¡Disaster!

Publicado: mayo 9, 2017 en Política

¡Disaster! ¡Desastre!, repitió como una letanía el candidato Trump, cada vez que tenía que referirse a alguna política  ejecutada por el presidente Obama; o que estuviese asociada con el expresidente Bill Clinton o con su esposa, la candidata Hillary.

Los cien días

Ahora que el nuevo presidente ha cumplido los primeros 100 días como el huésped de la Casa Blanca, son tantas y tan ciertas las críticas que le han llovido, que muy bien podrían todas ellas formar un aguacero, como un coro incómodo, con el señalamiento de: ¡Disaster! ¡Disaster!. Todo o casi todo es un desastre.

Durante la campaña, Donald Trump repitió una y otra vez que el Obamacare era un desastre; también que lo era el Tratado Norte de Libre Comercio, sellado por Bill Clinton; y mucho más, que lo eran la política internacional contra el terrorismo y los laxos controles contra la migración; tan ineficaces la una y los otros que al presidente Obama y a la Secretaria de Estado se les tendría que sindicar por ser los creadores del fundamentalista Estado Islámico; una afirmación que por otra parte implicaba el salto de la letanía descalificadora a la mentira, encubierta en medio de un malabarismo de la lógica abusiva.

La muletilla del “desastre”, como el recurso retórico contra sus adversarios, seria ahora la vara con la cual podría medirse al conjunto de políticas y decisiones de Trump; tanto por lo que significan como orientación de su Administración, como por lo que informan contradictoriamente acerca de su incapacidad para ponerlas en marcha. Es decir, tanto por querer ejecutarlas como por no poder hacerlo: por mala escogencia y por pésima gobernabilidad.

Las políticas y la ineficacia

 Naturalmente, algunas decisiones las ha tomado sin contratiempos; otras no las ha podido consumar; y las de más allá navegan en el limbo de la incertidumbre, por las contradicciones que deben sortear.

Pudo firmar algunas decisiones contra el medio ambiente; mejor dicho, contra los compromisos del gobierno de los Estados Unidos en relación con la preservación de la naturaleza y con la disminución del calentamiento global. Un desastre. Que podría ser mayor si renuncia a los compromisos de Paris y se convierte en un mal ejemplo a seguir por la China y la India.

Intentó borrar de un plumazo el sistema de salud del gobierno anterior, el Obamacare, con lo que dejaba, según algunos cálculos, a 11 millones por fuera del servicio, una catástrofe social. Pero no pudo convencer al ala hiperconservadora de los republicanos, su propio partido, un hecho que ha revelado su incompetencia en el liderazgo. En otras palabras, un pequeño desastre en la gobernabilidad; aunque después haya salvado los muebles al hacer aprobar en la Cámara un nuevo proyecto de ley; por lo demás, de pronóstico reservado en el Senado.

También desató una presión adicional contra los migrantes, y prohibió el ingreso a los Estados Unidos de viajeros provenientes de una lista de 7 países árabo- islámicos, sin necesidad de ningún prontuario previo y aunque fueran residentes; es decir, otra calamidad, por sus consecuencias en materia de discriminación. Razón por la cual, jueces y tribunales se han turnado para anular la insensata directiva presidencial, algo que ha puesto de presente un impasse más en la capacidad decisional de Trump.

Quiso ordenar la destinación presupuestal para la construcción del Muro en la frontera con México, otro desastre por su finalidad en punto a discriminación y segregación cultural. Pero tuvo que echar marcha atrás para evitar darse de narices con el cierre administrativo del gobierno federal, debido a la carencia de recursos financieros para su funcionamiento: otro pequeño revés  en su gobernabilidad.

Contradicciones e incertidumbres

Finalmente, Mister Trump introdujo en la ley del presupuesto un crecimiento del gasto militar en la cifra enorme de 54.000 millones de dólares. Así mismo, se propone rebajar la tasa de impuestos a las empresas del 32% al 15%, algo que favorecerá a los más ricos, bajo el pretexto de un estímulo a la prosperidad.

Aumentar con desmesura el gasto, y al propio tiempo disminuir los tributos, no es una línea de acción  estatal que se sostenga por si sola. En todo caso, un decremento de la tasa tributaria en esas proporciones podría significar un déficit fiscal equivalente a 250.000 millones de dólares.

Así, mientras llega cualquier impulso nuevo a la economía, por los estímulos y exenciones tributarias, aumentaría desproporcionadamente el déficit, lo que podría echar abajo la reactivación económica, y poner de regreso las tendencias recesivas, un eventual desastre económico.

No son pues muy auspiciosos los primeros 100 días de Donald Trump; porque además han estado acompañados por la desconfianza de parte de la mayoría de los ciudadanos, quienes apenas le conceden un 40% de favorabilidad, una sombra de casi hostilidad, de la que quisiera escapar cada fin de semana, cuando vuela a su Club privado de Mar-a-lago, en la cálida Florida. Y en donde su palabra favorita –desastre- lo debe perseguir como un eco extrañamente desdoblado; un eco que regresa fracturado a sus oídos, culpabilizándolo de casi todo.

