas hasta rozar el 20% en las preferencias electorales.

Por esta razón, aunque estas últimas –las inclinaciones de los electores- están encabezadas por Macron y Le Pen, la competencia hasta la última semana se ha estrechado entre cuatro de los competidores, por lo que los pronósticos se hacen crecientemente inciertos; tanto más cuanto que aún hay una proporción importante de votantes que no han tomado su decisión o que todavía la pueden cambiar.

Con todo, si las encuestas están en lo cierto, y Macron y Le Pen salen airosos, el primero debiera ganar ampliamente la segunda vuelta, pero vérselas con una Asamblea en manos de la derecha; una fuerza política por cierto hoy mayoritaria en Francia; razón por la cual, Fillon aún tiene su oportunidad, si muchos votantes de la derecha y de la Francia profunda olvidan sus escrúpulos morales y a última hora le regalan su apoyo, a pesar de las ostensibles faltas a la ética pública por parte del candidato. Caso en el cual, la alternativa para el votante progresista y moderno no sería atractiva en modo alguno; sería apenas la competencia entre la derecha conservadora y católica, por una parte; y la extrema derecha, hiper-católica, cuyos símbolo escogido es Juana de Arco, y además nacionalista; a pesar de los esfuerzos de aggiornamento y des-satanización, puestos en escena por la propia Marine para conseguir una distancia aparente y funcional frente a su padre.

Según IFOP,  a cuatro días de las elecciones, y sin contar con los efectos del atentado en Champs Elysees, las intenciones de voto eran: Macron 23.5%; Le Pen 22.5% Fillon 19.5%; Mélenchon 18.5% y Hamon (el socialista) 7.5%.

Así, si se mantienen las tendencias de la opinión, el presidente en mayo será Emmanuel Macron, pero si la liebre de la derecha salta, a pesar de todo; entonces la presidencia le corresponderá a Fillon, un evento abriría el campo para reproches sin fin y señalamientos permanentes contra el presidente de la república.