Imagen tomada: http://www.larazon.co/

Las cosechas del Fast Track

Publicado: mayo 4, 2017 en Política

Una pequeña pero densa catarata de leyes y actos legislativos ha soltado el Congreso para darle continuidad al Acuerdo celebrado en La Habana y luego en el teatro Colón. Es decir, para implementarlo bajo los venturosos apremios del Fast Track; el que de esa forma ha podido producir una primera cosecha.

Entre el cese del fuego y la transición

Lo ha hecho, después de que las mismas Farc se concentraran en las zonas veredales de normalización, una manera de materializar el cese del fuego; solo que ya en las condiciones de un monitoreo por parte de las Naciones Unidas; todo ello en medio de ese afortunado mecanismo de verificación a tres voces y a 6 ojos; al que concurren también las dos partes del conflicto, el gobierno y la guerrilla, en una sociedad tripartita tan eficaz que ahora ha recibido el reconocimiento por parte del Consejo de Seguridad,  cuya inédita visita no ha dejado de representar un respaldo casi clamoroso. La concentración de los insurgentes, supervisada por la organización internacional y vigilada por las Fuerzas Armadas, no ha hecho más que patentizar el silenciamiento provisional de las armas, desde cuando los guerrilleros resolvieron un año antes asumir seriamente el compromiso de la tregua y del cese de hostilidades; una decisión que se ha mantenido sin dobleces; de modo que ya han pasado más de ocho meses, sin un solo tiro; sin ataques ni emboscadas; sin enfrentamientos de cualquier tipo; tan inexistentes todos ellos que ya, sin a quien vigilar, en el mes de diciembre, entre villancicos y fanfarrias, unos delegados de a la ONU terminaron en algún campamento bailando con las combatientes, al ritmo balsámico del chucu-chucu, mientras afuera llovía sin descanso.

Por su parte, el gobierno de Santos y su coalición de partidos han convertido en realidad legal la amnistía y han aprobado la Justicia Especial de Paz; así mismo, le dieron vía libre a la participación del grupo Voces de Paz, en el Congreso; no dejaron de blindar el Acuerdo mismo; y dieron el Sí a las curules para las Farc.

Con la amnistía, la justicia transicional y la verdad; con el estatuto de la oposición y con la bancada por ocho años en el Congreso, el país asegura el dispositivo institucional para esa transición a la colombiana; es decir, para el paso esperado de la guerra a la política; ese paso inconcluso desde las luchas independistas del siglo XIX. Un paso, eso sí, en el que además de comenzar a erradicar la terrible ecuación que asocia las armas y el poder; esa deleznable sumatoria de violencia e ideologías, y extorsión o tortura, según el bando que actúe; ese paso en el que además del esfuerzo por erradicar estas desventuras, se mejore el record de una democracia que, como la colombiana, hoy es netamente “defectuosa”, según el ranking de mediciones establecido por “The Economist” , algo que viene confirmar lo que ya casi hace tres décadas indicaban las tablas elaboradas por Robert Dahl, quien por entonces ubicaba a Colombia como una democracia de veras limitada. Aunque con avances; manes de la Constituyente del 91, seguramente.

La democracia y la implementación

La democracia colombiana es todavía muy limitada o severamente defectuosa, porque es más pequeña que el campo de la política. Muchos espacios escapan a su influjo. Además, aún incorpora los rastros de un poder  oligárquico, casi dinástico, en la circulación de las élites. Es limitada porque permite la contaminación del clientelismo y de la corrupción en la construcción de la representación; también porque la competencia por el poder ha estado sometida a los engranajes insuperables de los pactos excluyentes o de las coaliciones hegemónicas, que perturban, distorsionan o impiden  la alternancia en el control del gobierno, ese necesario cambio de color ideológico y de sentido programático en el ejercicio del poder.

Para superar estas limitaciones, para eliminar aunque sea parcialmente estos vicios inaceptables, se abre la oportunidad histórica que ofrece la segunda cosecha del Fast Track; un conjunto de leyes y actos legislativos que tendrán que ver con: a) la ampliación de la representación, mediante la creación de 16 circunscripciones en las zonas del conflicto, a fin de que las comunidades accedan con sus representantes a la Cámara; b) una reforma político-electoral que, en principio, debiera castigar la corrupción y el clientelismo, ampliando además el juego de los equilibrios en la competencia por el poder; y c) las reformas sociales que, al menos en el campo, propicien un sistema menos ominoso que el que existe en la distribución de dos ingresos y de la tierra. Con lo cual el mejoramiento en materia de igualdad social  podría comunicarle una mayor base material a la democracia.

A prueba, la voluntad de progreso

No es muy seguro, sin embargo, el hecho de que el gobierno y sus mayorías parlamentarias se decidan por una reforma política más avanzada que aquella que propusieron los expertos de la Misión Electoral. Por otra parte, la reforma rural podría carecer también de profundidad por el temor a la reacción de los sectores más amigos del latifundismo.

La ocasión está servida para que el presidente Santos convenza a su coalición gobernante en el sentido de un avance sensible en las condiciones de la participación política y del descenso en la injusticia social; por cierto, un propósito que por lo pronto no aparece tan evidente.

Con todo, la fase final de la implementación caminará, al tiempo que los insurgentes proceden a dejar las armas en los próximos meses; y los protagonistas del Acuerdo de paz  ponen en marcha el proceso de justicia, verdad y reparación, propio de la Jurisdicción Especial de Paz.

En Francia conquistaron, Macron y Marine, el derecho a la segunda vuelta el 7 de mayo, la que define al próximo presidente. El primer tour lo ganó el centrista de En Marcha; con el 23,8%; eso sí, seguido de cerca por la hija de Jean-Marie Le Pen, fundador del anti-semita Frente Nacional, quien alcanzó el 21.4%. Un poco distanciados, pero no tanto, se disputaron codo a codo los puestos secundarios el izquierdista Mélenchon y el hombre de la derecha gaullista, el señor F. Fillon. Por último, hundido en la tabla, con apenas el 6.3%, se frenó B. Hamon, el candidato del partido socialista.

Tendencias y fuerzas

Sí, como es la creencia generalizada, la primera vuelta promueve el voto con el corazón, no con el bolsillo, motivación esta última propia de la segunda vuelta; si en esa primera vuelta se expresan positivamente las lealtades y las identidades  ideológicas; entonces sus resultados han revelado en esta ocasión: a) la consolidación de un fuerte bastión de la extrema derecha; b) una enorme erosión del voto socialista; c) una fuga relativamente significativa del electorado de derecha; d) un ascenso espectacular del centro cosmopolita y liberal; y e) una recuperación sorprendente de la izquierda clásica, mezcla de comunistas, socialistas y movimientos reivindicativos, con anclaje sobre todo en las franjas de votantes jóvenes.

Los casi 7 millones de votos de Marine Le Pen pasan a ser la expresión duradera de una Francia de los prejuicios, reaccionaria y refractaria a la integración y a los inmigrantes.

Los votos auspiciosos de Macron y de su recién fundado partido significan la volatilidad del electorado en esta coyuntura, atraído por una figura joven que se presentó como independiente e indoctrinaria (ni de derecha ni de izquierda); y, en consecuencia, como una alternativa a los partidos que han copado el espacio político; sobre todo, durante los últimos 30 años (después del segundo mandato de Mitterrand), en los que el desempleo no ha hecho más que galopar siempre por encima del 10%.

La derecha, que esperaba volver al poder después del tremendo desgaste sufrido por el socialista Hollande, fue castigada debido a los extravíos éticos de su candidato, muy generoso con su familia, solo que a expensas del erario público.

Finalmente, la izquierda más radical, la más cercana a las tradiciones comunistas, y que desde la muerte de George Marchais, o incluso desde antes, experimentaba un declive inatajable, resurgió de entre las cenizas, de un modo y en unas proporciones, más que decorosas, algo que sin duda representa el descontento de los jóvenes y de los trabajadores, por los efectos de la austeridad,  a la que se acogieron en el gobierno, tanto Hollande como el mismo Macron, su antiguo ministro de economía.

Lealtades y volatilidad

En el campo de las lealtades partidistas, el único que las mantiene, y sin ninguna aprehensión, es el de la extrema derecha, precisamente el portador de las posturas más deleznables en materia ideológica y cultural. En cambio, el que más las ve perder es el partido socialista, cuyo record de votos, el más bajo de su historia, lo hace descender peligrosamente a los niveles de la marginalización.

Es un insuceso electoral que representa la cara oculta, el revés, de una mutación en los comportamientos electorales: se han esfumado muchas de las lealtades tradicionales.  Las damnificadas han sido las dos formaciones políticas, sobre cuyos hombros reposaba el equilibrio del sistema, la izquierda y la derecha moderadas. Por cierto, ambas se habían sucedido en el poder durante los últimos 10 años (Sarkozy primero y luego Hollande), sin que ninguna de ellas pudiese imprimirle un impulso especial a la economía y simultáneamente un alivio a los problemas sociales.

Ahora bien, a la ineficacia común, el “socialismo” añadió el suicidio político por sus desvaríos en materia económica; pues obligado por la crisis terminó olvidando a sus bases sociales, por comprometerse con la ortodoxia  y con la tenaza de la disciplina fiscal. Perdiendo su identidad, la del estado social, la de la reivindicación de los asalariados, corrió el riesgo de perder a sus electores. A los unos, porque comenzarían a mirar hacia su izquierda, en la “búsqueda del tiempo perdido”, es decir, porque podrían encaminarse al reencuentro de las fuentes olvidadas; y a los otros porque podrían dirigirse más bien hacia el “centro”; convencidos estos últimos de que si su partido promovía desde el poder políticas de centro, entonces no sería necesariamente una mala decisión, la de filar tras un genuino político que las abanderara.

Si el gobierno socialista de François Hollande entrañó una crisis de identidad, la pérdida de lealtades que, en consecuencia, comenzó a experimentar su partido, acaba de provocar una volatilización descomunal de sus votos. Que en una ecuación terrible para sus intereses, se han desplazado divididos hacia la alternativa de centro representaba por el ganador Macron y hacia la izquierda antiglobalización, encarnada por Mélenchon.

Altibajos en la política

Así pues, la nota más destacada de la primera vuelta aflora en tres fenómenos que se relacionan entre sí; a saber: 1) el derrumbe de las lealtades partidistas que afectó sensiblemente al partido socialista; 2) la derrota de los dos partidos tradicionales, el Socialista y Los republicanos, este ultimo de derecha; y 3) la volatilización del electorado, una parte del cual se desplazó hacia el centro, insuflándole aliento a la opción de Macron y de su movimiento recién nacido.

La segunda vuelta

En un escenario semejante, lo más probable es que el 7 de mayo, en el lance definitivo, Macron –el exbanquero y exministro del gobierno socialista—consiga una victoria amplia sobre la candidata del Frente Nacional. Contra la cual, por lo demás, cerrará filas la Francia Republicana, de derecha y de izquierda. Eso sí: después de su triunfo sonoro, la nueva estrella en el firmamento político tendrá que lidiar con el reto de unas elecciones parlamentarias, en las que su partido apenas será una minoría, situación precaria para la nueva gobernabilidad. Mientras tanto, el camino de las fuerzas subyacentes continuará en el mundo de las conductas y las percepciones. Su efecto final puede ser el de una recomposición de las fuerzas políticas; sobre todo, en el centro y en la izquierda. Ambos segmentos, el del centro liberal y europeísta, y por otra parte, el de la izquierda anticapitalista,  podrían fortalecerse a expensas del partido socialista, ese que fuera  refundado en los años 70 y fortalecido bajo el ambiguo tutelaje de François Mitterrand; ahora sometido al mayor de sus desafíos, el de sobrevivir.

 

 

Emmanuel Macron, el cuasi-imberbe y cuasi-socialista candidato independiente, exministro de las desacreditadas finanzas del muy poco acreditado presidente Hollande, podría salir paradójicamente como el ganador de la inquietante e inédita justa electoral, que definirá en dos tiempos quién es el próximo presidente de una Francia, siempre acosada por el desempleo y últimamente asaltada por las derivas xenofóbicas que provienen del populismo nacionalista de la extrema derecha. El primer tiempo se juega este domingo 23, día en el que los ciudadanos determinarán cuáles son los candidatos más votados, los que dirimirán su fuerza en el segundo tiempo (ballotage), el domingo 7 de mayo.

El paisaje político

No ha dejado de sorprender la evolución del cuadro de fuerzas políticas en los 6 meses previos a la primera vuelta, si se le compara con las tendencias de larga duración, aquellas que han caracterizado al sistema de partidos durante el régimen de la 5ª república, ese que estableciera el general De Gaulle, en 1958.

Normalmente, en el primer tour decantan sus fuerzas los componentes de las dos grandes familias políticas, la derecha y la izquierda; a fin de ver cuál candidato resulta avante dentro de cada una de esas familias, para la disputa final en el segundo tour. Vuelta ésta en la que usualmente se enfrenta  el candidato mayoritario de la familia de la derecha con el de la izquierda, habitualmente un socialista, por oposición al comunista.

Así, el primer tiempo en las elecciones ha servido para señalar al candidato de la izquierda, entre los socialistas, los comunistas y otros grupos radicales. Mientras tanto, en la derecha compiten los conservadores no radicales y el gaullismo, arropado éste con tintes populistas, y finalmente ganancioso durante las últimas décadas, con candidatos como Jacques Chirac y Nicolás Sarkozy.

A finales de los años 80, un nuevo actor ingresó al juego político, como factor que perturbaba la competencia; era la extrema derecha del anti-semita Jean-Marie Le Pen, quien para entonces conquistó el 14% del electorado. Hoy, bajo la batuta de Marine, la hija del fundador y dueña de aproximadamente el 24% de las intenciones de voto, aparece como una de las fichas que probablemente pase a la segunda vuelta; algo que, aunque ya sucediera en 2002, no deja hoy de representar una expectativa claramente desestabilizadora del ajedrez político, por tratarse de una opción amiga de la discriminación, poco cercana a los derechos humanos, y enemiga de la Unión Europea, proyecto éste del que el país ha sido pieza central.

Entre tanto, las opciones tradicionales en el liderazgo de la derecha y la izquierda han bajado sensiblemente en las apetencias de los electores. Mucho más por supuesto el partido socialista, después del errático gobierno de Hollande, quien tuvo que pelear sin mucho éxito contra la crisis de recesión heredada del 2008. También ha sufrido el gaullismo, ahora rebautizado Los republicanos; pues su candidato oficial, el muy católico François Fillon, cayó estrepitosamente en las encuestas, a raíz del escándalo en el que se vio envuelto por un hecho miserable y mezquino de corrupción.

En cambio, quien se trepó en las preferencias públicas fue el Joven Macron, semi-socialista y semi-liberal; quien además se presentó por fuera de los partidos, en nombre de  En Marche, su propio movimiento.

Competencia inédita

Lo inédito en la 5ª república es el hecho de que los dos candidatos que aparecen con mayores probabilidades de pasar al ballotage son personajes que están por fuera de las dos familias que han dominado el espacio de la competencia política. Con lo cual, la extrema derecha y un independiente provocan un recambio de composición en las mayorías dentro del formato de multipartidismo  moderado que caracteriza a la democracia francesa.

Se trata de un recambio que es completado con el descenso de la derecha, el hundimiento del socialismo, y el ascenso sorprendente de la izquierda radical, en cabeza de Jean-Luc Mélenchon, un exsocialista situado en el otro extremo del espectro político, por oposición a Marine Le Pen; y quien subió en las encuestas hasta rozar el 20% en las preferencias electorales.

Por esta razón, aunque estas últimas –las inclinaciones de los electores- están encabezadas por Macron y Le Pen, la competencia hasta la última semana se ha estrechado entre cuatro de los competidores, por lo que los pronósticos se hacen crecientemente inciertos; tanto más cuanto que aún hay una proporción importante de votantes que no han tomado su decisión o que todavía la pueden cambiar.

Con todo, si las encuestas están en lo cierto, y Macron y Le Pen salen airosos, el primero debiera ganar ampliamente la segunda vuelta, pero vérselas con una Asamblea en manos de la derecha; una fuerza política por cierto hoy mayoritaria en Francia; razón por la cual, Fillon aún tiene su oportunidad, si muchos votantes de la derecha y de la Francia profunda olvidan sus escrúpulos morales y a última hora le regalan su apoyo, a pesar de las ostensibles faltas a la ética pública por parte del candidato. Caso en el cual, la alternativa para el votante progresista y moderno no sería atractiva en modo alguno; sería apenas la competencia entre la derecha conservadora y católica, por una parte; y la extrema derecha, hiper-católica, cuyos símbolo escogido es Juana de Arco, y además nacionalista; a pesar de los esfuerzos de aggiornamento y des-satanización, puestos en escena por la propia Marine para conseguir una distancia aparente y funcional frente a su padre.

Según IFOP,  a cuatro días de las elecciones, y sin contar con los efectos del atentado en Champs Elysees, las intenciones de voto eran: Macron 23.5%; Le Pen 22.5% Fillon 19.5%; Mélenchon 18.5% y Hamon (el socialista) 7.5%.

Así, si se mantienen las tendencias de la opinión, el presidente en mayo será Emmanuel Macron, pero si la liebre de la derecha salta, a pesar de todo; entonces la presidencia le corresponderá a Fillon, un evento abriría el campo para reproches sin fin y señalamientos permanentes contra el presidente de la república.

 

CRISIS EN VENEZUELA

Publicado: abril 18, 2017 en Política

Como espirales que avanzan en círculos ascendentes, tres crisis (si no cuatro) se trenzan en Venezuela con la perspectiva peligrosa de una crisis mayor; incluso, catastrófica. Es una perspectiva en la que la tentación autoritaria se plasma bajo cada coyuntura en derivas cuasi-dictatoriales.

La política, las instituciones y la economía

La crisis política, que se volvió crónica, ha estado representada en una tremendamente baja capacidad de cooperación entre el gobierno chavista y la oposición de  centro-derecha. Esta falta de cooperación, esta ausencia de cualquier mínimo consenso, se ha traducido en una insalvable distancia ideológica entre ambos polos; aunque por años (en vida de Chávez), el equilibrio de fuerzas favoreció netamente a este líder, por lo que su gobernabilidad no se vio manifiestamente afectada.

El trayecto ascendente de la tensión alcanzó nuevos niveles cuando los bloques electorales se equilibraron, lo que se reflejó en el práctico empate entre Nicolás Maduro y el candidato opositor. A la distancia ideológica se vino a añadir el equilibrio, en un fenómeno que tuvo como resultado una polarización aguda que revirtió en una crisis institucional, a partir del momento en el que la oposición sobrepasó en caudal electoral al chavismo, para hacerse con una mayoría calificada en la Asamblea. El ejecutivo y el legislativo se fracturaron por completo. La ausencia de cooperación entre los bloques partidistas saltó de la arena electoral  al interior de las instituciones. Se abrían así los espacios para las confrontaciones desestabilizadoras, para la ingobernabilidad y para la tentación autoritaria.

Mientras la polarización política terminaba por causar una crisis institucional, la crisis económica hacía su camino. En 2015 se vinieron abajo los precios del petróleo. Después de un barril por encima de los 100 dólares, los precios cayeron a menos de 50. Con lo cual los ingresos del Estado entraron a cuidados intensivos, en medio de la estela de déficit fiscal; a lo cual se han sumado la inflación que en 2016 se encaramó al 760%; y el desorden en la entrada de divisas y en sus control, un problema que ha cortado el flujo de las importaciones, disminuidas en un 85%, durante el último año.

Así, al déficit y a la inflación se ha agregado dramáticamente el desabastecimiento en productos básicos y en medicinas.

Durante la bonanza petrolera hubo un generoso gasto social; y, en cambio, no hubo inversión ni reconversión tecnológica. Durante el período de las vacas flacas, ha sobrevenido la asfixia fiscal; así mismo, la depreciación de los ingresos particulares y el comienzo de una crisis social: el 32% de los venezolanos sólo dispone de dos comidas diarias.

La disminución radical en los ingresos del Estado, que es al mismo tiempo un golpe al modelo rentista-petrolero, ha restringido severamente la re-asignación de recursos en la sociedad por parte del régimen chavista; una incapacidad que se vuelve sensible en la distribución de recursos entre sus bases, la población menos favorecida.

Razón por la cual, esta misma población experimenta desplazamientos en sus lealtades, un efecto que daña la legitimidad del chavismo, algo demoledor en la sostenibilidad de un proyecto populista de corte reformista y redistributivo.

La confrontación y el Estado fracturado

Después de conquistar una amplia mayoría en la Asamblea, la oposición se lanzó a la empresa confrontacionista, aunque incierta, pero en todo caso validada por la Constitución Bolivariana, de aprobar un referendo revocatorio, para sacar de su puesto al presidente Maduro. Quien, a la cabeza de su movimiento y del gobierno, acudió a toda suerte de maniobras dilatorias para no poner en marcha el dispositivo de la decisión popular. Maniobras todas ellas inconstitucionales; como también lo es el aplazamiento sine die de las elecciones regionales para gobernadores. Son dos hechos que han mostrado una actitud defensiva; pero que son antes que nada claras manifestaciones de ruptura del orden constitucional. Como también lo fue el intento grosero fraguado por Maikel Moreno, a la cabeza del Tribunal Supremo, en el sentido de arrebatarle a la Asamblea las facultades legislativas, y a los diputados, la inmunidad parlamentaria. Un auto-golpe, denunciado por la fiscal general, la chavista Luisa Ortega; y poco después enmendado por el propio gobierno en un acto que, por otra parte, enredaba aún más la división de poderes, propia del Estado de Derecho, aunque fuese un reversazo políticamente necesario.

La crisis que se cocina en su propia salsa

La ruptura parcial pero muy significativa del orden constitucional; la suspensión de las elecciones; y la negación del referendo revocatorio; a todo lo cual se agrega la ausencia o la volatilidad del diálogo; son hechos que conducen a la fractura, ya no solo de la sociedad política, sino de las propias instituciones. Son episodios que, si no implicaran la trágica quiebra del Estado, empezarían a ser apenas un sainete; pues después de que el Tribunal Supremo quiso despojar de sus funciones a la Asamblea, ésta se propone ahora destituir a los magistrados que hacen parte del primero.

Mientras tanto, toma un curso más nefasto la crisis económica. En su interior transita una contracción en el PIB del 12%; todo ello con repercusiones cada vez más negativas en las condiciones materiales de existencia, dentro de una población, cuya pobreza asciende ya al 75%.

Las instituciones se han roto irremediablemente mientras la polarización se hace más inaguantable; pero la competencia electoral, como campo útil para la resolución del impasse, ha sido clausurada por el momento.

La consecuencia es una crisis mayor –de hecho, una agregado de crisis-, que se va descomponiendo en la propia salsa de los desencuentros y de las derivas autoritarias; es decir, que se pudre en una prolongación incierta, todo ello en medio de un creciente aislamiento regional, evidenciado en el cambio de fuerzas dentro de la OEA; sin que por otra parte aparezcan remedios efectivos para las dolencias sociales.

 

La marcha de la derecha

Publicado: abril 18, 2017 en Política

Primero fue un puñado de manifestantes que a las 10 de la mañana se alargaba en un desfile nada impresionante pero que ya ponía el tono del evento. Su consigna más repetida era: “No más Santos”. Se trataba de un eslogan con el que los organizadores querían instalar subliminalmente en la conciencia de sus seguidores, otro grito de combate: “No más Farc”, este último otrora exitoso, pero ahora obsoleto. A la misma hora, en el norte de la ciudad Alejandro Ordoñez se había dado los últimos retoques, se inclinaba fetichista ante una pintura de la Virgen y besaba sus pies, antes de salir para unirse a la concentración y disparar los dardos de su encono contra una paz, bendecida curiosamente por el Papa, el que usualmente invoca a esa misma figura sagrada, cuando se trata de traer al espíritu de la paz en cualquier parte del mundo en que se escuchen los tambores de la guerra.

Crece la concurrencia, pero no tanto

Más tarde, la marcha se hizo densa. Pasaban bloques de 500 personas que se sucedían los unos a los otros. En uno de ellos iba un carro destapado en el que los fanáticos habían emplazado, coincidencialmente, una imagen de la Virgen del Carmen, ornada con rosas blancas y custodiada por algunos seguidores que, camándula en mano, no dejaban de vocear las consignas contra un Santos que para entonces ya debía estar ocupándose de las terribles noticias que provenían de la devastada Mocoa.

En la marcha se alternaban gentes de los estratos acomodados, protegidas con sus chaquetas impermeables, y grupos de origen popular; todos ellos enfundados en la camiseta de la Selección Colombia, en un acto de mimetismo grosero, una operación de camuflaje apartidista, cuando al mismo tiempo no era poco el fuego verbal con el que inflamaban sus gritos, casi todos provistos de una carga negativa. Cuando pasaban por la antigua sede de El Tiempo, en la Jiménez, no se privaban de vociferar contra su propietario: “Sarmiento Corrupto”.

En la plaza de Bolívar los esperaba, encaramado en una tarima, un auténtico chisgarabís, quien agitándose de un lado para otro, hacía las veces de animador, lanzando unos alaridos, en medio de los que llegó a calificar de “ratas” a los otros políticos, distintos a sus patrocinadores.

Dios y patria: el catolicismo ultramontano

Llegado al turno para los oradores centrales, estos, hiperbólicos –el tono desgarrado, a veces tembloroso-, se fueron lanza en ristre contra Juan Manuel Santos, su enemigo, con una oratoria copiada de un acto público en cualquier colegio clerical de los años 50 en el siglo XX.  Londoño Hoyos, envuelto en la bandera patria anunció la destitución del Presidente de la República, hecha “por el pueblo” y por la gracia de Dios”, A su turno, Ordoñez tronó la frase con la que quiso labrar el sello de esta derecha de sesgo reaccionario, la misma que toma vuelo al amparo de Uribe y de su popularidad: “Sin Dios, nada; por la patria, todo”; una sentencia que quiso tener una impronta marmórea, y apenas fue un abuso patético. Lo fue contra Dios y contra la patria. A Dios lo manoseó y a la patria la prostituyó el perjuro exprocurador.

En el discurso de estos personajes hay tanto de catolicismo ultramontano –ecos del francés Maurras y del criollo Laureano Gómez-, como del mas pedestre sectarismo. Se trata de un populismo religioso de extrema derecha, que se inscribe en las tradiciones de un sectarismo antediluviano, heredero de la mentalidad nacida en el mundo hacendatario-colonial; y que como conciencia ideológica ha sobrevivido, a pesar de la urbanización y del capitalismo. Es la resurrección de una corriente tradicionalista y reaccionaria, que por cierto quiere cooptar doctrinariamente al uribismo, con la complacencia de éste.

A lo que aspira Uribe

Uribe Vélez quiere la reconquista del poder, para lo cual necesita de más aliados y la consolidación de su cercanía con iglesias cristianas y con políticos de raigambre católica-conservadora. Su empresa queda sin embargo emparedada en el dilema de si se entrega mas al reaccionarismo religioso y al sectarismo contra la paz, pero entonces pierde fuerza entre las franjas moderadas, susceptibles de sentirse atraídas por candidatos como Vargas Lleras, Humberto de la Calle o Sergio Fajardo.

En tal sentido, la marcha del 1 de abril debió dejar preocupado al expresidente y hoy senador. La movilización contra Santos, de cara a la cita electoral de 2018, representó una capacidad de convocatoria notable, pero no muy prometedora. Si hace un año, el llamado de Uribe pudo atraer unos 80 mil manifestantes en Bogotá, ahora solo consiguió movilizar unos 30 o 35 mil antisantistas. Si a nivel nacional  reunió en la ocasión anterior un caudal de 300 o 350 mil, ahora solo lo hizo con unos 150 mil uribistas o menos. Las marchas, en distintas ciudades, aunque concurridas, fueron mucho menos caudalosas y menos emotivas; eso sí, no menos sectarias, no menos agresivas.

El menor caudal estaría indicando un descenso en la ola contra la paz promovida por los sectores más refractarios a la reconciliación; aunque en esta ocasión, esa oposición la disimularan con el combate a la corrupción, lo que viniendo de ellos daba lugar a una contradicción en los propios términos  del problema y en la propia naturaleza del sujeto.

¿La derecha se estanca, la paz avanza?

Seguramente, la presencia de Ordoñez en Bogotá y de Popeye en Medellín, aleja a muchos adherentes (a otros vergonzosamente los aproxima). Sin embargo, la razón principal para el estancamiento, si no para el descenso, podría residir  paradójicamente en los mismos avances de la paz.

Es cierto, los acuerdos están en el centro de una gran ambivalencia por parte de la opinión pública. Esta los encuentra llenos de fallas e incertidumbres, pero al tiempo se muestra mayoritariamente partidaria de la negociación como mecanismo de resolución en un conflicto  prolongado. No acepta que los excombatientes hagan política en el Congreso y en las elecciones, pero admite la reconciliación por la vía de un acuerdo.

En medio de esta ambivalencia, muchas franjas de centro y de centro derecha, probablemente estén comenzando a reconocer la realidad de unos acuerdos, que están a las puertas de un desarme efectivo y real por parte de la antigua subversión. O, por lo menos, están comenzando a desplazar su conciencia hacia una actitud más neutra; quizá, menos activa en los ataques a la paz.

Por lo pronto, lo que aparece evidente es el hecho de que la opinión que aún es amplia en materia de resquemores contra la negociación y sus concesiones, no se traduce sin embargo en intenciones de voto que favorezcan a los sectores más radicales en su combate contra los acuerdos celebrados con las Farc. Personajes como Ordoñez o como los precandidatos del uribismo, tipo Ivan Duque, cercanos al corazón del expresidente, permanecen en el fondo de la tabla que mide por ahora las preferencias electorales. Uribe quiere ampliar el universo de sus aliados para la retoma del poder, pero solo los consigue entre los segmentos más polarizados, algo que puede enajenarle buena parte del electorado de centro. La marcha del 1 de abril estaría reflejando esa contradicción.

 

Más representantes en la Cámara; listas cerradas y partidos con democracia interna; una Corte Electoral al lado de un Consejo de la misma naturaleza, pero con funciones de Registraduría; y financiación mixta, mayoritariamente pública, con controles, tal vez más estrictos. Es esto lo que propone, como conjunto de reformas, la Misión Electoral, conformada por expertos, a iniciativa del gobierno, en el marco de los acuerdos de paz con las Farc.

Razonabilidad y dislates

Algunas de las propuestas son razonables y necesarias. Otras, probablemente no dejen de convertirse en dislates en términos prácticos, aunque con ellas se pretenda cierta coherencia global. Mientras tanto, la propuesta como un todo corre el riesgo de convertirse en apenas otra reforma política más, carente de un impacto profundo en la marcha de la democracia clientelista, en cuyo nido se incuba siempre el huevo de la corrupción, como el mecanismo secreto, con el que se activa la representación política, indisolublemente asociada con el control del Estado.

Razonable y necesaria es sin duda la modificación del actual Consejo Electoral y su transformación en una Corte, compuesta por magistrados, que no concurran a ella como representantes de los partidos políticos, una circunstancia que le quita seriedad, majestad y neutralidad. Se trata de una transformación pedida a gritos, hace rato, por el desarrollo mismo de la competencia electoral.

También lo es la invocación para que la ley induzca a los partidos a una mayor democracia interna. No lo es menos el hecho de que la financiación de campañas y partidos sea mayoritariamente pública y además provista de equidad para que los partidos nuevos gocen de un apoyo que les proporcione una aceptable competitividad.

Un dislate, incluso un disparate, puede ser el por el contrario la idea de aumentar el número de miembros en el Congreso, de modo que este último pase de unos 268, como sucede ahora, a 300. Es cierto que este incremento estaría apoyado en motivos de mayor equilibrio dentro de la representación, favorable a regiones y a partidos pequeños. Es verdad además que como consecuencia de la paz debe aumentarse, cuantitativamente aunque provisoriamente, la representación parlamentaria, con el fin de que dé cabida a las comunidades, habitantes las zonas azotadas por el conflicto armado.

Sin embargo, un aumento en el número de representantes elevaría sustantivamente la representación, en proporción con el número de habitantes, sin necesariamente traer mejoras en la calidad y en la eficacia del trabajo legislativo. Entraña, en cambio, mayores gastos presupuestales y un contraste desfavorable con la propuesta uribista, la que se compromete por el contrario con una disminución del personal parlamentario.

Otro disparate podría surgir de la formación de un Consejo Electoral (distinto a la Corte), que reemplace parcialmente a la Registraduría, ente éste que organiza con prontitud las elecciones. El efecto del reemplazo haría más bien las veces de un embeleco, un puro experimento intelectual, no exigido por una necesidad apremiante; le daría la razón al aserto socarrón de Alfonso Lopez, el viejo; quien hacía notar –era fama- el hecho de que los colombianos  no podían ver una institución funcionando, porque les entraba, incontenible, la comezón de buscar artificialmente algún mecanismo de sustitución.

Reingeniería en las listas y circunscripciones

Entre el dislate y la razón, entre el disparate y la sensatez, aparece una propuesta, de esas que tienen el carácter de ser un ajuste en los mecanismos electorales, cuandoquiera que las cosas no hayan funcionado del todo bien. Al voto preferente, la Misión Electoral le quiere oponer la lista cerrada. El propósito seguramente ha de ser el de evitar la disgregación de los partidos en maquinarias particularistas, pues el vínculo que crea la representación se estaría focalizando más en la jefatura personalista que en el partido.

Ahora bien, bajo el sistema de lista cerrada, también existían las empresas de corte particularista; solo que a esta sumatoria de personalismos, se agregaba la falta de democracia en la selección de los candidatos y en la confección de las listas. Lo que hizo el voto preferente fue liberar la competencia de las clientelas al interior de los partidos.

Hubo clientelas con listas cerradas y las hay con el voto preferente; y en ambos casos, pervierten el nudo de la representación. Aun así, la corrección propuesta –el regreso a la lista cerrada- haría parte de una ingeniería institucional beneficiosa si, y solo si, se completa, tal como lo sugiere la propia Misión, con el diseño de distritos para unas listas plurinominales, a las que se añada la democracia intra-partidista.

Un horizonte todavía estrecho

Con todo, el conjunto de la propuesta aún se sitúa en un horizonte de correctivos (buenos, regulares y malos) a los mecanismos existentes dentro de una democracia, que no por dichos correctivos dejará de ser básicamente clientelista.

Un horizonte de mayor alcance debe incluir la limpieza en el vínculo de representación, en primer término; la garantía de los equilibrios dentro de la competencia, en segundo término; y finalmente (last but not least) la eliminación de los factores que hacen de la colombiana, una democracia clientelista en alto grado.

Dicho horizonte sobrepasa el tipo de correctivos propuestos por la misión de expertos. Tiene que ver con transformaciones de mayor calado, tales como la sustitución del bicameralismo por el sistema de una sola asamblea, bajo el diseño de un régimen equilibrado de circunscripciones electorales.

Y tiene que ver, antes que nada, con la eliminación de toda captura de los recursos públicos por parte de las clientelas formadas dentro de los partidos. Es una reforma que supone una más amplia y progresiva carrera administrativa; junto con la terminación con todo rastro de “cupos indicativos”, movilizados, tramitados y ejecutados, a través de la intermediación ofrecida por los parlamentarios. Claro: quizá haga falta una Constituyente, que en el futuro aborde estos cambios de fondo.

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